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LA NOVELA DE MI VIDA

Tamara reescribe sus versos y re piensa la situación de escritura de sus libros, como los poemas . Así como hay en Kamenszain una labor sostenida con la escritura poética, ha llevado adelante durante las mismas cuatro décadas un trabajo como crítica. Textos escritos recién vuelta de Gaspar Campos donde con sus amigos gritaban consignas peronistas que después ella ignoraba en su propia escritura, más preocupada por construir su mito judaico.

Después de La novela de la poesía, volumen que compilaba su obra poética hasta el momento, Tamara Kamenszain entrega El libro de los divanes. Un nuevo capítulo de esta novela que ha venido escribiendo a lo largo de su vida. Y todas estas palabras ?novela, capítulo, poesía, vida? son los sustantivos protagonistas de estos textos, explicitan el modo en que la poesía narra, la propia vida se noveliza, los sueños prefiguran y el diván es el lugar donde esta poeta baraja las cartas de su historia y vuelve a dar. En el bar de afuera del consultorio, las servilletas se abren para que nazcan bocetos de poemas. ?¿Cuándo acabará la novela de mi vida para que empiece su realidad??, es el epígrafe que abre el poemario y condensa las preguntas que se van a disparar.

La familia, el asma, el judaísmo como mito de origen, los viajes, la política, la generación neobarroca, el amor, se recuestan en el lecho del psicoanálisis. Un ?discurso fechado? ?se parodia Kamenszain? pero no es de otra cosa que de fechas y discursos que se propone hablar. Escribir a partir de su experiencia en divanes es un modo de reescribir su obra y su vida al calor de una mirada sesgada, horizontal. Fue ahí donde una pequeña resolvió su asma y lo reconvirtió en un exceso de inspiración que encontró su compás en el lenguaje poético. Fue también ahí donde el mediterráneo se atravesó para dejar de ser hija y convertirse en madre. Es en ese lugar donde se cuenta un sueño con su compañero de generación Arturo Carrera, porque el pasado impone sus guiños y sus complicidades. ?¿Me analizo sin remedio para sentirme joven/ o escribo para remediar mis libros viejos??, pregunta Kamenszain y la respuesta no importa, son las dos cosas o ninguna porque, se ríe: ?Aunque muchos jóvenes se fascinen con nuestra época/ es un hecho que nosotros/ tenemos la cabeza quemada?.

Así es que más que remediar, se trata de volver a barajar los poemas de su vida, hay incluso en El libro de los divanes viejos versos reescritos a la manera de Leónidas Lamborghini, pero más bien a la manera de la misma Tamara asociando libremente, versos recontextualizados y opinados, conversados con los ojos fijos en el techo del consultorio, o con los ojos en la servilleta del bar donde con la cabeza agitada se garabatean pensamientos. Tamara reescribe sus versos y re piensa la situación de escritura de sus libros, como los poemas ?Un poco salvaje/ un poco naïf ?se parodia? de De este lado del mediterráneo. Textos escritos recién vuelta de Gaspar Campos donde con sus amigos gritaban consignas peronistas que después ella ignoraba en su propia escritura, más preocupada por construir su mito judaico. Y ahora vuelve a enfocar ese momento porque en poesía como en el psicoanálisis ?siempre hay otra línea, tiene que haber otra?.

Pero no se trata solamente El libro de los divanes de un ejercicio de evocación. Hay también ideas de peso, cuestionamientos sobre el presente deslizados en pequeños gestos como su negativa a dejar las servilletas y comprarse un cuaderno porque pese a todo la poesía no es un diario íntimo. Así como hay en Kamenszain una labor sostenida con la escritura poética, ha llevado adelante durante las mismas cuatro décadas un trabajo como crítica. Es quizás esta reflexión sostenida sobre la lírica de otras generaciones, otras latitudes, la que pone a su poesía permanentemente en estado de pregunta. Poesía y crítica van interpelándose permanentemente en su escritura, como si fuera a una con experiencias y reflexiones elaboradas en la otra y viceversa.

Psicoanálisis, crítica, poesía, vida: hay contaminaciones de todo tipo, incluso de esa otra parte de la experiencia que tiene que ver con la vida virtual. Facebook, Twitter, las contraseñas de gmail hechas con las iniciales de sus hijos aparecen en el poema en ese sendero que construye la voz de Tamara Kamenszain. De lo íntimo a lo histórico, de lo personal a lo poético, porque la novela de la poesía no se cierra como una sesión de gmail. ¿Y el psicoanálisis? Dejarlo parece mucho más difícil que cerrar su libro como quién guarda sus servilletas garabateadas y sale al aire de la calle para que eso que escribió siga reescribiéndose, siga resonando en la cabeza, esta vez, del lector.

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LA MUSA FREUDIANA

Por eso cuando comienza a leer en la pared de una habitación en Corfú una escritura pictográfica . / En ese libro tan luctuoso tan entusiasta / entendí el paso como un indicio en la escritura / del fin de análisis. Le hago una entrevista a Tamara Kamenszain porque acaba de aparecer De este lado del Mediterráneo. Cuando en un análisis nada sucede como estaba previsto es porque las cosas andan bien. Lejos, hago periodismo.Con Tamara hemos compartido algunos divanes.

Somos muy jóvenes. Le hago una entrevista a Tamara Kamenszain porque acaba de aparecer De este lado del Mediterráneo. Pero la entrevista no empieza porque Tamara está parada sobre una silla colocando un reloj sobre la pared. Es un reloj muy grande, de péndulo, antiguo ?funciona con una llave? que ha estado roto y ahora ha sido arreglado. Tamara, de puntillas me dice sonriendo, como disculpándose, que se lo ha dado su padre. Pienso que Tobías Kamenszain le toma el tiempo a Tamara, el tiempo de escribir los libros que vendrán.

Escribo la nota. Sin darme cuenta cambio el título del libro por Del otro lado del Mediterráneo. Pero soy yo quien está del otro lado, en otro lugar, no en el país de la poesía. Lejos, hago periodismo.

Con Tamara hemos compartido algunos divanes. Imagino que las impresiones de nuestras espaldas se han mezclado mientras escribíamos en el aire contra o con el eco de la voz de otra mujer. Somos hermanas de una manera extraña: en los divanes no se comparten padres.

Cuando le digo que mi primer libro,

De este lado del Mediterráneo,

está por aparecer en la obra reunida

y que eso me da vergüenza,

ella como si hubiera escuchado mal me con-

testa

que un mar separa la habitación de la hija

de la habitación de la madre.

¿Será entonces que cuando escribo yo ventilo

las quejas, las falencias, las taras

que aparecen y desaparecen al ritmo

de mis sucesivos análisis?

Ella no contesta y eso debe querer decir

que siempre hay otra línea de lectura, siem-

pre hay otra.

Una analista que no era la mía ni la de Tamara Kamenszain ha hablado del principio de imprevisibilidad. Cuando en un análisis nada sucede como estaba previsto es porque las cosas andan bien. El saber ordenado bajo la forma de la previsión sólo da lugar a la sorpresa cuando falla, de ahí la afinidad de la sorpresa con la verdad y, se podría agregar: con la poesía. Como cuando un analista dice que ?un mar separa la habitación de la hija / de la habitación de la madre?, algo que no sabe de donde le llega y recién por lo que provoca descubre que ha sido la frase adecuada en el momento adecuado porque el paciente poeta luego dice algo que no sabía que sabía y es el primero en sorprenderse.

Tamara Kamenszain ha escrito entre divanes sus libros de poesía. En cada uno ha corregido un poco la novela de su vida y dicho en voz alta borradores de poemas donde la voz del analista quizás haya imaginado una metáfora o simplemente no impedido su creación (?Cuando salgo contenta de una sesión me siento en el bar de enfrente / y ahí sí, ahí sí que asocio libremente / porque ni bien la gente enciende sin mí los decibeles de su charla / ya sé que las servilletas me van a servir / para ajustar unas palabras desteñidas / a los rigores de mi impresora cuando vuelva a casa?).

Pero estoy lejos de proponer el analista como poeta exfoliado: hay tanta distancia entre el ?producto? que ocurre en el diván y el poema, como entre el contenido inconsciente y esa interpretación que se acepta precisamente porque hay otras.

La vulgata imagina el psicoanálisis como peligroso por arrastrar a la razón pulsiones oscuras e imágenes ambiguas que sólo el misterio preservaría para la poesía. Es exactamente lo contrario ya que el saber que un poeta saca del diván a la vereda no es el del capital de conocimiento ni el del archivo abierto sobre seguro de la novela familiar del neurótico reescrita. Como que el psicoanálisis, la literatura, la teoría y política son la materia poética de Tamara Kamenszain, materia que no la hace recibirse porque nadie tuvo nunca un diploma de poeta, como tampoco de lector y escritor: en la escritura son todos estudiantes crónicos.

Cuando en El libro de los divanes se lee que ?se escribe para constatar / que no hay ningún inconsciente que aguante / las ganas de futuro la alegría de saber que aunque todo se repita / algo siempre va a cambiar de la casa al bar y del bar / hasta la casa alguna novedad alguna letra chica? se comprende que un poeta se analiza para no curarse de desear que el fantasma aprenda a hacer el verso.

Con su pudor burgués mis padres habían

traducido

enfermedad por cansancio asma por fatiga

el mar hay que nadarlo los asmáticos

se ahogan en un vaso de agua

no llegan nunca a la habitación de la ma-

dre

dan brazadas inútiles mientras el verdadero

enfermo

es otro.

La poética burguesa de los padres enseña que las metáforas son buenas maneras que preservan el secreto ante el qué dirán. La hija como un madre que no prefiere a ninguno de los hijos, abre la puerta a todas las palabras aún a esas plebeyas (figuras del aviso clasificado como ?Solos y solas?, consignas evangelistas como ?Pare de sufrir?, palabras del dialecto informático como ?Facebook?, ?Twitter? o ?Post?) ?reas? del qué es qué poético, exponiéndolas y exponiéndose al qué dirán.

La poesía de Tamara se cura del asma en ritmos regulares que no silban en la escansión, porque nadan el crawl de Héctor Viel Temperley pero no hacia el cuarto de la madre, sino que deseosa huye de ella porque de este lado del Mediterráneo está el mar Caribe donde el maestro Lezama Lima predica con el ejemplo que el asma se cura en un estilo que asfixia sin matar (el barroco) porque siempre se puede tomar un respiro en el puente de Plata extendido por los amigos en patota ?Osvaldo Lamborghini, Néstor Perlongher, Arturo Carrera, José Kozer? hijos del cisne de Darío que devino pato criollo por saber nadar en el barro hasta devenir neobarroso.

Cuando le cuento un sueño a la analista de

hoy

casi no dice nada una vez más se calla la

boca

como si buscara que en el silencio de mi

propia novela

hable mi realidad yo sin embargo

persisto no acabo de despertar

parece que necesito encontrarle un sentido

freudiano

a lo que no tiene, ya lo dije, no tiene

vuelta atrás.

A la poeta Hilda Doolittle no le gustaba que el profesor Freud llamara ?síntoma? a la experiencia de lo sagrado. Se había recostado dos veces en su diván ?dos tiempos, la década del 20 y las vísperas de la segunda guerra mundial? como Tamara Kamenszain en los suyos para dar una vuelta más a lo que no tenía vuelta atrás y dar con otra línea de lectura. También quería reescribir la novela de su vida con el que llamaba ?el médico sin tacha? (quizás el mayor poeta de todos los tiempos; dijo del amor: ?la sombra del objeto cae sobre el yo?). Ese cruce de palabras desde el diván y el sillón se hacía en dos lenguas que no eran las maternas: la de él, el inglés, la de ella, el psicoanálisis.

Hilda Doolittle había querido ir a Hellas (Grecia) y Helen era el nombre de su madre pero eso era sólo la verdad en parte porque complacía al profesor. En realidad había querido ir a Delfos a hacer la ruta sagrada para llegar al sitio en donde una pitonisa pronunciaba sentencias en dípticos que podían interpretarse de dos maneras (?siempre hay otra línea de lectura, siempre hay otra? insiste Tamara Kamenszain en El libro de los divanes). Con la ciencia del padre (un astrónomo) que ha recibido en la métrica modesta del recuerdo encubridor y hurgando entre objetos prohibidos de su escritorio en donde, entre frascos de tinta de colores, vasos con plumas y pisapapeles de vidrio, un búho vigilaba desde un fanal (a menos que fuera la lechuza de Hegel), Hilda Doolittle ha calibrado el secreto de los lentes, deducido las propiedades de la luz y de la sombra. Por eso cuando comienza a leer en la pared de una habitación en Corfú una escritura pictográfica ?la cabeza de un soldado o aviador, un cáliz místico casi del mismo tamaño, un trípode semejante al que sostenía su pequeña lámpara de alcohol colocada en el lavatorio junto al cepillo de dientes, un par de alas que atribuye a Niké (Victoria) flotando sobre una escalera que podría ser la de Jacob, criaturas diminutas como insectos que zumban y constituyen el audio de la imagen? piensa inmediatamente que se trata de luces que se mueven entre las sombras de las ramas, los frutos y las flores de un naranjo que crece del otro lado de la ventana. Luego recuerda que el dormitorio queda totalmente en las sombras mientras que no serían sombras los objetos de la visión aunque uno cite al trípode de la lámpara de alcohol, el cáliz, a un vaso común y unos signos descriptos como medias, a los bordes como filigrana del espejo.

Para los poetas imaginistas de la coalición masculina regenteada por Ezra Pound, Hilda Doolittle no era uno de ellos sino la evidencia más pura del proyecto; al revés, a Tamara Kamenszain se la agrega en la serie neobarrosa con pocas evidencias; basta que haya nacido en una generación y la transferencia con ciertos nombres y cuerpos amigos cuya obra ella vela como la impar entre pares.

Si el Escrito en la pared es una escritura en imágenes, para Hilda Doolittle un par de iniciales, pueden constituir un sello: H. D. Tamara Kamenszain que vive en la era informática tiene en su contraseña las iniciales del nombre de sus hijos: (?Cuando hago un esfuerzo por pensar de otra manera / lo hago por mis hijos / no quiero hablar como vieja pero tampoco quiero / que lo hagan ellos. Tampoco quiero hablar / como joven pero sí quiero que lo hagan ellos. / Mi contraseña incluye sus iniciales. / Si entro ahora puedo abrir otra línea de lectura, / pero ellos, solo ellos, me la pueden habilitar.?)

H. D. describe su lectura entre la visión y una proyección involuntaria de su inconsciente e interpreta en la imagen del trípode, el símbolo de la profecía ?la pitonisa de Delfos leía el futuro sentada en un trípode? o de la unión antigua entre arte, medicina y religión, las tres patas de su búsqueda tanto en el diván del profesor en Viena y en Londres como en la cama victoriana desde la que lee en la pared de su cuarto de Corfú.

H. D. sabe que esa experiencia es única pero sospecha que hay allí algo peligroso de lo que se podría no regresar y, al mismo tiempo, algo que domina y en lo que quiere quedarse. Pero mientras que en la alucinación la imagen persiste aunque se cierren los ojos e impide dejar de ver, el escrito en la pared exige la constancia de una mirada que no lo deje caer pero que podría abandonarlo si quien mira, lo quisiera: ?Y allí estaba yo sentada, y allí estaba mi amiga Bryher que me había llevado a Grecia. Puedo volverme hacia ella, aunque no me muevo ni una pulgada pues de otro modo interrumpiría la mirada sostenida y fija en la pared que está ante mí. Le digo: ?Ha habido pinturas aquí. Al principio pensé que eran sombras pero son luz, no sombras. Son objetos perfectamente simples; pero por supuesto es muy extraño. Puedo apartarme de ello ahora, si quiero ?es cuestión de concentración? ¿qué opinas?, ¿debo detenerme?, ¿debo continuar??. Bryher responde sin vacilar: ?Continúa?.

La hospitalidad consiste menos en acoger que en dejar continuar, por eso Bryher es menos una amante que una analista. Y es ésa la posición que describe ejemplarmente H. D.: ?Era ella en verdad quien tenía el desapego y la integridad de la pitonisa de Delfos. Pero era yo (...) quien veía las figuras, quien leía el escrito en la pared, a quien se concedía la visión interna. O quizás en algún sentido, lo estábamos ?viendo? juntas, porque sin ella, con seguridad, no habría continuado?.

Con las traducciones del caso Tamara Kamenszain continúa. Ella podría describir en términos parecidos su paso del diván a la silla del bar Moderno, de la asociación libre a la poesía, porque el analista siempre es mujer. No en vano se quejaba Freud: ?no me gusta ser la madre transferencial, soy muy masculino?.

El diván de H. D. es europeo, un poco Recamier; a sus pies hay una manta con que cubrirse en el invierno que cada paciente deja a su turno doblada a los pies; más una cama casta que un diván, se parece a esas camitas de Kuitka, semiabiertas para soñar y decir que se sueña. Yo las veo a Hilda Doolittle y a Tamara Kamenszain acostadas y multiplicadas en esas camitas, flotando en una oscuridad que no es el cielo del inconsciente sino el de la lengua. A sus espaldas hay una mujer que dice ?continúa?.

Pero hay otra línea más vieja de lectura,

más sabia.

Por ejemplo el poeta cubano José María

Heredia

se preguntaba en 1824

¿Cuándo acabará la novela de mi vida

para que empiece su realidad?

¿Por qué no acabo de despertar de mi sueño?

Pero Tamara Kamenszain sabe que no hay otra realidad de la propia vida que su novela. ?La carne es triste y todo lo he leído?, el grito de Mallarmé quería decir que leer sacia de la carne y que la tristeza nace de esa saciedad y no del hambre. Si El libro de los divanes se asusta de ser autobiografía o diario íntimo (?si me llego a comprar un cuaderno por cansancio / voy a terminar cayendo en el diario íntimo y la poesía / tendrá que versar sobre otros asuntos?) habría que recordar que Tamara Kamenszain ya escribió en su libro de ensayos Historias de amor una autobiografía de amores literarios, un recorrido por la palabra ?tú? deslizada en la obra de algunos poetas latinoamericanos y la cartilla de estrategias con que las mujeres se contaron a sí mismas su pasaje de musa a poeta: escribir como viuda, como madre póstuma o como niña muerta, fantasmas femeninos que sirven para escribir que se ama. Difícilmente El libro de los divanes pueda superar esa revelación de su intimidad salvo la pregunta por si nacer es para desenterrar los restos politizados de un diario íntimo en donde el yo se esconda en el salir de sí para que algo del pasado escanee ?un entusiasmo de grupo un nosotros naïf o salvaje / que me permita creer que alguna vez me colé / por los agujeros de las voces ajenas / para encontrarme feliz y contenta / con el eco de la mía?.

La ?sujeta? (invención que feminiza un término teórico mientras alude a un verbo que indica dependencia) de Tamara Kamenszain es topológica. De este lado del Mediterráneo, La Casa Grande, Vida de living, Tango bar, El ghetto, El libro de los divanes son títulos de sus libros de poemas pero también la dirección de un movimiento que va desde un adentro metafórico a otro que marca una intemperie fecunda. De un estar en el medio, entre el sector de parroquianos politizados del bar Moderno y el de los gays y los despolitizados, entre el Pueblo judío de la genealogía familiar y el pueblo peronista visto en la residencia de Gaspar Campos y enfrentado a ese otro que el padre le señalaba en la Casa del Pueblo, a estar en el afuera del próximo libro.

Pero un lugar por nombre habla de un sedentarismo guardián o de un velar responsable que alguna vez Tamara Kamenszain, en Historias de amor adjudicó a la figura de la viuda.

?Para la figura de la viuda me inspiró un libro de María Victoria Suárez que se llama Vida de viuda? ?me contó durante una entrevista?. ?Ella tiene un texto adonde habla de dos tipos de viuda, la profesional que hace un mausoleo para que su marido muerto siga con vida y la que ejerce lo que se llamaría vida de viuda que es `encender en la escritura la hoguera de la pérdida`. Están las que hacen un mausoleo del objeto y del amor y las otras: las que ejercen la vida de viuda en la literatura, las que desde su eterno duelo poético se proponen ejercer las cenizas. Son formas de acceder a la ausencia, al objeto que se escurre. La de viuda es más la posición de la escritora. La de poeta perdida es querer poner fuego en las cenizas.?

Tamara Kamenszain ha puesto fuego en las cenizas de Osvaldo Lamborghini, Néstor Perlongher, Héctor Viel Temperley, Enrique Lihn. Ha hablado de ?líricas terminales?, mantenido viva la flama de sus amigos neobarrocos muertos.

Hacia el final ha imaginado El libro de los divanes como un equivalente al pase, figura del psicoanálisis: ?La primera vez que me topé con esa expresión lacaniana / fue cuando leí Un final feliz de Gabriela Liffschitz. / En ese libro tan luctuoso tan entusiasta / entendí el paso como un indicio en la escritura / del fin de análisis. Poder pasar en limpio / algo que ahí destelló permitiría, parece, / vislumbrar un final ponerlo en presente / no evocarlo no novelarlo pero sí / transformarlo en una realidad?.

Sin embargo para Gabriela Liffschitz el final feliz fue volverse soberana al decidir un punto final /el del análisis) antes del fin de su vida, ponerse de pie desde el diván antes de callar y yacer para siempre.

El sueño del fin del análisis en El libro de los divanes parece ser el fin de la posición de viuda simbólica, la que salta del diván luego de poner a los muertos en su lugar (la memoria) y como quien, cumplido el duelo, abre las ventanas de su morada, abandona el luto y se pone en marcha, atravesados todos los lugares metafóricos citados en los títulos de los libros de Tamara Kamenszain, para seguir de largo sin un final (?salvo que el final caiga como una fruta madura / y pegue en la cabeza de alguien que por fin pase por aquí?): el ?pase? sería un paseo en donde el pañuelo, atributo de las lágrimas de la viuda, pase a ser ese perfumado que se arroja al paso de otro para que se detenga aunque le cueste ?por conocer el peso de un final? perder la cabeza.

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Arts ?Poesía aplicada al psicoanálisis es una buena definición?

¿Poesía sobre la experiencia analítica, poesía aplicada al psicoanálisis o nada de eso. Y además, siempre me interesó cómo entra el lacanismo (y el psicoanálisis en general) en la poesía de Osvaldo Lamborghini quien además, en un momento de su vida, se vuelve algo así como psicoanalista, aunque el emprendimiento le dura poco. Eso es lo que crea la ilusión de que estamos siempre en un mismo análisis y que esos análisis diferentes se pueden ir amasando unos con otros.

El libro, publicado por Adriana Hidalgo Editores, está acompañado por un prólogo de la escritora, periodista y poeta María Moreno.

 

Kamenszain nació en 1947 en Buenos Aires; estudió filosofía en la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA). Entre sus libros figuran El ghetto, Solos y solas, El eco de mi madre, La novela de la poesía e Historias de amor.

 

Este es el diálogo que sostuvo con Télam.

 

T : El libro de los divanes, en la superficie, digamos, es un libro de poesía. ¿Poesía sobre la experiencia analítica, poesía aplicada al psicoanálisis o nada de eso?

K : Sí, es un libro de poesía porque están los cortes de verso pero a la vez está dividido en capítulos, lo cual ya lo aproxima a la estructura de una novela (o de un ensayo, por qué no?) No sé, el lector dirá, a mí me tiraban las dos posibilidades y traté de ser coherente con ese deseo medio contradictorio de cortar los versos pero continuar a ultranza una historia imposible de compactar. En ese sentido, es como preguntarse si en el tratamiento psicoanalítico uno va contando una sola historia que se continúa o el relato queda cortado y suspendido entre una sesión y otra. Me parece que pasan las dos cosas: poesía y prosa se acuestan juntas en el diván. Respecto de lo otro que me preguntás, espero que el libro no quede estereotipado como poesía sobre la experiencia analítica ya que sería una reducción muy grande, mi intento fue un poco más ambicioso, por eso sí me encanta lo de poesía aplicada al psicoanálisis, es una buena definición posible. Porque siempre se piensa al revés: psicoanálisis aplicado al arte (y los resultados suelen ser nefastos, una bazofia causalista) Pero bueno, si damos vuelta ese guante, se podría pensar que la poesía en este libro se aplica a un tratamiento posible de la realidad de un sujeto, que en este caso podemos llamar psicoanalítico, un tratamiento que es fragmentario y narrativo a la vez.

 

T : El analista, a tu juicio, ¿tiene algo de poeta? Se lo pregunto a una poeta.

K : Espero que en todo caso tengo poco, me daría un poco de miedo un analista-poeta, espero de ellos menos delirio, más sensatez. Más bien siempre me pareció que el analista se podía comparar con el crítico, ése que encuentra alguna verdad en el texto que lee y que el autor nunca pensó que esa verdad estaba ahí. Por lo menos a mí los críticos cuando leen algo mío en lo que yo no había reparado, me producen ese efecto de extrañeza parecido al que me puede producir algo que me señale un analista. La poesía es más cifrada, aún la más clarita guarda algo oscuro que pide no ser entendido, en ese sentido no es una operación clínica, la crítica sí.

 

T : Se repite varias veces que hay una línea más, que siempre hay una línea más. ¿Qué supone eso en el campo de la poesía, cuando asociás libremente, por ejemplo, en un bar, después de una sesión?

K : Lo de siempre hay otra línea de lectura, siempre hay otra opera como un estribillo. Y eso quiere decir, por un lado, la imposición de un ritmo, de una reiteración, y por otro la posibilidad que nos da la poesía de, sin estar siguiendo una secuencia de relato, ir abriendo nuevas líneas narrativas. Es como sacar un as nuevo cada vez de la manga, como dar de nuevo, pero siempre integrando lo anterior, es decir, sin tirar al carajo el mazo. Es decir, hay otra línea de lectura pero las anteriores no se borran, quedan integradas a la espiral. En la poesía, que siempre haya otra línea supone que la asociación libre abre nuevas puertas, pero no es una asociación tan libertina como para mandarse hacia cualquier lado, porque queda hilada, cosida por hilo del estribillo. (Néstor) Perlongher, en Cadáveres, usa 53 veces el no hay cadáveres pero en cada una parece querer inaugurar un decir nuevo, distinto, en cada una abre una nueva línea de lectura.

 

T : ¿Cambiar de analista, implicó para vos alguna vez un cambio de retórica?

K : Sí claro, cada análisis tiene su estilo, incluso su modalidad, su escuela, como dicen ellos. Pero soy yo la que fue pasando de uno a otro, así que soy yo la que le dio unidad a esos estilos. Eso es lo que crea la ilusión de que estamos siempre en un mismo análisis y que esos análisis diferentes se pueden ir amasando unos con otros. Esas ilusiones narrativas son las que me permitieron armar el libro justamente como eso, como un libro. Un libro de los divanes, claro?Es como preguntar sin con cada libro uno cambia de retórica, te contestaría que espero que sí, si no cambio, estoy en el horno, repitiendo siempre los mismos viejos recursos. Sin embargo, por más cambios que intentemos, siempre hay algo que vuelve y vuelve y que no nos deja tranquilos. Por eso el siempre hay otra línea se podría transformar sin problema en siempre es la misma línea.

 

T : Conocés, conociste a los pioneros del lacanismo en la Argentina. ¿Qué pensás de sus derivas, su producción?

K : Conocí a (Oscar) Masotta, que por cierto aparece nombrado en mi libro. Y además, siempre me interesó cómo entra el lacanismo (y el psicoanálisis en general) en la poesía de Osvaldo Lamborghini quien además, en un momento de su vida, se vuelve algo así como psicoanalista, aunque el emprendimiento le dura poco. En un poema dice aquí al consultorio ya no viene nadie/ desde que me echaron de la Ecole. Para él, Masotta y el comienzo del lacanismo significaron la posibilidad de convertirse en alguien (analista, profesor) sin haber pasado por la academia. Desde ya que Osvaldo, por suerte para nosotros que somos sus lectores y no sus pacientes, era más poeta que analista, con lo cual era previsible ese final.

 

T : ¿Saldaste tus cuentas con el análisis, o es un trabajo (el de la poeta) interminable, como diría Freud?

K : En cada libro creo que saldé mis cuentas con algo: con el judaísmo, con el padre, con el amor, con la madre, con los amigos, etc. etc. Y siempre que termino un libro me digo asqueada sobre este asunto no vuelvo a escribir más. Pero después los críticos (que son los analistas de los libros) me van mostrando que siempre escribo sobre lo mismo y ahí es cuando me doy cuenta de que no tengo cura y que hay algo interminable. Qué vamos a hacer, habrá que seguir cargando las mismas taras a cuestas (analizarse, escribir poesía ?y tantas otras). 

Télam
20/05
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Arts Mitos del fascismo

El historiador y escritor Federico Finchelstein publicó El mito del fascismo: de Freud a Borges (Capital Intelectual), en el que reflexiona sobre el uso que se ha hecho de los significados míticos dentro del fascismo, según fueron analizados por la perspectiva antifascista del escritor argentino y del creador del psicoanálisis. Finchelstein propone una contextualización que tiene como objetivo comprender una dimensión central del fascismo: su ideología basada en el mito.

El historiador y escritor Federico Finchelstein publicó El mito del fascismo: de Freud a Borges (Capital Intelectual), en el que reflexiona sobre el uso que se ha hecho de los significados míticos dentro del fascismo, según fueron analizados por la perspectiva antifascista del escritor argentino y del creador del psicoanálisis. Finchelstein enfatiza las interpretaciones que ambos autores hicieron del regreso de lo reprimido en la mitología fascista, y cómo este retorno terminó posibilitando la irrupción de la violencia genocida y el Holocausto. Finchelstein propone una contextualización que tiene como objetivo comprender una dimensión central del fascismo: su ideología basada en el mito.

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18/05
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People Los genios que sueña Beto Casella

Un Perón con todas sus contradicciones y que se pelea mucho con Freud.-¿Por qué se pelean. "Salvo Freud y Einstein, estos cinco personajes no se conocieron, nunca tomaron un café entre ellos. Yo soy un gran lector de biografías y leí mucho en mi vida sobre las suyas. En algún momento, se me ocurrió ver qué pasaba si uno los entrelazaba y los hacía charlar imaginariamente entre sí", comenta. -Cuando el proyecto se convirtió en una obra de teatro vi que estaría bueno que hubiera un argentino.

"Esta obra nació como el proyecto de un libro, de un relato, que pensé en escribir para despuntar el vicio. Desde que dejé el periodismo gráfico siempre extraño escribir. A partir de esa necesidad se me ocurrió hacer un libro con esta ficción", comenta el periodista y conductor Beto Casella sobre Encuentro de genios, pieza de su autoría que, desde esta noche, se presentará en el escenario del teatro 25 de Mayo, de Villa Urquiza.

El texto supone un encuentro entre Woody Allen, Sigmund Freud, Albert Einstein, John Lennon y Juan Domingo Perón. "Salvo Freud y Einstein, estos cinco personajes no se conocieron, nunca tomaron un café entre ellos. Yo soy un gran lector de biografías y leí mucho en mi vida sobre las suyas. En algún momento, se me ocurrió ver qué pasaba si uno los entrelazaba y los hacía charlar imaginariamente entre sí", comenta. Así fue como empezó a escribirlo en forma de relato, sin ponerse plazos para terminarlo. "Escribía un poco cada tanto, cuando me daban ganas. Tampoco me importaba si iba a poder editarlo y si lo hacía no me importaba cuántos iban a leerlo o no. Hasta que me dijeron que daba muy bien para una obra de teatro, algo que yo no había visto. Ahí aceleré, me hice la rutina de sentarme todos los días a escribir y llamé a un par de periodistas amigos para que me ayudaran con la investigación. Así el proyecto se convirtió en serio en una obra de teatro", agrega.

El material con el que trabajó Casella está basado en frases textuales y detalles reales de la vida de los personajes. La historia que se cuenta es la de un Woody Allen que quiere escribir la biografía de alguno de los cuatro genios, pero no se decide con cuál. Entonces los convoca imaginariamente al living de su casa para decidir con quién se queda. La charla entre los genios lo hace dudar aún más y, entonces, propone un juego: una serie de reality en el que se deberán ir eliminando entre ellos.

Las interpretaciones están a cargo de Gerardo Baamonde (Allen), Alejandro Fiore (Freud), Nicolás Pauls (Einstein), Pablo Novak (Lennon) y Juan Palomino (Perón), mientras que la dirección está a cargo de Roberto Antier.

A la hora de explicar por qué eligió a los cinco personajes que dan vida a su obra de teatro, Beto Casella sostiene: "Freud tenía que estar porque siempre me llamó la atención la importancia que le damos los argentinos al psicoanálisis. Somos el país más psicoanalizado del mundo. En una oportunidad le preguntaron a Woody Allen cuál era para él la causa de que sus películas gustaran tanto en nuestro país. «Será porque hablan mucho de psicoanálisis, que a los argentinos les fascina», respondió. A Einstein lo incluí porque quería un genio a la altura de Freud, pero de otra rama de la ciencia; a Lennon, por lo que me gustan los Beatles, y a Allen, porque encarna el arte cinematográfico. Es un gran actor, un gran director, un gran escritor".

-¿Y a Perón?

-Cuando el proyecto se convirtió en una obra de teatro vi que estaría bueno que hubiera un argentino. Pensé en Maradona primero, pero me di cuenta de que Diego no dejó tanto pensamiento, salvo algunas frases célebres. Entonces el que tenía que ir era Perón. Un Perón joven e impetuoso al principio que se convierte en un viejo sabio y más aplacado al final. Un Perón con todas sus contradicciones y que se pelea mucho con Freud.

-¿Por qué se pelean?

-Porque el padre del psicoanálisis lo torea constantemente. Para él, la frase: "Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista" es terrible, y explica desde la psicología por qué esa frase marcó para mal al gen argentino. El tipo es un antiperonista furioso y no le perdona una a Perón. Pero éste, claro, se defiende como sólo él sabe hacerlo.

-Y vos, ¿no tenés miedo a tener que salir también a defenderte de los que te critiquen porque a esta altura te ponés a hacer teatro?

-Yo ya me amigué con el prejuicio. Toda mi carrera conviví con él. Salí del conurbano, vengo de Haedo. Trabajé en redacciones en las que decía que venía de Haedo y me preguntaban dónde quedaba eso. En periodismo, cuando sos un tipo de barrio y no tenés alguien que te acomode, todo se hace más difícil. Pero a mí, al contrario, el prejuicio me envalentona, me da más ganas de hacer. Es obvio que alguien que viene de la tele liviana, del entretenimiento, genere prejuicios porque se pone a escribir teatro. Pero en general el hombre del medio tiene pocos prejuicios. El que hace teatro sabe que lo que se necesita son ganas e ideas. No tenés que ser necesariamente Tito Cossa para ponerte a escribir. Pero yo no me considero un nuevo dramaturgo. Escribí libros en mi carrera y ahora una obra de teatro y estoy trabajando para hacer una película.

-¿De dónde sale esa necesidad de hacer tantas cosas?

-De la decisión de aprovechar a pura voluntad la única vida que tenemos. Lo que salga bien saldrá bien y lo que salga mal, mala suerte. Igual mi fantasía es jubilarme como bibliotecario. Estar con un guardapolvo gris entregando libros y leyendo todo el día. Como Marcello Mastroiani en El difunto Matías Pascal. Me gustaría tener un tiempo sin tantas actividades a la vez, porque como decía Roberto Fontanarrosa: "La vida aburrida pasa más lento".

-¿Se te pasa alguna vez por la cabeza dejar el periodismo?

-En general en mi carrera tuve siempre mucha suerte. En la tele, en términos de continuidad, tengo más de 10 años con un ciclo y llevo el mismo tiempo en la radio liderando la FM. Me ha ido bastante bien para el escaso talento que tengo. Pero sí, es una posibilidad. La tele me está cansando un poco. Lo digo y al mismo tiempo me da un poco de culpa decirlo, porque hay que ser agradecido con las oportunidades que te dio la vida. Pero hay etapas. Me siento algo grande y ya no estoy para hacer algunas cosas que hice. Me veo saliendo de la tele dentro de no mucho tiempo y quedándome en la radio un poco más.

Funciones, jueves, a las 20, viernes y sábados, 21.30 y domingos, a las 20

Complejo Cultural 25 de Mayo, Triunvirato 4444..

La Nación
14/05
1 Puntos
1 2 3 4 5

People Rafael Casajús: "El psicoanálisis favorece el amor y el trabajo"

Es así, es la subversión freudiana, el descubrir que bien puede haber satisfacción en el malestar.Se me objetará: puede ser, pero ¿por qué habla de satisfacción. ESO hace chistes, ESO hace lapsus, ESO hace sueños, ESO hace síntomas significa entonces que ESO habla y en tanto ESO habla le damos cita. La suya es una pregunta muy simple que podría contestarse con igual simpleza; gozar es alcanzar el bienestar de una satisfacción.

El libro, publicado por la editorial Letra Viva, concentra un trabajo de años de formación en Buenos Aires, en Córdoba y en Neuquén.

¿De qué se habla cuando se habla de goce en psicoanálisis?

La suya es una pregunta muy simple que podría contestarse con igual simpleza; gozar es alcanzar el bienestar de una satisfacción. Sin embargo los puntos de vista desde donde el psicoanálisis aborda el espectro de vivencias del ser humano suelen no coincidir con lo que nos dicta la evidencia, al parecer incontrastable, del concienzudo sentido común.

Como dice Jacques-Alain Miller en Los signos del goce, no nos manejamos con evidencias sino con axiomas psicoanalíticos. Entonces, ante una pregunta en apariencia simple el psicoanalista se encontraría frente a una situación paradojal ya que podría responder con simpleza y precisión satisfactorias siempre y cuando desarrolle previamente un buen número de premisas psíquicas. No someteré a semejante prueba la paciencia de los lectores ya que eso implicaría agotar mis esfuerzos en todo un ensayo. Sin embargo, arriesgaré algunos comentarios.

Ya nuestro mentor (por Sigmund Freud) acuñó un oxímoron lo suficientemente retórico como para introducirnos de un solo golpe en la problemática que usted plantea (que es la de nuestra existencia): la pulsión de muerte. A saber, ¿cómo es posible que haya una satisfacción en la ruina? Ocurre y suele ser motivo de análisis como en el emblemático caso de Elizabeth Von R. que cuando al entrar a la habitación de su hermana recién fallecida tiene esa nefasta, enfermiza, demoníaca ocurrencia -entre inconsciencia y repudio-, ahora él ya está libre para ser mío. Después de todo, si semejante arranque la lesiona, es por el amor hacia la hermana; entonces, nuevamente, ¿cómo se puede desear tamaña corrosión tratándose de los seres que amamos y por tanto de nuestra propia vida?

Es el absurdo en el que solemos encallar nuestra existencia y para colmo (mejor sería no haber nacido, como dice Antígona), ¡la extravagancia está al servicio del cumplimiento de una satisfacción! ¡Vaya estrago!

La genialidad de Freud consistió en desarrollar un método de tratamiento que permite hacer de esa calamidad un poder terapéutico y con ello un empuje y no un límite en la vida. ¿Acaso su intervención no le permitió deshacer su nudo y casarse con un extranjero, reen-caminar-se en su existencia? En otros términos, es un tratamiento que permite hacer habitable la neurosis pero no sin pagar un elevado precio y no me refiero sólo al monetario, sino al que Elizabeth paga ahí, la pérdida de la inocencia. Es que si la neurosis, por más estragos que traiga, tiene un beneficio secundario es el de mantener al neurótico alejado, en desconocimiento de la verdad de su goce. Reprimir es la forma de desconocer cómo y con qué nos satisfacemos y si mantenemos el desconocimiento no sólo podemos seguir gozando sino hacerlo en completa inocencia.

Todo análisis necesariamente conlleva pérdida de inocencia y es ésta, entre otras, una de las razones por la que tanta gente prefiere no analizarse, ya que de algún modo saben que si hablan, pierden. Están en su derecho.

Es escuchable con frecuencia: yo no fui, yo no soy, por qué me pasa a mí. Se trata de una de las pasiones de la neurosis, exceptuarse respecto de aquello que es lo que más le incumbe. Insisto, están en su derecho ya que el psicoanálisis no pretende impartir normas y reglas de vida. Analizarse es una decisión personal.

Es por esa conservación de goce que Jacques Lacan dice que el neurótico ama su síntoma como a sí mismo, que es otra forma de decir -aún más perturbadora que la enunciación freudiana- que existe una decidida defensa de la vigencia de la pulsión de muerte ? por esto de amor a su síntoma. En realidad, no es muy difícil comprobar ese amor: la mayoría de la gente encuentra que no hay tema como su propio tema. Es lo que se llama narcisismo o culto a la personalidad. Pero ¿qué? ¿¡Acaso uno no puede hablar de uno mismo!? ¡Pero por supuesto!, ¡el problema, no para el sujeto sino para los que lo rodean, es cuando eso no se gasta!

También es un observable que los seres humanos nos arreglamos bien para tener poco apego a la verdad, como dice Lacan los hombres se acomodan a la no-verdad, y con eso el goce destructivo permanece intacto.

Quizá la imaginería de la buena disposición de ánimo pueda hacer creer a algunos que la pulsión de muerte sólo le ocurre a los otros, a algunos otros más o menos deficientes como pueden ser consideradas las histéricas.

¿¡Cómo aceptar que pueda haber en nosotros algo que trabaje contra nosotros con decisión y sin descanso!? Ante esta incongruencia hay una inmediata salida, no muy elegante pero sí medianamente efectiva: ¡no soy yo el que me daño a mí mismo, es el otro el que lo hace!, cosa que existe, por supuesto, pero no es éste el asunto que nos convoca. Entonces, si las cosas están en esos términos, si la pulsión de muerte nos habita a todos sin excepción, ¿¡qué hacer?!

Lo cual me lleva a la segunda pregunta.

Si el inconsciente es el maestro ¿cómo se forma un analista?

ESO hace chistes, ESO hace lapsus, ESO hace sueños, ESO hace síntomas significa entonces que ESO habla y en tanto ESO habla le damos cita. Es el trabajo de un análisis: dar cita a los dioses del averno. Es por eso que para cualquiera que tenga la decisión y el deseo, no solo para un analista en formación, de lo que se tratará es de hacer de su inconsciente su yugo. Esto quiere decir que no es suficiente con hacer lapsus, síntomas, etcétera, sino que también hay que poder escucharlos (citarlos) para poder orientarse con ellos. Así, lo que viene del inconsciente alcanza estatuto ético, y será con lo que uno se guiará. Tarea nada fácil y bien incómoda, después de todo. Si los seres humanos nos acomodamos a la no-verdad es por la entusiasta afección que tenemos por el desconocimiento, no por nada Lacan dice que ignorar es una de las pasiones fundamentales del ser humano.

En cuanto a este acomodarse a la no-verdad, la histeria, lejos de ser un retraso es ese avance ético según el cual ya no se acomoda fácilmente y hace de su síntoma, no sin la escucha de Freud, su guía de vida. ¿Puedo decirlo de otra forma más enfática? Hacen falta cojones porque como dice Lacan las bromas se terminan cuando se trata de vérselas con la castración y la pulsión de muerte es eso: castra, limita, impone, hace decir (incluso en contra de uno mismo) y sobre todo, hace repetir. Se prefiere ignorar apasionadamente lo que tenga que ver con ella.

La exasperación del sujeto que se dice ¡de nuevo me pasa lo mismo!, es la forma cabal en la que descubre que algo lo trabaja, que algo lo puede, sólo que lo que no puede descubrir es que allí si eso se perpetúa es por la satisfacción correspondiente.

Sepa disculpar el lector la violencia de lo que voy a decir: reproducimos lo que rechazamos. Y lo hacemos habiendo en ello una satisfacción inconfesable, es el más allá del principio del placer, ¿o acaso no suele ocurrirnos que dañamos lo que más queremos? Es así, es la subversión freudiana, el descubrir que bien puede haber satisfacción en el malestar.

Se me objetará: puede ser, pero ¿por qué habla de satisfacción? Es que para cualquiera de nosotros un tropezón no es caída, dos empieza a ser enigmático, pero ya al tercero nos hacemos reos de nuestra propia desconfianza y las preguntas y las imputaciones que nos dirigimos tienen ese sesgo que denota la clave de lo que se pone en juego: ¿¡qué clase de persona soy que daño persistentemente a los que amo!? En otros términos ¿qué se satisface ahí?

Y aquí otra subversión freudiana: cuando Elizabeth descubre en el análisis con Freud que había tenido esa ominosa, desdichada ocurrencia al entrar a la pieza de su hermana recién muerta, Freud aporta: el hecho de que usted haya enfermado de neurosis por dicha ocurrencia es prueba de su valor ético. Podemos considerar que una neurosis es el resultado de un conflicto ético, lo cual nos lleva a interrogarnos qué pasa cuando no hay una neurosis constituida.

Analizarse supone estar dispuesto a gastar un goce, hacer cesar una satisfacción que parasita al sujeto inhabilitándolo, inhibiéndole su capacidad de amor y de trabajo.

No es algo que se suela subrayar: el psicoanálisis favorece el amor y el trabajo. Entonces si vamos a aceptar un yugo, porque eso sí, parece que los seres humanos no podemos vivir sin él, digo, si vamos a aceptar uno, ¿por qué tiene que ser el del Otro? Está claro que hay muchos que se atropellan por proponerse como ejemplos a seguir (políticos, capitalistas, gurúes, científicos, grandes profesores, estrellas de rock y la televisión, sexólogos, terapeutas especializados en tal o cual cosa, etc.) cual amos victoriosos de turno que parecen haber conquistado algún fragmento de la realidad. Venden su logro como un paraíso conquistado. Puede ser, ¿por qué no? El asunto es que, como dice Lacan, no aceptar el yugo del propio inconsciente, desconocer aquello que nos habita, trae un problema: es eso, o peor. Así que ¿por qué no hacer del propio inconsciente el propio maestro en vez de seguir el de algún Otro?

El trabajo de un análisis es eso. Que el sujeto encuentre su propia libertad en su propia determinación. Por eso Lacan dice que el inconsciente es la política, la diferencia irreductible de cada sujeto.

Télam

Río Negro
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People Rafael Casajús: "El psicoanálisis favorece el amor y el trabajo"

Es así, es la subversión freudiana, el descubrir que bien puede haber satisfacción en el malestar.Se me objetará: puede ser, pero ¿por qué habla de satisfacción. ESO hace chistes, ESO hace lapsus, ESO hace sueños, ESO hace síntomas significa entonces que ESO habla y en tanto ESO habla le damos cita. La suya es una pregunta muy simple que podría contestarse con igual simpleza; gozar es alcanzar el bienestar de una satisfacción.

El libro, publicado por la editorial Letra Viva, concentra un trabajo de años de formación en Buenos Aires, en Córdoba y en Neuquén.

¿De qué se habla cuando se habla de goce en psicoanálisis?

La suya es una pregunta muy simple que podría contestarse con igual simpleza; gozar es alcanzar el bienestar de una satisfacción. Sin embargo los puntos de vista desde donde el psicoanálisis aborda el espectro de vivencias del ser humano suelen no coincidir con lo que nos dicta la evidencia, al parecer incontrastable, del concienzudo sentido común.

Como dice Jacques-Alain Miller en Los signos del goce, no nos manejamos con evidencias sino con axiomas psicoanalíticos. Entonces, ante una pregunta en apariencia simple el psicoanalista se encontraría frente a una situación paradojal ya que podría responder con simpleza y precisión satisfactorias siempre y cuando desarrolle previamente un buen número de premisas psíquicas. No someteré a semejante prueba la paciencia de los lectores ya que eso implicaría agotar mis esfuerzos en todo un ensayo. Sin embargo, arriesgaré algunos comentarios.

Ya nuestro mentor (por Sigmund Freud) acuñó un oxímoron lo suficientemente retórico como para introducirnos de un solo golpe en la problemática que usted plantea (que es la de nuestra existencia): la pulsión de muerte. A saber, ¿cómo es posible que haya una satisfacción en la ruina? Ocurre y suele ser motivo de análisis como en el emblemático caso de Elizabeth Von R. que cuando al entrar a la habitación de su hermana recién fallecida tiene esa nefasta, enfermiza, demoníaca ocurrencia -entre inconsciencia y repudio-, ahora él ya está libre para ser mío. Después de todo, si semejante arranque la lesiona, es por el amor hacia la hermana; entonces, nuevamente, ¿cómo se puede desear tamaña corrosión tratándose de los seres que amamos y por tanto de nuestra propia vida?

Es el absurdo en el que solemos encallar nuestra existencia y para colmo (mejor sería no haber nacido, como dice Antígona), ¡la extravagancia está al servicio del cumplimiento de una satisfacción! ¡Vaya estrago!

La genialidad de Freud consistió en desarrollar un método de tratamiento que permite hacer de esa calamidad un poder terapéutico y con ello un empuje y no un límite en la vida. ¿Acaso su intervención no le permitió deshacer su nudo y casarse con un extranjero, reen-caminar-se en su existencia? En otros términos, es un tratamiento que permite hacer habitable la neurosis pero no sin pagar un elevado precio y no me refiero sólo al monetario, sino al que Elizabeth paga ahí, la pérdida de la inocencia. Es que si la neurosis, por más estragos que traiga, tiene un beneficio secundario es el de mantener al neurótico alejado, en desconocimiento de la verdad de su goce. Reprimir es la forma de desconocer cómo y con qué nos satisfacemos y si mantenemos el desconocimiento no sólo podemos seguir gozando sino hacerlo en completa inocencia.

Todo análisis necesariamente conlleva pérdida de inocencia y es ésta, entre otras, una de las razones por la que tanta gente prefiere no analizarse, ya que de algún modo saben que si hablan, pierden. Están en su derecho.

Es escuchable con frecuencia: yo no fui, yo no soy, por qué me pasa a mí. Se trata de una de las pasiones de la neurosis, exceptuarse respecto de aquello que es lo que más le incumbe. Insisto, están en su derecho ya que el psicoanálisis no pretende impartir normas y reglas de vida. Analizarse es una decisión personal.

Es por esa conservación de goce que Jacques Lacan dice que el neurótico ama su síntoma como a sí mismo, que es otra forma de decir -aún más perturbadora que la enunciación freudiana- que existe una decidida defensa de la vigencia de la pulsión de muerte ? por esto de amor a su síntoma. En realidad, no es muy difícil comprobar ese amor: la mayoría de la gente encuentra que no hay tema como su propio tema. Es lo que se llama narcisismo o culto a la personalidad. Pero ¿qué? ¿¡Acaso uno no puede hablar de uno mismo!? ¡Pero por supuesto!, ¡el problema, no para el sujeto sino para los que lo rodean, es cuando eso no se gasta!

También es un observable que los seres humanos nos arreglamos bien para tener poco apego a la verdad, como dice Lacan los hombres se acomodan a la no-verdad, y con eso el goce destructivo permanece intacto.

Quizá la imaginería de la buena disposición de ánimo pueda hacer creer a algunos que la pulsión de muerte sólo le ocurre a los otros, a algunos otros más o menos deficientes como pueden ser consideradas las histéricas.

¿¡Cómo aceptar que pueda haber en nosotros algo que trabaje contra nosotros con decisión y sin descanso!? Ante esta incongruencia hay una inmediata salida, no muy elegante pero sí medianamente efectiva: ¡no soy yo el que me daño a mí mismo, es el otro el que lo hace!, cosa que existe, por supuesto, pero no es éste el asunto que nos convoca. Entonces, si las cosas están en esos términos, si la pulsión de muerte nos habita a todos sin excepción, ¿¡qué hacer?!

Lo cual me lleva a la segunda pregunta.

Si el inconsciente es el maestro ¿cómo se forma un analista?

ESO hace chistes, ESO hace lapsus, ESO hace sueños, ESO hace síntomas significa entonces que ESO habla y en tanto ESO habla le damos cita. Es el trabajo de un análisis: dar cita a los dioses del averno. Es por eso que para cualquiera que tenga la decisión y el deseo, no solo para un analista en formación, de lo que se tratará es de hacer de su inconsciente su yugo. Esto quiere decir que no es suficiente con hacer lapsus, síntomas, etcétera, sino que también hay que poder escucharlos (citarlos) para poder orientarse con ellos. Así, lo que viene del inconsciente alcanza estatuto ético, y será con lo que uno se guiará. Tarea nada fácil y bien incómoda, después de todo. Si los seres humanos nos acomodamos a la no-verdad es por la entusiasta afección que tenemos por el desconocimiento, no por nada Lacan dice que ignorar es una de las pasiones fundamentales del ser humano.

En cuanto a este acomodarse a la no-verdad, la histeria, lejos de ser un retraso es ese avance ético según el cual ya no se acomoda fácilmente y hace de su síntoma, no sin la escucha de Freud, su guía de vida. ¿Puedo decirlo de otra forma más enfática? Hacen falta cojones porque como dice Lacan las bromas se terminan cuando se trata de vérselas con la castración y la pulsión de muerte es eso: castra, limita, impone, hace decir (incluso en contra de uno mismo) y sobre todo, hace repetir. Se prefiere ignorar apasionadamente lo que tenga que ver con ella.

La exasperación del sujeto que se dice ¡de nuevo me pasa lo mismo!, es la forma cabal en la que descubre que algo lo trabaja, que algo lo puede, sólo que lo que no puede descubrir es que allí si eso se perpetúa es por la satisfacción correspondiente.

Sepa disculpar el lector la violencia de lo que voy a decir: reproducimos lo que rechazamos. Y lo hacemos habiendo en ello una satisfacción inconfesable, es el más allá del principio del placer, ¿o acaso no suele ocurrirnos que dañamos lo que más queremos? Es así, es la subversión freudiana, el descubrir que bien puede haber satisfacción en el malestar.

Se me objetará: puede ser, pero ¿por qué habla de satisfacción? Es que para cualquiera de nosotros un tropezón no es caída, dos empieza a ser enigmático, pero ya al tercero nos hacemos reos de nuestra propia desconfianza y las preguntas y las imputaciones que nos dirigimos tienen ese sesgo que denota la clave de lo que se pone en juego: ¿¡qué clase de persona soy que daño persistentemente a los que amo!? En otros términos ¿qué se satisface ahí?

Y aquí otra subversión freudiana: cuando Elizabeth descubre en el análisis con Freud que había tenido esa ominosa, desdichada ocurrencia al entrar a la pieza de su hermana recién muerta, Freud aporta: el hecho de que usted haya enfermado de neurosis por dicha ocurrencia es prueba de su valor ético. Podemos considerar que una neurosis es el resultado de un conflicto ético, lo cual nos lleva a interrogarnos qué pasa cuando no hay una neurosis constituida.

Analizarse supone estar dispuesto a gastar un goce, hacer cesar una satisfacción que parasita al sujeto inhabilitándolo, inhibiéndole su capacidad de amor y de trabajo.

No es algo que se suela subrayar: el psicoanálisis favorece el amor y el trabajo. Entonces si vamos a aceptar un yugo, porque eso sí, parece que los seres humanos no podemos vivir sin él, digo, si vamos a aceptar uno, ¿por qué tiene que ser el del Otro? Está claro que hay muchos que se atropellan por proponerse como ejemplos a seguir (políticos, capitalistas, gurúes, científicos, grandes profesores, estrellas de rock y la televisión, sexólogos, terapeutas especializados en tal o cual cosa, etc.) cual amos victoriosos de turno que parecen haber conquistado algún fragmento de la realidad. Venden su logro como un paraíso conquistado. Puede ser, ¿por qué no? El asunto es que, como dice Lacan, no aceptar el yugo del propio inconsciente, desconocer aquello que nos habita, trae un problema: es eso, o peor. Así que ¿por qué no hacer del propio inconsciente el propio maestro en vez de seguir el de algún Otro?

El trabajo de un análisis es eso. Que el sujeto encuentre su propia libertad en su propia determinación. Por eso Lacan dice que el inconsciente es la política, la diferencia irreductible de cada sujeto.

Télam

Río Negro
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Rafael Casajús: "El psicoanálisis favorece el amor y el trabajo"

Es así, es la subversión freudiana, el descubrir que bien puede haber satisfacción en el malestar.Se me objetará: puede ser, pero ¿por qué habla de satisfacción. ESO hace chistes, ESO hace lapsus, ESO hace sueños, ESO hace síntomas significa entonces que ESO habla y en tanto ESO habla le damos cita. La suya es una pregunta muy simple que podría contestarse con igual simpleza; gozar es alcanzar el bienestar de una satisfacción.

El libro, publicado por la editorial Letra Viva, concentra un trabajo de años de formación en Buenos Aires, en Córdoba y en Neuquén.

¿De qué se habla cuando se habla de goce en psicoanálisis?

La suya es una pregunta muy simple que podría contestarse con igual simpleza; gozar es alcanzar el bienestar de una satisfacción. Sin embargo los puntos de vista desde donde el psicoanálisis aborda el espectro de vivencias del ser humano suelen no coincidir con lo que nos dicta la evidencia, al parecer incontrastable, del concienzudo sentido común.

Como dice Jacques-Alain Miller en Los signos del goce, no nos manejamos con evidencias sino con axiomas psicoanalíticos. Entonces, ante una pregunta en apariencia simple el psicoanalista se encontraría frente a una situación paradojal ya que podría responder con simpleza y precisión satisfactorias siempre y cuando desarrolle previamente un buen número de premisas psíquicas. No someteré a semejante prueba la paciencia de los lectores ya que eso implicaría agotar mis esfuerzos en todo un ensayo. Sin embargo, arriesgaré algunos comentarios.

Ya nuestro mentor (por Sigmund Freud) acuñó un oxímoron lo suficientemente retórico como para introducirnos de un solo golpe en la problemática que usted plantea (que es la de nuestra existencia): la pulsión de muerte. A saber, ¿cómo es posible que haya una satisfacción en la ruina? Ocurre y suele ser motivo de análisis como en el emblemático caso de Elizabeth Von R. que cuando al entrar a la habitación de su hermana recién fallecida tiene esa nefasta, enfermiza, demoníaca ocurrencia -entre inconsciencia y repudio-, ahora él ya está libre para ser mío. Después de todo, si semejante arranque la lesiona, es por el amor hacia la hermana; entonces, nuevamente, ¿cómo se puede desear tamaña corrosión tratándose de los seres que amamos y por tanto de nuestra propia vida?

Es el absurdo en el que solemos encallar nuestra existencia y para colmo (mejor sería no haber nacido, como dice Antígona), ¡la extravagancia está al servicio del cumplimiento de una satisfacción! ¡Vaya estrago!

La genialidad de Freud consistió en desarrollar un método de tratamiento que permite hacer de esa calamidad un poder terapéutico y con ello un empuje y no un límite en la vida. ¿Acaso su intervención no le permitió deshacer su nudo y casarse con un extranjero, reen-caminar-se en su existencia? En otros términos, es un tratamiento que permite hacer habitable la neurosis pero no sin pagar un elevado precio y no me refiero sólo al monetario, sino al que Elizabeth paga ahí, la pérdida de la inocencia. Es que si la neurosis, por más estragos que traiga, tiene un beneficio secundario es el de mantener al neurótico alejado, en desconocimiento de la verdad de su goce. Reprimir es la forma de desconocer cómo y con qué nos satisfacemos y si mantenemos el desconocimiento no sólo podemos seguir gozando sino hacerlo en completa inocencia.

Todo análisis necesariamente conlleva pérdida de inocencia y es ésta, entre otras, una de las razones por la que tanta gente prefiere no analizarse, ya que de algún modo saben que si hablan, pierden. Están en su derecho.

Es escuchable con frecuencia: yo no fui, yo no soy, por qué me pasa a mí. Se trata de una de las pasiones de la neurosis, exceptuarse respecto de aquello que es lo que más le incumbe. Insisto, están en su derecho ya que el psicoanálisis no pretende impartir normas y reglas de vida. Analizarse es una decisión personal.

Es por esa conservación de goce que Jacques Lacan dice que el neurótico ama su síntoma como a sí mismo, que es otra forma de decir -aún más perturbadora que la enunciación freudiana- que existe una decidida defensa de la vigencia de la pulsión de muerte ? por esto de amor a su síntoma. En realidad, no es muy difícil comprobar ese amor: la mayoría de la gente encuentra que no hay tema como su propio tema. Es lo que se llama narcisismo o culto a la personalidad. Pero ¿qué? ¿¡Acaso uno no puede hablar de uno mismo!? ¡Pero por supuesto!, ¡el problema, no para el sujeto sino para los que lo rodean, es cuando eso no se gasta!

También es un observable que los seres humanos nos arreglamos bien para tener poco apego a la verdad, como dice Lacan los hombres se acomodan a la no-verdad, y con eso el goce destructivo permanece intacto.

Quizá la imaginería de la buena disposición de ánimo pueda hacer creer a algunos que la pulsión de muerte sólo le ocurre a los otros, a algunos otros más o menos deficientes como pueden ser consideradas las histéricas.

¿¡Cómo aceptar que pueda haber en nosotros algo que trabaje contra nosotros con decisión y sin descanso!? Ante esta incongruencia hay una inmediata salida, no muy elegante pero sí medianamente efectiva: ¡no soy yo el que me daño a mí mismo, es el otro el que lo hace!, cosa que existe, por supuesto, pero no es éste el asunto que nos convoca. Entonces, si las cosas están en esos términos, si la pulsión de muerte nos habita a todos sin excepción, ¿¡qué hacer?!

Lo cual me lleva a la segunda pregunta.

Si el inconsciente es el maestro ¿cómo se forma un analista?

ESO hace chistes, ESO hace lapsus, ESO hace sueños, ESO hace síntomas significa entonces que ESO habla y en tanto ESO habla le damos cita. Es el trabajo de un análisis: dar cita a los dioses del averno. Es por eso que para cualquiera que tenga la decisión y el deseo, no solo para un analista en formación, de lo que se tratará es de hacer de su inconsciente su yugo. Esto quiere decir que no es suficiente con hacer lapsus, síntomas, etcétera, sino que también hay que poder escucharlos (citarlos) para poder orientarse con ellos. Así, lo que viene del inconsciente alcanza estatuto ético, y será con lo que uno se guiará. Tarea nada fácil y bien incómoda, después de todo. Si los seres humanos nos acomodamos a la no-verdad es por la entusiasta afección que tenemos por el desconocimiento, no por nada Lacan dice que ignorar es una de las pasiones fundamentales del ser humano.

En cuanto a este acomodarse a la no-verdad, la histeria, lejos de ser un retraso es ese avance ético según el cual ya no se acomoda fácilmente y hace de su síntoma, no sin la escucha de Freud, su guía de vida. ¿Puedo decirlo de otra forma más enfática? Hacen falta cojones porque como dice Lacan las bromas se terminan cuando se trata de vérselas con la castración y la pulsión de muerte es eso: castra, limita, impone, hace decir (incluso en contra de uno mismo) y sobre todo, hace repetir. Se prefiere ignorar apasionadamente lo que tenga que ver con ella.

La exasperación del sujeto que se dice ¡de nuevo me pasa lo mismo!, es la forma cabal en la que descubre que algo lo trabaja, que algo lo puede, sólo que lo que no puede descubrir es que allí si eso se perpetúa es por la satisfacción correspondiente.

Sepa disculpar el lector la violencia de lo que voy a decir: reproducimos lo que rechazamos. Y lo hacemos habiendo en ello una satisfacción inconfesable, es el más allá del principio del placer, ¿o acaso no suele ocurrirnos que dañamos lo que más queremos? Es así, es la subversión freudiana, el descubrir que bien puede haber satisfacción en el malestar.

Se me objetará: puede ser, pero ¿por qué habla de satisfacción? Es que para cualquiera de nosotros un tropezón no es caída, dos empieza a ser enigmático, pero ya al tercero nos hacemos reos de nuestra propia desconfianza y las preguntas y las imputaciones que nos dirigimos tienen ese sesgo que denota la clave de lo que se pone en juego: ¿¡qué clase de persona soy que daño persistentemente a los que amo!? En otros términos ¿qué se satisface ahí?

Y aquí otra subversión freudiana: cuando Elizabeth descubre en el análisis con Freud que había tenido esa ominosa, desdichada ocurrencia al entrar a la pieza de su hermana recién muerta, Freud aporta: el hecho de que usted haya enfermado de neurosis por dicha ocurrencia es prueba de su valor ético. Podemos considerar que una neurosis es el resultado de un conflicto ético, lo cual nos lleva a interrogarnos qué pasa cuando no hay una neurosis constituida.

Analizarse supone estar dispuesto a gastar un goce, hacer cesar una satisfacción que parasita al sujeto inhabilitándolo, inhibiéndole su capacidad de amor y de trabajo.

No es algo que se suela subrayar: el psicoanálisis favorece el amor y el trabajo. Entonces si vamos a aceptar un yugo, porque eso sí, parece que los seres humanos no podemos vivir sin él, digo, si vamos a aceptar uno, ¿por qué tiene que ser el del Otro? Está claro que hay muchos que se atropellan por proponerse como ejemplos a seguir (políticos, capitalistas, gurúes, científicos, grandes profesores, estrellas de rock y la televisión, sexólogos, terapeutas especializados en tal o cual cosa, etc.) cual amos victoriosos de turno que parecen haber conquistado algún fragmento de la realidad. Venden su logro como un paraíso conquistado. Puede ser, ¿por qué no? El asunto es que, como dice Lacan, no aceptar el yugo del propio inconsciente, desconocer aquello que nos habita, trae un problema: es eso, o peor. Así que ¿por qué no hacer del propio inconsciente el propio maestro en vez de seguir el de algún Otro?

El trabajo de un análisis es eso. Que el sujeto encuentre su propia libertad en su propia determinación. Por eso Lacan dice que el inconsciente es la política, la diferencia irreductible de cada sujeto.

Télam

Río Negro
11/05
1 Puntos

Arts ?El psicoanálisis favorece el amor y el trabajo?

Es así, es la subversión freudiana, el descubrir que bien puede haber satisfacción en el malestar. Se me objetará: puede ser, pero ¿por qué habla de satisfacción. C : ESO hace chistes, ESO hace lapsus, ESO hace sueños, ESO hace síntomas significa entonces que ESO habla y en tanto ESO habla le damos cita. C : La suya es una pregunta muy simple que podría contestarse con igual simpleza; gozar es alcanzar el bienestar de una satisfacción.

El libro, publicado por la editorial Letra Viva, concentra un trabajo de años de formación en Buenos Aires, en Córdoba y en Neuquén.

 

T : ¿De qué se habla cuando se habla de goce en psicoanálisis?

C : La suya es una pregunta muy simple que podría contestarse con igual simpleza; gozar es alcanzar el bienestar de una satisfacción. Sin embargo los puntos de vista desde donde el psicoanálisis aborda el espectro de vivencias del ser humano suelen no coincidir con lo que nos dicta la evidencia, al parecer incontrastable, del concienzudo sentido común.

 

Como dice Jacques-Alain Miller en Los signos del goce, no nos manejamos con evidencias sino con axiomas psicoanalíticos. Entonces, ante una pregunta en apariencia simple el psicoanalista se encontraría frente a una situación paradojal ya que podría responder con simpleza y precisión satisfactorias siempre y cuando desarrolle previamente un buen número de premisas psíquicas. No someteré a semejante prueba la paciencia de los lectores ya que eso implicaría agotar mis esfuerzos en todo un ensayo. Sin embargo, arriesgaré algunos comentarios.

Ya nuestro mentor (por Sigmund Freud) acuñó un oxímoron lo suficientemente retórico como para introducirnos de un solo golpe en la problemática que usted plantea (que es la de nuestra existencia): la pulsión de muerte. A saber, ¿cómo es posible que haya una satisfacción en la ruina? Ocurre y suele ser motivo de análisis como en el emblemático caso de Elizabeth Von R. que cuando al entrar a la habitación de su hermana recién fallecida tiene esa nefasta, enfermiza, demoníaca ocurrencia -entre inconsciencia y repudio-, ahora él ya está libre para ser mío. Después de todo, si semejante arranque la lesiona, es por el amor hacia la hermana; entonces, nuevamente, ¿cómo se puede desear tamaña corrosión tratándose de los seres que amamos y por tanto de nuestra propia vida?

 

Es el absurdo en el que solemos encallar nuestra existencia y para colmo (mejor sería no haber nacido, como dice Antígona), ¡la extravagancia está al servicio del cumplimiento de una satisfacción! ¡Vaya estrago!

 

La genialidad de Freud consistió en desarrollar un método de tratamiento que permite hacer de esa calamidad un poder terapéutico y con ello un empuje y no un límite en la vida. ¿Acaso su intervención no le permitió deshacer su nudo y casarse con un extranjero, reen-caminar-se en su existencia? En otros términos, es un tratamiento que permite hacer habitable la neurosis pero no sin pagar un elevado precio y no me refiero sólo al monetario, sino al que Elizabeth paga ahí, la pérdida de la inocencia. Es que si la neurosis, por más estragos que traiga, tiene un beneficio secundario es el de mantener al neurótico alejado, en desconocimiento de la verdad de su goce. Reprimir es la forma de desconocer cómo y con qué nos satisfacemos y si mantenemos el desconocimiento no sólo podemos seguir gozando sino hacerlo en completa inocencia.

 

Todo análisis necesariamente conlleva pérdida de inocencia y es ésta, entre otras, una de las razones por la que tanta gente prefiere no analizarse, ya que de algún modo saben que si hablan, pierden. Están en su derecho.

 

Es escuchable con frecuencia: yo no fui, yo no soy, por qué me pasa a mí. Se trata de una de las pasiones de la neurosis, exceptuarse respecto de aquello que es lo que más le incumbe. Insisto, están en su derecho ya que el psicoanálisis no pretende impartir normas y reglas de vida. Analizarse es una decisión personal.

Es por esa conservación de goce que Jacques Lacan dice que el neurótico ama su síntoma como a sí mismo, que es otra forma de decir -aún más perturbadora que la enunciación freudiana- que existe una decidida defensa de la vigencia de la pulsión de muerte ? por esto de amor a su síntoma. En realidad, no es muy difícil comprobar ese amor: la mayoría de la gente encuentra que no hay tema como su propio tema. Es lo que se llama narcisismo o culto a la personalidad. Pero ¿qué? ¿¡Acaso uno no puede hablar de uno mismo!? ¡Pero por supuesto!, ¡el problema, no para el sujeto sino para los que lo rodean, es cuando eso no se gasta!

 

También es un observable que los seres humanos nos arreglamos bien para tener poco apego a la verdad, como dice Lacan los hombres se acomodan a la no-verdad, y con eso el goce destructivo permanece intacto.

 

Quizá la imaginería de la buena disposición de ánimo pueda hacer creer a algunos que la pulsión de muerte sólo le ocurre a los otros, a algunos otros más o menos deficientes como pueden ser consideradas las histéricas.

 

¿¡Cómo aceptar que pueda haber en nosotros algo que trabaje contra nosotros con decisión y sin descanso!? Ante esta incongruencia hay una inmediata salida, no muy elegante pero sí medianamente efectiva: ¡no soy yo el que me daño a mí mismo, es el otro el que lo hace!, cosa que existe, por supuesto, pero no es éste el asunto que nos convoca. Entonces, si las cosas están en esos términos, si la pulsión de muerte nos habita a todos sin excepción, ¿¡qué hacer?!

Lo cual me lleva a la segunda pregunta.

 

T : Si el inconsciente es el maestro ¿cómo se  forma un analista?

C : ESO hace chistes, ESO hace lapsus, ESO hace sueños, ESO hace síntomas significa entonces que ESO habla y en tanto ESO habla le damos cita. Es el trabajo de un análisis: dar cita a los dioses del averno. Es por eso que para cualquiera que tenga la decisión y el deseo, no solo para un analista en formación, de lo que se tratará es de hacer de su inconsciente su yugo. Esto quiere decir que no es suficiente con hacer lapsus, síntomas, etcétera, sino que también hay que poder escucharlos (citarlos) para poder orientarse con ellos. Así, lo que viene del inconsciente alcanza estatuto ético, y será con lo que uno se guiará. Tarea nada fácil y bien incómoda, después de todo. Si los seres humanos nos acomodamos a la no-verdad es por la entusiasta afección que tenemos por el desconocimiento, no por nada Lacan dice que ignorar es una de las pasiones fundamentales del ser humano.

 

En cuanto a este acomodarse a la no-verdad, la histeria, lejos de ser un retraso es ese avance ético según el cual ya no se acomoda fácilmente y hace de su síntoma, no sin la escucha de Freud, su guía de vida. ¿Puedo decirlo de otra forma más enfática? Hacen falta cojones porque como dice Lacan las bromas se terminan cuando se trata de vérselas con la castración y la pulsión de muerte es eso: castra, limita, impone, hace decir (incluso en contra de uno mismo) y sobre todo, hace repetir. Se prefiere ignorar apasionadamente lo que tenga que ver con ella.

 

La exasperación del sujeto que se dice ¡de nuevo me pasa lo mismo!, es la forma cabal en la que descubre que algo lo trabaja, que algo lo puede, sólo que lo que no puede descubrir es que allí si eso se perpetúa es por la satisfacción correspondiente.

 

Sepa disculpar el lector la violencia de lo que voy a decir: reproducimos lo que rechazamos. Y lo hacemos habiendo en ello una satisfacción inconfesable, es el más allá del principio del placer, ¿o acaso no suele ocurrirnos que dañamos lo que más queremos? Es así, es la subversión freudiana, el descubrir que bien puede haber satisfacción en el malestar.

 

Se me objetará: puede ser, pero ¿por qué habla de satisfacción? Es que para cualquiera de nosotros un tropezón no es caída, dos empieza a ser enigmático, pero ya al tercero nos hacemos reos de nuestra propia desconfianza y las preguntas y las imputaciones que nos dirigimos tienen ese sesgo que denota la clave de lo que se pone en juego: ¿¡qué clase de persona soy que daño persistentemente a los que amo!? En otros términos ¿qué se satisface ahí?

 

Y aquí otra subversión freudiana: cuando Elizabeth descubre en el análisis con Freud que había tenido esa ominosa, desdichada ocurrencia al entrar a la pieza de su hermana recién muerta, Freud aporta: el hecho de que usted haya enfermado de neurosis por dicha ocurrencia es prueba de su valor ético. Podemos considerar que una neurosis es el resultado de un conflicto ético, lo cual nos lleva a interrogarnos qué pasa cuando no hay una neurosis constituida.

 

Analizarse supone estar dispuesto a gastar un goce, hacer cesar una satisfacción que parasita al sujeto inhabilitándolo, inhibiéndole su capacidad de amor y de trabajo.

 

No es algo que se suela subrayar: el psicoanálisis favorece el amor y el trabajo. Entonces si vamos a aceptar un yugo, porque eso sí, parece que los seres humanos no podemos vivir sin él, digo, si vamos a aceptar uno, ¿por qué tiene que ser el del Otro? Está claro que hay muchos que se atropellan por proponerse como ejemplos a seguir (políticos, capitalistas, gurúes, científicos, grandes profesores, estrellas de rock y la televisión, sexólogos, terapeutas especializados en tal o cual cosa, etc.) cual amos victoriosos de turno que parecen haber conquistado algún fragmento de la realidad. Venden su logro como un paraíso conquistado. Puede ser, ¿por qué no? El asunto es que, como dice Lacan, no aceptar el yugo del propio inconsciente, desconocer aquello que nos habita, trae un problema: es eso, o peor. Así que ¿por qué no hacer del propio inconsciente el propio maestro en vez de seguir el de algún Otro?

 

El trabajo de un análisis es eso. Que el sujeto encuentre su propia libertad en su propia determinación. Por eso Lacan dice que el inconsciente es la política, la diferencia irreductible de cada sujeto.

 

Télam
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Incapacidad culpable

Esa incapacidad culpable, en Freud, se llama neurosis. descripto por Sigmund Freud no tiene nada del inconsciente místico, el inconsciente romántico, que tanto fascinó a Carl Gustav Jung. El inconsciente, antes de Freud, había sido estudiado por Lancelot Law Whyte, quien remonta esta noción hasta el siglo XVII, pero es el psicoanálisis que propone con este término algo diferente: el . Con el tiempo, Freud habló del Sturm und Drang de la adolescencia .

La señorita Ana O., tratada por Breuer entre 1880 y 1882, impresionó tanto a Freud que llegó a contarle el caso a su maestro Charcot ?quien, para su sorpresa, no mostró ningún interés?. En esa época, Freud estaba atraído por el ?extraordinario fenómeno del amor?, fenómeno que hace que una persona llegue a tener una ?singular representación de otra?. ¿El amor encuentra y/o produce las cualidades del amado? Cualquiera sea la respuesta, la singular representación se establece de manera persistente y produce tanto tristeza como alegría. Emmy von N., Elizabeth von R., la señora Cecilie M... Freud se encuentra una y otra vez con el relato de una mujer que, al cuidado de un pariente enfermo, se pierde en una ensoñación erótica. Además, Estudios sobre la histeria muestra una proliferación de mujeres que levantan actas contra la familia mientras confiesan, sin saberlo, el teatro privado del deseo que circula por sus fantasías.

Tíos, padres, maridos y hermanos ?sin excluir novios y pretendientes? son sentados en el banquillo de los acusados: la virilidad no está a la altura de sus promesas.

Freud, impasible, sigue el camino de Flaubert ?no olvidemos que Madame Bovary es cuarenta años anterior a Estudios sobre la histeria y que La tentación de San Antonio es de 1874? y no desespera ante las ?fallas? que encuentra en los hombres, ni ante el enigma de la insatisfacción femenina. Si los ideólogos del siglo XVIII podían suponer que la supresión de la religión conduciría a una sexualidad liberada de la culpa, el siglo XIX presenta un catálogo de patologías sexuales. Por otra parte, la maternidad está perturbada por el amor romántico y la paternidad, por el amor-pasión. Freud pone un nombre a la incertidumbre sexual generalizada: bisexualidad. Eso significa que la identidad de cada sexo está a merced de las identificaciones, que cada uno es otro para sí.

Es difícil saber el impacto que tuvieron los planteos de Freud en aquella época, pero sabemos que en la nuestra, esas cosas ?como la bisexualidad? son parte del espectáculo de la felicidad que se ofrece a la inercia de vidas que, como se grita en masa, la miran por TV. Mientras tanto, el término ?inconsciente? recorre un camino y se incorpora al lenguaje cotidiano como falta de intención: es verdad, existen goces que nadie quiere y por eso se los llama adicciones. El inconsciente, antes de Freud, había sido estudiado por Lancelot Law Whyte, quien remonta esta noción hasta el siglo XVII, pero es el psicoanálisis que propone con este término algo diferente: el ?aparato psíquico? descripto por Sigmund Freud no tiene nada del inconsciente místico, el inconsciente romántico, que tanto fascinó a Carl Gustav Jung. Fue necesario que la razón defendida por la Ilustración (N. de la R.: movimiento cultural europeo del siglo XVIII, caracterizado por su confianza en el poder de la razón y en la posibilidad de reorganizar la sociedad a base de principios racionales), y las pasiones del Romanticismo, mostraran algo de la nueva escisión en marcha, la nueva versión que la época propone de esas razones del corazón que la razón no entiende.

Wittgenstein escribió que Freud habla de la resistencia al psicoanálisis, pero que no habla de la seducción que provoca. Hoy no podría decirlo, puesto que Jacques Lacan ?que convirtió a Freud en su precursor, en el sentido en que Borges habla de esta operación? expuso las razones de esa seducción. Más allá del gusto de su época, Freud amplió la razón ilustrada para incluir las pasiones románticas. Las primeras seducidas fueron las mujeres, excluidas de esa razón y molestas por el lugar que se les concedía: desde la célebre Lou Andreas Salomé hasta la influyente princesa Marie Bonaparte, una multitud de mujeres integraron el movimiento creado por Freud. Incluso en los momentos del feminismo radical, el psicoanálisis estuvo abierto a las colegas mujeres, que hoy son mayoría en todo el mundo. Las disidencias que existieron y existen no pueden ocultar esta nueva alianza, tan diferente de las que habían conocido las mujeres y los hombres hasta ese momento.

La invención del psicoanalista llevó su tiempo, pero su existencia social es un hecho difícil de historiar, porque su accionar cotidiano se realiza en el discreto silencio que rodea esta práctica. Y así tiene que ser, dado que el analista no impone sus temas, sino que los descubre y los elabora: por eso cambian con el gusto de la época.

Estaríamos menos interesados en nuestro antepasado Sigmund Freud, si algo que está en el aire dejara de anunciar que es también nuestro presente y nuestro porvenir. Ese algo es el ?gusto?, el no sé qué, que dictamina lo que es perdurable y lo que es efímero. Es por eso que Jacques Lacan dice que el psicoanálisis no cayó del cielo, sino que caminó cierto tiempo ?en las profundidades del gusto?.

Tampoco olvidemos, por nuestra parte, que la neurosis infantil que sobrevive en el adulto es lo que Kant llamaba ?la minoría de edad? de quien no se guía por la razón y, en consecuencia, se deja tutelar por otro. La ?tutela? del analista, en este sentido, actualiza a través de la transferencia esas figuras del pasado que encadenan a cada uno, con la finalidad de disolverlas. Lejos de hacer un culto de la memoria, el psicoanálisis dice que la repetición del que olvida le impide vivir su presente y programar su porvenir.

La temática de Freud es la del romanticismo, porque así llegaba hasta su consultorio. Pero la respuesta de Freud no era romántica. Era muy joven cuando le responde a un amigo, en una carta fechada el 21 de noviembre de 1906, que padece de un amor contrariado: ?Tu estilo Sturm und Drang no me gusta?. Sturm und Drang (?Tormenta y empuje?) era el nombre de un movimiento romántico. Con el tiempo, Freud habló del Sturm und Drang de la adolescencia ?no hay que olvidar la juventud de los héroes del romanticismo?.

?La Ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad.? Así comienza el artículo que, en 1784, Kant consagró a la definición de la Ilustración. Y continúa con que la incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. La incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia, sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella, sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! (?atrévete a saber?) ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he aquí el lema de la Ilustración. Esa incapacidad culpable, en Freud, se llama neurosis. No se trata de falta de inteligencia y mucho menos de falta de saber: el que reprime ya sabe, según el caso Dora. Se trata de falta de decisión y de valor, apreciación con la que Lacan acuerda con Freud.

Freud acepta de Kant la metáfora temporal de la minoridad de la neurosis, al punto de hablar de la neurosis adulta como neurosis infantil. El neurótico padece una ?incapacidad culpable? para resolver un conflicto también propuesto por Kant. El neurótico está dividido entre sus derechos singulares ?histeria? y sus deberes universales ?obsesión?. El obsesivo, en particular, muestra este conflicto ?recordemos que hay un fondo histérico en la obsesión?. Cuando Freud introduce la noción de ?investigación sexual infantil?, cuyo resultado serán las fantasías que son tanto una respuesta al deseo como una forma de goce, habla a la vez de una pulsión de saber y de un fracaso del saber.

* Fragmentos de Derivas analíticas del siglo, de reciente aparición (ed. Unsam).

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El Talmud en las lecturas de Freud

Razón por la cual, afirma en su tesis, que el psicoanálisis se vincula con las estructuras fundamentales del judaísmo; heredando así, algunos conceptos. Gerard Haddad, en El hijo ilegítimo, con el fin de penetrar en las relaciones entre el judaísmo de Freud y el psicoanálisis, indaga sobre sus fuentes talmúdicas. Y postula fundamentalmente que hay en el pensamiento Talmúdico una apertura que habría posibilitado a Freud en tanto judío, haber creado el psicoanálisis.

De las referencias en Lacan que nos permiten pensar en alusiones respecto de la influencia de lo judío, en el nacimiento del psicoanálisis, me interesa destacar la que encontramos en La feroz ignorancia de Yahve Seminario XVII . Lacan subraya aquí, la importancia que tiene para los analistas, el interés en la historia hebrea, deslizando como posibilidad - sin llegar a ser una afirmación- que la tradición hebrea sería una condición para el nacimiento del psicoanálisis, y reconoce un 'saber leer' propio de algunos judíos:

"Hay alguien que responde a esta posición y que voy a nombrar sin dudarlo un instante, ya que me parece esencial en lo que se refiere al interés que nosotros, analistas, debemos tener por la historia hebrea. Tal vez no sea concebible que el psicoanálisis naciera fuera de esta tradición. Freud nació en ella, e insiste, como se lo he subrayado, en esto, que propiamente solo confía, para hacer avanzar las cosas en el campo que ha descubierto, en esos judíos que saben leer desde hace bastante tiempo y que viven esto es el Talmud de la referencia a un texto. Ese, o este al que voy a nombrar, que realiza esta posición radical de una ignorancia feroz, tiene un nombre, es Yahvé mismo".

Cabe destacar, que si bien Lacan consideraba que el Psicoanálisis fue factible a partir de la Ciencia Moderna, por otro lado, y según advierte Jean Claude Milner, ésta a su vez, habría encontrado su condición de posibilidad, en la ideología bíblica, judaica, en tanto herencia de lo literal; esto es, por el valor de la letra para el judaísmo.

Si tomamos entonces las referencias en Freud y en Lacan, y teniendo en cuenta que el judaísmo presente en Freud es el Iluminismo Judío o Haskala, podemos justificar ciertas preguntas, partiendo de la afirmación inicial: que fue Freud quien creó el Psicoanálisis. ¿Su condición de judío habría sido entonces necesario para este acontecimiento creador? ¿A qué se refiere cuando dice que habría en los judíos familiaridad en una misma construcción anímica, o que poseen la misma conformación intelectual, o que estarían libres de muchos prejuicios en el uso de su intelecto? ¿Hay un modo de pensar judío? ¿En qué consiste ese modo de pensar? ¿En qué pudo haber contribuido en el surgimiento del psicoanálisis? ¿Por qué dice que su ahondamiento en la historia bíblica habría tenido un efecto duradero? Luego, ¿Qué quiere decir Lacan, refiriéndose al saber leer de los judíos?

Gerard Haddad, en El hijo ilegítimo, con el fin de penetrar en las relaciones entre el judaísmo de Freud y el psicoanálisis, indaga sobre sus fuentes talmúdicas. Razón por la cual, afirma en su tesis, que el psicoanálisis se vincula con las estructuras fundamentales del judaísmo; heredando así, algunos conceptos. De esta manera, realiza un entrecruzamiento entre nociones talmúdicas y conceptos psicoanalíticos. Y postula fundamentalmente que hay en el pensamiento Talmúdico una apertura que habría posibilitado a Freud en tanto judío, haber creado el psicoanálisis. La posibilidad de otra escena, de Otro lugar, tras un acontecimiento o enunciado, estaría en la base del pensamiento hebreo. Por tanto, para Haddad, su judaísmo sería una condición.

En este sentido, Haddad encuentra una similitud entre la interpretación freudiana y el arte de leer del Midrash como un método de interpretación de la Torá con sus propias reglas , considerándola entonces en el mismo sentido que lo entienden Freud y Lacan. Así, a partir de un enunciado de apariencia insignificante, tomado como contenido manifiesto nivel del Peshat la interpretación subvierte ese significado enigmático para dar lugar a otro, posibilitando de este modo una lectura múltiple.

El autor subraya que El Midrash conlleva la percepción de la dimensión del equívoco en tanto cualidad principal de la letra y del lenguaje; su naturaleza ambigua. Ahora bien, ¿cómo se daría esta ambigüedad? Ante todo, porque una palabra puede admitir una doble lectura, no solo por la sustitución de un significado por otro, sino también por el vínculo entre los dos significados. Luego, la flexibilidad en la puntuación, posibilitaría sentidos opuestos.

Cabe destacar entonces que, según Haddad, este modo de especulación sobre la letra y la escritura, constituye el soporte del pensamiento judío, como así su originalidad. El hombre es aquí un ser de lenguaje, un hablante, y la letra materializa el lenguaje propio del ser humano: "El judaísmo plantea este axioma fundamental: el hombre no encuentra en su existencia sino hechos de lenguaje. La prueba de ello es que el hebreo posee esa curiosidad lingüística de no tener más que un término para designar la palabra y la cosa: davar. La especie humana encuentra el campo de su destino en el lenguaje."

La palabra tiene entonces un valor supremo, en tanto palabra de la Torá; constituyendo un objeto de transmisión, de intercambio. El hombre está sujeto a ella. En este sentido, en La Torá se encontraría toda la lengua hebrea y la sabiduría divina.

*Magister en Psicología. Docente Facultad Ciencias Médicas, UNR. Extracto artículo publicado en Cuadernos de Metapsicología N?5, Epis 1, Facultad de Psicología, UNR, y trabajado en la tesis de Maestría en Psicoanálisis Lecturas del origen, lecturas de lo originario. Entre la herencia judía y la clínica psicoanalítica. [email protected]

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