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Una ética que atraviesa el diván

A mi modo de ver, no se puede abogar por el psicoanálisis y a la vez tomar partido por esa ideología.La ética no es individualista, nos dice Lacan en el seminario de La Ética. Cuando este reconocimiento se produce, su efecto es el levantamiento de la mortificación -tanto la del paciente como la del analista, como diría Fernando Ulloa-, surgiendo la posibilidad de decir no a la resignación y a la naturalización del padecimiento.

Hay una pregunta que me inquieta desde hace un tiempo y que se ha visto relanzada con los acontecimientos de estos últimos meses: ¿cuál es la ética que habita a un analista?, ¿cuál se supone que será su posición frente al deseo, a la dignidad del sujeto, al valor inalienable de la palabra?

También ¿cuál es su mirada sobre los derechos humanos, la memoria, el pacto, el escándalo de la desnutrición infantil, de la discriminación, de la desigualdad, de la explotación, de la corrupción, de la impunidad, de lo indeclinable del rol del Estado en la protección del interés común?

¿Cuál será su posibilidad de interrogar lo que siniestramente se ha dado en llamar "pensamiento único" y que ha decretado el fin de la historia, la muerte de las ideologías, la desaparición de la izquierda y de la derecha?

¿O es indistinto lo que un analista opine respecto a estas cuestiones? Me hago estas preguntas porque sabemos que, concomitantemente, y en grandes letras de molde, también se ha dado por muerto al psicoanálisis, el cual habría sido exitosamente sustituido por las neurociencias cognitivas, las que niegan cualquier determinación psíquica de los conflictos humanos, explicándolos a partir de "posibles" trastornos químicos del cerebro. Esto permite, de un solo y magistral golpe, desatender causas del malestar y al mismo tiempo auspiciar la intervención de la industria psicofarmacológica, descalificando cualquier movimiento subjetivo que apunte a modificar una realidad mortificante.

La conveniencia de pregonar ambas muertes, la de las ideologías y la del psicoanálisis, responde a una misma lógica corporativa desubjetivante. El mayor éxito de la derecha consiste en hacer creer que la derecha no existe, que la prensa es imparcial y que tanto los individuos como los pueblos son artífices de su propio destino. A mi modo de ver, no se puede abogar por el psicoanálisis y a la vez tomar partido por esa ideología.

La ética no es individualista, nos dice Lacan en el seminario de La Ética. "Sabemos que el acto psicoanalítico es contrario a una lógica adaptativa, conformista y consumista. Un poco más de rigor y de firmeza es exigible en nuestro enfrentamiento con la condición humana". La temporalidad del inconsciente no condice con esta lógica desubjetivante. ¿Habría entonces algún motivo para pensar que la posición política, ideológica, de un analista podría influir en su manera de conducir una cura? Estamos acostumbrados a descartar esta cuestión, amparados en la garantía que ofrecería la abstinencia, pero entendemos que también la abstinencia se ejerce desde una ética.

Una ética que le permita al analista no renegar de las distintas variantes de la crueldad que puedan afectar al sujeto en un mundo que es más hostil que feliz, y de ese modo hacer lugar a la verdad expresada en el padecimiento subjetivo. Cuando este reconocimiento se produce, su efecto es el levantamiento de la mortificación -tanto la del paciente como la del analista, como diría Fernando Ulloa-, surgiendo la posibilidad de decir no a la resignación y a la naturalización del padecimiento. Para someterse al amo, hacer una lectura conformista, tener miedo y decir que nada es posible, nuestros pacientes no nos necesitan, les alcanza con el superyó.

Estas ideas son la base de lo que desarrollaré mañana en el Colegio de Psicólogos, donde fui gentilmente invitada a dar una Conferencia a partir de las 18.30 sobre precisamente "Ética y psicoanálisis".

*Psicoanalista. Esta nota retoma ideas del capítulo 11 del libro de la autora, "Locura y Melancolía". Editorial Letra Viva 2013.

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