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Arts ?Para Freud, el neurótico es un cobarde?

L : El psicoanálisis muestra que la conciencia es un pequeño residuo de la vida libidinal del ser hablante. El sentido de una Escuela de psicoanálisis es el de dar toda su importancia a ese proceso de autorización a partir del propio análisis, que puede pasar inadvertido, para darle todo su peso clínico, vocacional, práctico, ético. El neurótico es para Freud un cobarde, que por eso debe luchar toda su vida contra sus propios deseos.

El libro, publicado por la editorial Paidós, lleva un prefacio del también psicoanalista Luciano Lutereau, y está separado en secciones, una de ellas dedicada al estatuto actual de la perversión.

 

Lombardi es miembro fundador del Foro Analítico del Río de la Plata (FARP) y de la Escuela del Campo Lacaniano. Graduado en Medicina, y doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires (UBA), es titular de Clínica de Adultos en esa casa de estudios.

 

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

 

T : En principio, la libertad pareciera un tema filosófico (y metafísico), ¿de qué modo puede abordarse en el psicoanálisis sin recaer en especulaciones?

L : Freud sitúa la insinceridad (Verleugnung) como una posición que precede a los mecanismos del inconsciente. ¡Nadie parece darse cuenta de esto en psicoanálisis! Para Freud basta con que omitamos algo que quisiéramos decir y no decimos, para resultar deudores en nuestro juicio íntimo, y constituir así, con el lenguaje, el inconsciente contador. Literalmente, el inconsciente lleva las cuentas de nuestras promesas no cumplidas, de nuestros silencios cobardes, de nuestras agachadas éticas en el amor, en el deseo, en la vocación, en los desencuentros programados, aparentemente involuntarios. El neurótico es para Freud un cobarde, que por eso debe luchar toda su vida contra sus propios deseos. Si después especula, filosofa, implora la gracia divina para tiempos futuros y vidas ulteriores, no hace más que alimentar su propia traición. Mientras tanto, se satisface en sus fantasías. La libertad de la que hablo, se refiere a actos mínimos o a actos supremos, en cualquier caso es algo bastante concreto, que justifica que a veces alguien se decida a pagar de una vez el precio y la comodidad que implica salir de su posición camuflada, cobarde o indecisa. El análisis es eso. Freud no era un neurótico ni un filósofo, era un hombre de acción, de esa acción eminente del ser hablante que es el ejercicio de la palabra y de la pluma.

 

T : ¿De qué modo, entonces, puede reformularse la noción de elección a partir del psicoanálisis? ¿No nos lleva eso a una idea de "voluntad inconsciente", lo que parecería una contradicción?

L : El psicoanálisis muestra que la conciencia es un pequeño residuo de la vida libidinal del ser hablante. Respecto del deseo, es un pequeño espejo que justo refracta mal, que refleja una vida lavada para acomodarse al deber ser y al sentido común, afuera del lugar íntimo donde las decisiones verdaderamente se cocinan: esos bordes pulsionantes ubicados entre el lenguaje y las tripas. Basta con leer a Shakespeare para advertirlo: la mirada de Iago, los gritos de las Erinnias, la voz del Padre que responde por el veneno en los oídos, la escena sobre la escena, la sangre en las manos de los Macbeth.

 

La idea de los psicólogos de que la voluntad es algo consciente es una mentira sin utilidad más que para las cosas de poca importancia, ¿Coca o Pepsi? Necesitamos dialogar con un analista para volver a aquellos momentos, traumáticos y milagrosos, en que las cosas se definen como por azar, pero con una fuerte intervención de nuestras preferencias, de esos deseos que usualmente camuflamos. El análisis (sin psico, sin ficción) implica que se puede elegir de otro modo, porque al lenguaje podemos desanudarnos de cualquier necesidad, absolutamente, incluso de la de continuar una existencia detestable. El deseo es una condición absoluta que algunos hacen valer, y puede imponer su ley precisamente cuando emerge lo real, que es sin ley.

 

T : Otro de los temas de su libro es la autorización del psicoanalista, ¿cómo entiende la articulación entre la formación de una Escuela y la enseñanza universitaria?

L : Para un psicoterapeuta no es estrictamente imprescindible haber pasado personalmente por la terapia que ofrece, para el analista sí. Aun cuando se acomode a los requerimientos legales para ejercer como terapeuta, estudiar psicología por ejemplo, la fuente decisiva de su autorización está en su propio análisis, en lo que extrajo de él. El sentido de una Escuela de psicoanálisis es el de dar toda su importancia a ese proceso de autorización a partir del propio análisis, que puede pasar inadvertido, para darle todo su peso clínico, vocacional, práctico, ético. Es algo que parece complejo y al mismo tiempo es extremadamente concreto. El deseo del analista emerge del encuentro de las tripas con el deseo del Otro. Puede ser algo muy fuerte, o bien confundirse con las otras terapias. La enseñanza universitaria no es en la Argentina un terreno prohibido al psicoanálisis, como es en España o en tantos otros países; eso permite que algo del psicoanálisis se estudie en edad temprana, y que los docentes que son analistas puedan tener una incidencia en el llamado vocacional de los 20 años.

 

T : Para concluir, nos ha dicho que está preparando un próximo libro sobre las perversiones, ¿cuáles son sus ideas centrales sobre esta cuestión?

L : Todas aquellas pequeñas performances que en Sade, Kraft-Ebbing o en Freud son catalogadas como perversiones constituyen un campo bastante heterogéneo. Hoy en día la mayoría de ellas han resultado legalizadas y desmedicalizadas, lo cual ha tenido un fuerte impacto sobre sus cultores. Normalmente, el ejercicio de la fantasía del perverso requería las condiciones de la transgresión y del secreto para que el deseo así encorsetado se desarrolle como voluntad de goce en algún escenario bastante bien delimitado. La perversión permitida ? por ley, por el discurso médico o por el psicoanálisis - ha tenido un evidente efecto clínico: la fantasía del perverso ya no divide mucho al partenaire, y entonces es el propio perverso el que se divide, se angustia o hace síntomas. Consulta con mucha frecuencia al psicoanalista y no por su fantasía, sino por su síntoma, su propia división subjetiva. En la perversión el síntoma también resulta analizable, si alcanza a revelarse como ese real imposible de soportar, cuyo fundamento es el desacuerdo consigo mismo en cuanto al deseo. Tener en cuenta la especificidad clínica de la perversión es para el analista orientador en el manejo de la transferencia. En un próximo texto tengo la intención de explicar la importancia práctica de ese hiato nosográfico que Lacan mantuvo a rajatablas entre neurosis y psicosis.

 

Télam
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Sobre amar al síntoma como a sí mismo

Encontrábamos que esa enseñanza criticaba duramente la reducción del psicoanálisis a una terapéutica. Así cumplimos con la divisa secreta del coloquio y con la consigna explícita del curso anual que parafrasea a Witold Gombrowicz: "No hablar psicoanalíticamente de psicoanálisis".*Psicoanalista. Pero tampoco el acceso a un estado de superación espiritual que reduzca el sufrimiento. Viene de la lógica interna del curso anual 2014 "La enseñanza crítica de Jacques Lacan".

¡Usa tu síntoma! ¿De dónde viene esta expresión extraña y por qué nos resulta extraña? Viene de la lógica interna del curso anual 2014 "La enseñanza crítica de Jacques Lacan". Encontrábamos que esa enseñanza criticaba duramente la reducción del psicoanálisis a una terapéutica. Y que la crítica a esa reducción constituye uno de los fundamentos de esa enseñanza.

Esto significa que no hay retorno a un estado de bienestar anterior a la enfermedad. Pero tampoco el acceso a un estado de superación espiritual que reduzca el sufrimiento. No por medio del psicoanálisis. Pero, ¿por qué nos resulta extraña esta invitación a hacer uso del síntoma? Porque, lo sepamos o no, estamos habituados a asociar el síntoma a lo que se cura, no a lo que se usa. El discurso médico ha estabilizado este sentido. Y así es como funciona en medicina. Pero justamente el punto es que hay una diferencia fundamental entre el síntoma médico que se cura y el síntoma psicoanalítico que no se cura. Una parte fundamental de la enseñanza de Lacan consiste en argumentar esta diferencia.

Así tenemos un tratamiento del síntoma que apunta a curarlo. Pero los neuróticos hacemos otra cosa con el síntoma: tratamos de integrarlo a nuestro yo, de hacer la vista gorda, de enceguecernos un poco respecto de él, de negar un poco su aspecto. En una palabra, lo amamos. Los neuróticos amamos a nuestros síntomas como a nosotros mismos.

Curar y amar son dos maneras de tratar con ese extranjero interior. Dos maneras con las que la cultura intenta reducir eso que es más fuerte que nosotros mismos.

Dos imperativos culturales. Por un lado, la medicina dice: ¡Cura tu síntoma! Y ofrece sus remedios que en la actualidad están prácticamente reducidos al uso de la medicación. Por el otro la religión que dice ¡Ama tu síntoma! ¡Amalo como a ti mismo! Y ofrece su curatela de trascendencias. Ese más allá donde no habrá síntomas. Esa promesa de fin de sufrimiento. "Esta vida falsa pronto terminará y ya vendrá la vida verdadera donde el sufrimiento no existirá".

El discurso médico en cambio apunta a la calidad de vida, a vivir más y mejor en este mundo. No hay más allá como en la religión, hay un más acá que podemos intervenir químicamente. Hay un cerebro que podemos usar, una hormona de la felicidad, una glándula del amor. Tenemos el inestimable apoyo de la industria farmacéutica. Hay suplementos dietarios, antipsicóticos, antidepresivos etc.

Entre el "más allá" de la religión y el "más acá" de la medicina, entre el cielo protector y el organismo manipulable se administran las paradojas del sufrimiento humano.

El síntoma que descubre el psicoanálisis no se cura en términos médicos ni resulta muy amable. Ni curable ni amable, veremos si puede ser utilizable. Pero antes hagamos la pregunta: ¿para qué sirve el síntoma neurótico? Nos sirve para obtener una satisfacción, aunque sea sufriente. Pero también nos aporta un sentido, aunque sea fallido. Gracias a él gozamos del sentido y damos sentido a nuestro goce.

Es por eso que después de Freud, la salud pública y privada además de la biología empieza a tener que ver con la cultura. Pero en psicoanálisis nunca se trata solamente de hacer distinciones teóricas o de definir conceptos, hay que aprender a hablar, se trata de decir bien lo que nos hace mal y de crear audiencias para esa novedad crónica que significa el descubrimiento del inconsciente.

Por esta razón y con el auspicio de El juguete rabioso libros y Oliva libros organizamos el primer coloquio del curso anual de psicoanálisis 2015. Ahí tuvimos ocasión de oír una palabra en torno al deseo de analizar en nuestra ciudad. Los expositores, asistentes al curso desde el año 2012, fueron Ariadna Scandizzi, Ana Luz Rodriguez, Melisa Barrera, Clara Casalegno, Rafael Echaire Curutchet, Javier Pérez y Alejandro Benedetto, todos practicantes del psicoanálisis.

Cada uno desplegó una lectura singular de los temas del curso y subrayó algún aspecto destacado del lugar de nuestra práctica en el malestar contemporáneo.

La audiencia cerró el círculo con preguntas e intervenciones que abrieron el espacio de una conversación que tomó distancia de la oscura jerga profesional. Así cumplimos con la divisa secreta del coloquio y con la consigna explícita del curso anual que parafrasea a Witold Gombrowicz: "No hablar psicoanalíticamente de psicoanálisis".

*Psicoanalista. Docente en Facultad de Psicología UNR.

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Arts ?Apuesto a reinstalar la lectura en el corazón de la práctica analítica?

El análisis dará la posibilidad de descifrarlo, de desclasificarlo, hasta el límite de lo no interpretable. De esta manera, un análisis no va detrás de algún sentido, llámese la realidad, el éxito, la curación, la felicidad, la normalidad. M : Podemos ubicar en el comienzo de un análisis lo real en el síntoma puesto en cruz, dirá Lacan, para impedir que las cosas marchen. El psicoanálisis en la cultura y la edición facsimilar de la revista escrita.

El libro, publicado por las ediciones El Espejo, en Córdoba, está en las vías abiertas en su momento por la revista Escrita, de la que acaba de publicarse una edición facsimilar.

 

Mazza es profesor en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), codirector de la revista Exordio, miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

 

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

T : ¿Por qué La lectura y sus dobles? El psicoanálisis ¿es una experiencia de lectura?

M : La lectura y sus dobles apuesta a reinstalar el tema de la lectura en el corazón de la práctica analítica. La lectura es una de las operaciones del análisis que se puede ubicar en dos puntas: tanto en el lazo específico entre analizante y analista con la interpretación, como así también en la lectura de los textos fundamentales. Estas dos puntas requieren de un trenzado que cada lector irá haciendo sin implicar que una tenga mayor jerarquía sobre la otra. La interpretación, por ejemplo, toma la palabra del analizante en su valor de texto cifrado, de codicilo, dirá Lacan (una marca cuyo contenido es ignorado por el sujeto) para localizar los significantes amo y en consecuencia desprenderlos de su goce-sentido. A su vez, en la lectura de los textos exploramos distintas operaciones que se empalman y redoblan la primera acepción, por ejemplo la alienación activa. ¿Cuando el lector está en condiciones de dejarse incautar o sorprender por un texto? Sólo cuando un sujeto puede hacer un paréntesis, al uso de rutina, el texto tendrá el valor de sujeto supuesto saber. Es decir, cuando no se le antepongan las significaciones ya establecidas propias de la pertenencia a un campo disciplinar. En ese sentido, el lector analítico siempre comienza casi de cero y es un recienvenido. El problema surge de entrada cuando predomina la posición del lector que se las sabe todas, cuando se ubica en el lugar de crítico potencial. En este punto se comprueba una vez más lo que Borges escribe sobre la supersticiosa ética del lector en la literatura: cada vez hay menos lectores en el sentido inocente del término, cada uno se va convirtiendo, por la imposición de las etiquetas indiscutidas (de la moda o de la Koiné) en opinólogo, al estilo de los que se reproducen en los mass media. La no entrada al texto, en este caso al discurso de la enseñanza de Lacan, es sencillamente una alienación donde no se deja de estar apegado al narcisismo de las pequeñas diferencias. Posición subjetiva en la que se efectúa un salteo anticipado, una desuposición anticipada del saber. Se tratará, según la exquisita fórmula de Macedonio Fernández, de un mutismo pasivo: un no leer por sí solo. Porque el verdadero modo de no leer y vengarse de haber leído tanto es escribiendo...

 

Varias figuras se exploran en el libro: la del comentador viviente según Eric Laurent; el d’escolar de Germán García; la del recienvenido que se tensiona con el precoz (dos figuras que extrapolamos de Macedonio Fernández) etcétera.

 

T : ¿Existe un desdoblamiento retroactivo cuando uno vuelve sobre lo que escribió? Si es así, ¿cuál es la lógica que opera?

M : Sí, hay un desdoblamiento respecto de lo que ya se dejó en el trazo escrito y en la envoltura denominada libro. Tal vez el libro, una vez que queda olvidado, fundamentalmente por uno mismo, comienza a volverse éxtimo a la vanidad del autor. Momento fecundo porque la lectura retroactiva no deja de tener un efecto de novedad. Lleva tiempo aprender y encontrarle un valor de uso a lo que se captó en su momento. A su vez, no dejo de subrayar los procedimientos que anoté en La lectura?: el de Borges en Kafka y sus precursores, lo encontramos en Oscar Masotta, Jacques-Alain Miller y Germán García, por ejemplo. El lector, en el sentido fuerte del término, es aquél que crea a sus precursores. Así en ese movimiento un Lacan trazó las coordenadas de su lectura de Freud donde el retorno a Freud emplazó en París y en la lengua francesa el nuevo centro del psicoanálisis. Es decir, que inventó un nuevo lugar para el psicoanálisis, en otra lengua y en otro contexto. Miller sugiere que su lectura, en ocasión de editar Autres Écrits (2001), guarda una afinidad con el célebre copista Pierre Menard. Entonces, la repetición de escribir El Quijote, llevada a cabo por Pierre Menard, en un francés de comienzos del siglo XX, es una innovación, no se trata de un reflejo mimético sino que esa repetición produce un significante nuevo. A su vez, me gusta ensayar esas conexiones: encuentro en Oscar Masotta una versión de esta misma operación en la fórmula: allí donde repito, traiciono y allí donde quiero transformar no hago más que repetir. Creo que es la lectura inaugural de Lacan en lengua castellana, un capítulo del libro está dedicado a recorrer este movimiento. El tema del original y la copia, de la mimesis identificatoria versus la apropiación de un discurso. En la apropiación pasaríamos de comprar en una cultura central -¡como si tan sólo se tratara de un saber precocido!- a una vital innovación utilizando los recursos que se puedan extraer de nuestra lengua. A posteriori del libro me aboqué a otras experiencias de publicación: una página web (sinthomaycultura.com), la revista Exordio. El psicoanálisis en la cultura y la edición facsimilar de la revista escrita. En una cultura de importación como la nuestra -donde fácilmente se cae en ser presa de operaciones de prestigio- apuesto, con estas iniciativas, a crear un archivo. Según Boris Groys, un archivo funciona como contexto específico de comparación, entonces: ¿cómo dilucidar qué es lo nuevo sino contamos con esta referencia, los recursos naturales de una cultura? Un archivo donde se delinea el emplazamiento del psicoanálisis en la trama de nuestra cultura, tal vez pueda despertar más de una resonancia.

 

T : ¿Qué tiene que ver todo esto con una cura?

M : El juego propuesto consiste en seguir determinados momentos claves de un análisis considerando el pasaje de la lectura a la letra, como resto fecundo. Así, al comienzo, una vez que se instala la sofistica del sujeto supuesto saber, el analizante puede contarse historias de hirco siervos: por ejemplo, los dichos escuchados en su familia funcionan como oráculos, una discordia entre los padres tomará para el sujeto, que la padece como espectador, un aire de baja comedia o de tragedia. La angustia marcará el desasimiento de estas historias, momento crucial porque ya no hay guión del cual uno se sostenga. Entonces, puede ocurrir que se tome distancia del texto y el lector se ubique en la falta de texto. Recién ahora el deseo nacerá del derrumbe, tal como Roberto Jacoby tituló una exposición en su Retrospectiva en el Museo Reina Sofía (2011). Condiciones propicias para que el sujeto se fabrique un nuevo modo de vivir la pulsión con los restos de su historia, con lo que queda del héroe que imaginó ser en la gran hazaña. Hecho y desecho de vez en vez el modo de vivir la pulsión, al estilo de un bricolage, funcionará como sinthoma que ya no servirá a ningún aparato del destino ni del goce mortificante.

 

T : ¿Cómo diferenciar la cura analítica de otras terapéuticas?

M : La experiencia analítica no se sostiene en ningún metalenguaje. De esta manera, un análisis no va detrás de algún sentido, llámese la realidad, el éxito, la curación, la felicidad, la normalidad. Al revés, lo desarma encontrándole una operatoria a ese afecto que no miente, la angustia. Por ejemplo, podemos considerar que en el acto de la interpretación se va desarmando el goce fijado en el sentido. La orientación se efectúa por lo real, que es un au-sentido (ausencia-sentido: condensación del francés entre absence y sens). Lacan realiza, en un contundente golpe poético, una torsión de la lengua con este neologismo conceptual para agujerear y vaciar la pareja sentido-sinsentido. Entonces ni sentido ni sinsentido sino ausentido. Este ausentido marcará el trayecto -sin ninguna meta- de lo singular en cada paciente que se decida a hacer la experiencia del análisis. ¿Cómo se podrá traducir ese singular en un lazo? Es una de las claves de la pragmática analítica.

 

Una vez más recurrimos a Macedonio para decir que las terapias, como el realismo en el arte, pertenecen al género del arte culinario: el arte de alimentar al otro... con sentido. El análisis se puede ubicar del lado de un arte sin copias de la realidad, tratará con los trozos de real.

 

T : ¿Cuál es el punto de real susceptible de ser mordido que indica que ese, cualquier analizante, está en posición de analista?

M : Podemos ubicar en el comienzo de un análisis lo real en el síntoma puesto en cruz, dirá Lacan, para impedir que las cosas marchen. Se trata de un real clasificado. En esas condiciones el síntoma es padecido como un goce ruin, sólo capaz de mortificar y hasta de sumergir al sujeto, según una frase de Lacan en su Tesis, en la amargura que se experimenta a causa de la propia inutilidad. El análisis dará la posibilidad de descifrarlo, de desclasificarlo, hasta el límite de lo no interpretable. Tal vez, el genio del dispositivo le dará ocasión a alguien (se dedique o no a atender pacientes) a inventarse un valor de uso. Entonces, aquello que fue segregado en el síntoma como inútil encontrará una forma, una instalación en tanto valor de uso. Por supuesto que esta reubicación implicará un nuevo estado civil fabricado con lo inclasificable, con lo singular del síntoma. A su vez, en cuanto al valor de uso, un objeto o un hacer pueden ser útiles sin que necesariamente se constituyan en mercancías. Es decir, que el valor de uso siempre es en singular: no se cambia un traje por otro ni un valor de uso por otro idéntico, dirá Marx.

 

T : Para El imperio de las imágenes, ¿qué preparás, y qué prepara Exordio?

M : La revista Exordio pertenece al Programa de Lectura e Investigación Psicoanálisis en la cultura del CIEC. Dentro de la nutrida agenda de la AMP participaremos primero en el XI Seminario Internacional del CIEC, Cómo vivimos hoy, con Fabián Fajnwaks, analista de la Escuela de la Causa Freudiana de París como invitado. En este seminario presentaremos un trabajo respecto del problema de las clasificaciones diagnósticas en el mercado de la salud.

 

El próximo VII ENAPOL nos provocó a trabajar la cuestión de la imagen y la letra. Venimos desplegando tres líneas de investigación. Una ligada a lo visual en el ultimísimo Lacan que pretendemos articular, según las referencias de Miller, con el dossier Escritores/Pintores de la revista escrita (Edición facsimilar, T2 Ed. EDUVIM, Córdoba 2013). A partir de tres formas (el caligrama, el emblema y la miniatura) donde se plantea el intrincado tema de la letra y la imagen. Esta línea de trabajo nos permite, por ejemplo, ubicar el nudo borromeo como un emblema de Lacan.

 

La segunda línea de trabajo viene desde el año pasado, desde el coloquio La importancia de Aby Warburg para el psicoanálisis, con las intervenciones de Germán García y de los investigadores universitarios Aaron Saal y Luís García. Por último, venimos tras las pistas de algunos performers. Consideramos el caso de la performance 58 indicios sobre el cuerpo, realizada en Buenos Aires, por el artista experimental Emilio García Wehbi. Comprobamos cómo desde el arte se pone en acto la afirmación de Lacan: se tratará de extinguir la noción de lo bello para ubicar otro tipo de resonancia.

 

En la performance, exponen cien cuerpos desnudos que no se amoldan ni se someten a ninguna forma o estética prefigurada, se ensaya con la posibilidad de sustraerse a los imperativos de la moda y de la moral que predican sobre cual sería la forma aceptable o bella de un cuerpo. Instalar cien cuerpos sin domesticar juega con la chance de que la imagen toque la singularidad al escaparse del acoplamiento masivo-individual. Que los cuerpos no se reduzcan a una mercancía golpea, puntual y evanescente, a nuestra rutina perceptiva, para mostrarnos que un cuerpo es algo no hecho y que se puede ir haciendo en cada ocasión. Estas acciones disolventes de algunos artistas tal vez puedan arrojar alguna luz de lo que sería un corte quirúrgico en la experiencia. 

Télam
24/03
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