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People ?La caracterización más valiosa del movimiento queer es la dimensión política que da a la sexualidad?

J : Creo que las posibilidades de entendimiento entre las concepciones queer y las del psicoanálisis lacaniano son mayores de lo que algunos han querido ver. En ese aspecto en concreto, desde el psicoanálisis se apunta a la imposibilidad del encuentro pleno entre los sujetos, porque no somos complementarios. Y el psicoanálisis está recogiendo esta necesidad de aggiornar su práctica, poniéndose al servicio de los síntomas del sujeto moderno.

El libro, publicado por la editorial Grama en su colección Afueras de la ciudad (que dirige el también psicoanalista y agregado cultural de la embajada argentina en España, Jorge Alemán), suma una particularidad: está muy bien escrito.

 

Pérez Jiménez nació en 1964 en Málaga. Formado en la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP), también es doctor en Ciencias de la Información y Master of Arts por la Wesleyan University. Es docente y miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

 

Esta es la conversación que tuvo con Télam desde su país.

 

T : ¿Qué puede decirse -en la perspectiva de las posiciones sexuadas -o la sexuación- sobre la cuestión trans?

J : Un punto revolucionario de la propuesta que hace el psicoanálisis lacaniano sobre la sexuación es que las posiciones subjetivas de hombre y mujer no están determinadas por la anatomía. Lacan afirma que el ser sexuado se autoriza por sí mismo, que un sujeto anatómicamente hombre puede ocupar la posición femenina y viceversa. Estas ideas abren la puerta a la concepción de los sujetos trans como auténticos hombres y mujeres cuya posición sexuada no coincide con su cuerpo. Solo que ese posicionamiento tiene consecuencias, en particular las que afectan a la manera que esa rebelión anatómica es aceptada o rechazada por el Otro. Además, en el universo trans, no todos los sujetos se adscriben a una nominación binaria, sino que se reivindica la ambigüedad y las posiciones intermedias, lo cual requiere una reflexión teórica aún más compleja y demanda un debate social que aún no ha adquirido suficiente madurez. Por otra parte, cuando el sujeto trans decide intervenir en el cuerpo, hay que preguntarse hasta qué punto se trata de una convicción del sujeto y en qué medida se debe a la exigencia de que todos ocupemos un polo u otro, sin concebir la posibilidad de orbitar en torno a uno u otro de una manera no absoluta. He conocido a sujetos trans que no se habían planteado la necesidad de la cirugía hasta que el encuentro amoroso les ha señalado la dificultad para articular una pareja por fuera de la concepción binaria.

 

T : Durante años, la referencia fue el libro de Catherine Millot, donde habla del transexual como psicótico. ¿Que quedó de esa idea en el ultimísimo Lacan?

J : En torno a esa idea creo que se ha producido un prejuicio similar al que tuvo lugar tiempo atrás cuando se asociaba homosexualidad y perversión, algo que ahora, afortunadamente, se considera desfasado y reaccionario. El a priori diagnóstico generalizado que designa a todo transexual como psicótico está siendo sustituido por la referencia principal que orienta la enseñanza de Lacan, y que no es otra que el caso por caso, el uno por uno. Cada vez son más las voces que dentro del psicoanálisis consideran la transexualidad como transclínica, es decir que puede remitir a cualquiera de las tres estructuras: neurosis, psicosis o perversión. La enseñanza de Lacan no aporta una teoría muy elaborada al respecto, aunque aparecen algunos apuntes a la cara psicótica de la transexualidad que seguidores como Millot interpretaron de forma categórica y universalizada. Sí se puede decir que la psicosis tiene una cara transexual y, como se sabe, son frecuentes los casos de feminización entre psicóticos, lo que Lacan llamó el empuje a la mujer, pero de ahí a afirmar que todos los sujetos trans son psicóticos hay un abismo. Pero por ejemplo, no hay referencias en la obra de Lacan a los casos de transexualidad masculina -la transición de mujer a hombre-, en los que la prevalencia de la psicosis parece ser aún menor, y que requieren una teorización propia. Curiosamente, en estos casos, se señala una mayor facilidad para su integración y una mejor adaptación social. Eso nos lleva a preguntarnos de nuevo por el papel que tiene la respuesta del Otro social en las consecuencias que la propia sexuación tiene para los sujetos trans.

 

T : Entiendo que el género, pensado como un sistema de identificaciones, es muy distinto desde una teoría de la pulsión. ¿Podría ampliar este punto?

J : La manera de pensar el género en términos de identidad remite a lo que Lacan llamaría el registro imaginario, el nivel de los semblantes y las apariencias, a una especie de puesta en escena, de performance que hace el sujeto en relación a su sexualidad y cómo esta es recibida desde fuera. Esto da lugar a múltiples identidades sexuales, desde las más generalistas como hetero, gay, lesbiana, bisexual y trans, hasta llegar a una micronización de etiquetas que no dejan de aumentar: lumbersexual, metrosexual, oso, leather, drag queen, drag king, vamp, butch, femme, sin-sexo, virgen, intersexual, queer? La relación no tiene fin y cada día aparecerán más. Esta identidad performativa nos habla de una construcción de la sexualidad como una especie de work in progress, como un ejercicio ontológico que se verifica en cada acto y que es, por tanto, susceptible de evolucionar y migrar de un semblante al siguiente. Pero muchas de esas identidades tienen más que ver con el fetiche, con el objeto parcial que excita al sujeto. Desde el ultimísimo Lacan, en cambio, se entiende al ser hablante como atravesado por un goce propio, que no elige conscientemente, pero que es fruto de una invención exclusiva y diferente en cada uno de nosotros. Ese goce es inamovible y nos deja sin margen de actuación sobre él, es fruto de una decisión insondable del sujeto, no se trata de una etiqueta de la cual sea posible despojarse cambiando el semblante. Nuestro goce, la pulsión que nos mueve, es algo que no podemos explicar a qué responde, pero que revela lo más propio de cada uno. Un punto de coincidencia entre la práctica lacaniana y el concepto de identidad de la teoría queer es que ambas se enmarcan en una perspectiva construccionista de lo sexual, frente a la anquilosada perspectiva esencialista de corte naturalista y normalizador, que afirmaría que hay una sexualidad normal y natural. Pero, como ya sabemos, en la sexualidad humana nada es natural, todo es artificio y cultura.

 

T : Pareciera que el mundo queer (por la negativa) pusiera en evidencia la indeterminación del sujeto o aquello de que no hay relación sexual. ¿Esto es así?

J : Creo que las posibilidades de entendimiento entre las concepciones queer y las del psicoanálisis lacaniano son mayores de lo que algunos han querido ver. En ese aspecto en concreto, desde el psicoanálisis se apunta a la imposibilidad del encuentro pleno entre los sujetos, porque no somos complementarios. Todos vivimos en falta, y como mucho, podemos aspirar a una suplencia de esa falta, pero no a llenar el vacío estructural que nos conforma y que, por otro lado, es el motor mismo del deseo. Sin esa carencia intrínseca, no nos veríamos impulsados y elevados por el deseo, claro que tampoco torturados por su deflación o por la frustración de no alcanzar nunca su plena satisfacción. La forma de entender la identidad sexual que tiene la teoría queer como algo en construcción permanente también imposibilita el acercamiento definitivo y estable entre sujetos. Si cada acto nos constituye, siempre estaremos necesitados de inventar nuevas formas de estar juntos, como proponía Foucault. Es esa precisamente, en mi opinión, la característica más valiosa del movimiento queer: la dimensión política que da a la sexualidad, esa voluntad emancipatoria que está recogiendo a su vez la izquierda lacaniana. En ese sentido, los avances que se han conseguido en la concepción social y política de la homosexualidad se deben ir ampliando a la transexualidad. Y ya vemos que, al menos, es una cuestión que va ganando visibilidad. Hace pocos días se otorgó el Globo de Oro a la mejor serie de televisión del año a Transparent, creada por Jil Soloway, una de las guionista de A dos metros bajo tierra, basándose en su propia historia familiar. Relata la situación que vive una familia cuando el padre, un profesor jubilado de 68 años, comunica a sus tres hijos que siempre se ha sentido mujer. Esta serie hubiera sido inconcebible hace tan solo una década.

 

T : ¿Por qué cree usted que ha pasado tanto tiempo para que el psicoanálisis se ocupe de esta cuestión, si consideramos la androginia del siglo XIX y aquel caso que estudió Michel Foucault?

J : La cuestión trans siempre ha existido. La historia ofrece ejemplos remotos de hombres anatómicos que han vivido como mujeres y de mujeres que han vestido y se han comportado como hombres a lo largo de toda su vida, desde el emperador Heliogábalo, que afirmaba sentirse mujer, a Juana de Arco o Catalina de Erauso, la monja alferez sobre la que escribió Thomas de Quincey. Pero las nominaciones eran otras. El concepto de homosexualidad no se forja bien entrado el siglo XIX y el de transexualidad, como categoría clínica, no aparece hasta el siglo XX. Pero en todas las sociedades han existido estas figuras: las hijra de la India; las muxes de los zapotecas, que no se adscriben a un género definido; en Ecuador, se habla de mujeres machas y de hombres hembros; encontramos a las fa’afafine de Samoa o a las populares kathoey de Tailandia y Laos? Ya lo empezó a visibilizar Foucault, como dices, que recupera las memorias de Herculine Barbin en las que se evidencia la violencia institucional que se ejerció en este caso de intersexualidad en la Francia del XIX. Pero el transexual moderno no se hace posible hasta mediados del siglo XX, cuando llega de la mano de la medicina, en concreto, a través de los avances de la endocrinología y de las técnicas quirúrgicas -eso no quiere decir que todos los sujetos trans se pongan necesariamente en manos de la medicina-. Pero sí, aunque no se trata de algo nuevo, es cierto que la cuestión trans aparece ahora como un síntoma de nuestra cultura. Y el psicoanálisis está recogiendo esta necesidad de aggiornar su práctica, poniéndose al servicio de los síntomas del sujeto moderno. Además este aggiornamiento no afecta únicamente a la forma de atender a estos sujetos sino a concepciones de la feminidad y la masculinidad que nos incumben a todos.

 

T : Finalmente, ¿es cierto que los trans, anclados en cierta seguridad, no demandan o demandan menos tratamiento analítico?

J : Creo que la relación de muchas personas trans con las disciplinas psi es complicada. El hecho de que en muchos países se requiera una serie de protocolos y exámenes por parte de profesionales como psicólogos o psiquiatras, que deben validar o no la pertenencia oficial al sexo sentido, condiciona enormemente la percepción que pueden tener de ellos, incluidos los psicoanalistas. Estas pruebas se desvirtúan y los sujetos en cuestión sólo los ven como un obstáculo que hay que superar admitiendo encajar en las repuestas adecuadas a sus preguntas, sea cierto o no. Puede que esa seguridad magnificada sea una forma de reafirmación frente a la sospecha y la denegación de los entornos, que algunos confunden con la certeza del psicótico y que en algunos casos puede responder a eso. Por eso, gran parte del activismo trans se centra en la lucha contra la despatologización asociada con la transexualidad que les presenta como enfermos mentales, algo con lo que no se identifican. El rechazo de esta consideración también puede estar influyendo en esa percepción de una menor demanda de análisis. Pero el psicoanálisis se puede desmarcar de esos ejercicios de autoridad biopolítica para ofrecerse al sujeto como una posibilidad de pensar sobre su posición y de hacer un acompañamiento en un proceso en el que las dificultades subjetivas y sociales no son pocas. 

Télam
18/01
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