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Arts Tech People Sports Las voces de la psicosis

No son solo los familiares, que en muchos casos no entienden qué le pasa al psicótico, quienes sufren las consecuencias. Lo que creo el propio Lacan intenta corregir es la idea de que al psicótico le faltaría la neurosis, y que por lo tanto el déficit es evaluable en esos términos. Muchas veces es el psicótico mismo quien lo padece y pide ayuda, y eso nos habilita a escucharlo y eventualmente a ofrecerle la posibilidad del psicoanálisis.

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El libro, publicado por la editorial Letra Viva en los próximos días, representa uno de los intereses fundamentales de su autor, quien incluso ha publicado un libro sobre la relación de Charly García a su voz.

 

Mazzuca también es docente en la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA) y publicó Una voz que se hace letra, La histérica y su síntoma y Ecos del pase, entre otros registros.

 

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

 

T : Este nuevo libro pareciera completar una serie con otros dos libros suyos, Una voz que se hace letra y La histérica y su síntoma, en torno al objeto voz en psicoanálisis, ¿cuál es la dirección que toma este nuevo trabajo al hacer de la alucinación auditiva el paradigma del síntoma psicótico.

 

M : Es cierto que los tres libros tienen como denominador común la temática de la voz en psicoanálisis, aunque el tema de las voces de las psicosis no completa la serie sino que la inicia. Porque si bien como libro es el último, el trabajo en torno a este tema fue más bien el punto de partida de una reflexión personal sobre el asunto. Está en los inicios de mi interés por el psicoanálisis. Incluso, el núcleo de lo que desarrollo en el libro ya estaba presente en un curso sobre el tema del diagnóstico y el tratamiento de las psicosis que dicté hace ya bastante tiempo. Por eso, diría que para mí la alucinación auditiva no es solamente, como afirma Lacan, el paradigma del síntoma psicótico; es, además, el caso que permite apreciar más nítidamente la dimensión de objeto que puede adquirir la voz en la experiencia psicoanalítica, tanto en las neurosis como en las psicosis. En este sentido, creo que es un punto de partida más que un punto de llegada. Seguro hay una cuestión de experiencia personal. De hecho, desde mis primeras lecturas de los primeros textos de Freud me llamó la atención que el rasgo que permitía distinguir el síntoma obsesivo del síntoma paranoico, es que las voces interiores se sonorizaran. De allí en más se abren unos cuántos problemas clínicos que creo se esclarecen solo a partir de que Lacan introduce la voz en la lista de sus denominados objetos a. Los temas de psicopatología fueron para mí una puerta de entrada. Luego me interesé en la incidencia de la voz en la clínica de la histérica, y por último en los vínculos entre las artes y la práctica analítica, en particular la música y la poesía. En ese sentido, mi trabajo de investigación sobre Charly García es ya un punto de llegada, y mí único interés tenía que ver con la pregunta acerca del vínculo entre la voz y la letra.

 

T : La cuestión de la voz pareciera resonar en el libro sobre su propia experiencia en el dispositivo analítico, Ecos del pase. Si bien este último libro toma de forma privilegiada los sueños, ¿en qué punto también la voz participó de este análisis?

 

M : Es cierto que se puede reconocer el mismo rasgo en Ecos..., y no creo que sea una casualidad. De hecho, no solo elegimos esa expresión para el título del libro sino que además decidimos que fuera el primer número de una colección publicada por el Foro Analítico del Río de la Plata cuyo título es Voces del Foro. Pero en ese caso lo importante es entender que se trata de la dimensión de la voz que interviene en el procedimiento del pase, que es un dispositivo propio de una Escuela de Psicoanálisis tal como la pensó Lacan, en este caso de la Escuela de Psicoanálisis del Campo Lacaniano. Y que los foros, que giran alrededor de una Escuela que es internacional, son como una suerte de caja de resonancia de lo que se puede elaborar a nivel de la Escuela y sus dispositivos, el cartel y el pase. Por eso, en tanto libro, no es una publicación mía; cuenta en la serie y a la vez no cuenta. De hecho, ni el título del libro ni el de la colección fue elegido por mí, aunque, por supuesto, no fue sin mi consentimiento. Lo que pude elaborar y transmitir de mi experiencia en los dispositivos del análisis y del pase no fue escrito en forma de libro, no tiene el mismo estatuto que los otros tres. Fueron ponencias presentadas en actividades de Escuela realizadas en foros de distintas ciudades. Allí, y en ningún otro lugar, hay que ubicar la incidencia de la voz. Es en ese nivel que interviene; luego vienen los ecos y las voces del foro, pero eso ya es otra cosa. En cuanto a mi experiencia como analizante y como pasante, si bien es cierto que los sueños fueron aquello que funcionó como huella y camino, por así decir, de la elaboración propiamente analítica, sin ninguna duda la subjetivación de la mirada y la voz (sobre todo esta última), fue lo que estuvo en juego a la hora de resolver el análisis y tomar partido por el ejercicio de la profesión. Como sostengo en mis testimonios, ciertos sueños pueden cumplir en un análisis la función de indicar la relación del sujeto a la causa de su deseo, ya sea esta causa de carácter escópico o invocante. En cualquier caso, la voz o las voces siempre intervienen.

 

T : De regreso al libro, una hipótesis de su ensayo es ubicar la particular posición subjetiva del psicótico, a expensas de cualquier teoría del déficit (por ejemplo, al pensar que al psicótico le faltaría la neurosis), ¿cuál es el alcance de esa apuesta?

 

M : Es un tema controvertido y, a mi gusto, no siempre bien encarado. Que el sujeto psicótico en muchos casos padece por las consecuencias de un déficit en el nivel de la simbolización, es un hecho clínico verificable, y no me parece que tenga mucho sentido desconocerlo. No son solo los familiares, que en muchos casos no entienden qué le pasa al psicótico, quienes sufren las consecuencias. Muchas veces es el psicótico mismo quien lo padece y pide ayuda, y eso nos habilita a escucharlo y eventualmente a ofrecerle la posibilidad del psicoanálisis. Y creo que tanto esa escucha como esa oferta tienen que tener en cuenta ese déficit en la simbolización provocado por lo que Lacan denominó forclusión de la función significante del padre, por esa falta de simbolización del deseo paterno en su carácter legislativo respecto del deseo de la madre. Por mi parte, nada que objetar a esa primera tesis de Lacan. Lo que creo el propio Lacan intenta corregir es la idea de que al psicótico le faltaría la neurosis, y que por lo tanto el déficit es evaluable en esos términos. Así pudo entenderse inicialmente, pero eso tiene que ver con el hecho de que el dispositivo analítico fue inventado para tratar la neurosis, no la psicosis. Para el neurótico también hay una dificultad en la simbolización, y por esa razón Lacan amplió su perspectiva con el correr de su enseñanza, intentando siempre situar el modo en que cada quien, psicótico o neurótico, responde con su deseo y su síntoma al padecimiento de una dimensión de un real imposible de soportar. Más que déficit es suplencia del lapsus y la no relación entre el cuerpo, el viviente y la lengua.

 

T : Desde el mismo punto de vista, está clara su intención de no reducir la psicosis a un mecanismo, punto en el cual recurre a los primeros textos freudianos para demostrar cómo ubica un conflicto en el desencadenamiento psicótico. Ergo, una elección, ¿qué riesgos encuentra en la reducción del sujeto a una estructura anónima?

 

M : Ese es un punto verdaderamente importante. Ni Freud, ni Lacan, a pesar de haber dedicado mucho esfuerzo para precisar los mecanismos en juego en la formación de los síntomas, redujeron la psicosis o la neurosis a una cuestión mecánica. Más aún, para ellos ni siquiera el mecanismo es lo decisivo. Volviendo a la referencia princeps de Lacan, el significante nombre-del-padre no es, estrictamente hablando, un significante que pueda escucharse en la mecánica asociativa del relato neurótico, como tampoco puede localizarse en su discurso la sustitución de significantes que Lacan llama metáfora paterna. Se trata más bien de una manera de nombrar un elemento mítico y una operación que también lo es. En síntesis, la forclusión del nombre-del-padre no es la fórmula de un mecanismo, sino de la consecuencia de una toma de posición frente al deseo encarnado por un padre. Es un decirle que no a la posibilidad de que dicho deseo, por así decir, legisle las condiciones de lo deseante. Y así como suponemos una toma de posición del hablante, es decir del deseante, en el tiempo primero de la constitución subjetiva, también podemos reconocer una toma de posición semejante frente a los conflictos que afectan la vida del psicótico. Incluso haber rechazado el acto de nominación proveniente del padre, hace que algunos psicóticos encuentren una mayor libertad a la hora de procurarse o inventarse un nombre propio. No se trata, entonces, de abordar la psicosis como una estructura anónima.

 

T : De su libro podría desprenderse una tesis fuerte: no sólo hay un riesgo en la psiquiatrización del psicoanálisis, sino también en el psicoanálisis mismo cuando olvida su inspiración en el sujeto, ¿hasta qué punto existe una psicopatología psicoanalítica?

 

M : Depende qué se entienda por psicopatología psicoanalítica. Como dije anteriormente, mis primeras reflexiones sobre el tema del objeto voz en las psicosis, y parte de mi formación inicial en psicoanálisis, se la debo a mi participación en una cátedra universitaria que pretende enseñar una psicopatología psicoanalítica. Trabajo y enseño allí hace ya más de quince años, y puedo asegurar que más allá de los riesgos que existen en la transmisión del psicoanálisis en esa materia en particular y en la universidad en general (entre los cuales está el de borrar la dimensión del sujeto de la experiencia analítica y el de deslizar la enseñanza hacia la compresión de una semiología psiquiátrica con terminología psicoanalítica), la enseñanza se produce. En definitiva, la categoría psicopatología psicoanalítica quizá no sea más que una puerta de entrada para que el discurso analítico pase. Que el discurso universitario produce al sujeto, lo sabemos gracias a Lacan. Creo que todo depende de bromear con él y lograr trasladarlo hacia otros discursos. Y pienso que allí las voces son parte interesada en el asunto. Sería un buen tema de investigación.

 

Télam
22/07
10 Puntos
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Arts ?La liquidez de Bauman es un modo de tratar la disolución de grandes estructuras que dieron solidez al orden social"

Bauman utiliza conceptos y categorías sociológicas y filosóficas, y abreva en las fuentes freudianas. No obstante, me gustaría que el pesimismo de Bauman y el del psicoanálisis de Freud y Lacan no se leyesen como una actitud de derrota frente a la fatalidad de la historia o de la condición humana. Lo que comenzó siendo una entrevista, se convirtió en un diálogo sobre temas que son objeto de estudio tanto para la sociología como para el psicoanálisis.

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Publicado por el Fondo de Cultura Económica, el subtítulo reza sobre el psicoanálisis y el futuro del mundo líquido, conceptos que suponen una desarticulación de época o bien la entrada en otra.

 

Bauman nació en Poznan en 1925, es profesor emérito de Sociología en las Universidades de Leeds y de Varsovia; es premio Príncipe de Asturias 2010 y autor de más de una veintena de títulos.

 

Dessal nació en Buenos Aires en 1952, es escritor, miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). Es docente del Instituto del Campo Freudiano en España.

 

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

 

T : Para empezar, ¿cómo se produjo tu contacto con Zygmunt Bauman? ¿Conocías sus libros?

D : Desde que cayó en mis manos Amor líquido, me convertí en un entusiasta seguidor de la obra de este hombre excepcional. Un sociólogo que escribe como poeta, un tipo auténticamente comprometido con aquello de lo que habla. Hace un par de años Bauman dictó un seminario de verano en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander. Lamentablemente no pude asistir, pero gracias a una persona de mi amistad y confianza pude obtener su correo electrónico para proponerle una entrevista acerca de su relación con la obra de Sigmund Freud, a quien no deja de citar en casi todos sus libros. Para mi sorpresa, su respuesta fue inmediata y positiva, plena de generosidad y confianza en alguien que para él era un completo desconocido. Así se inició un intercambio de correos y de textos. Lo que comenzó siendo una entrevista, se convirtió en un diálogo sobre temas que son objeto de estudio tanto para la sociología como para el psicoanálisis. Y en esa conversación por escrito pudimos encontrar puntos de convergencia.

T : El concepto de lo líquido,  que podría equivaler a la decadencia de la autoridad o de la imago paterna, ¿pensás que Bauman lo inventó orientado por esa misma idea o bien por una ausencia de referencias en el mundo social que desemboca, creo que inevitablemente, en Freud?

D : Me gustaría recordar que aunque el concepto de lo líquido es posiblemente aquello que más se asocia al nombre de Zygmunt Bauman, no es ese su único mérito. Su obra Modernidad y Holocausto, por ejemplo, es posiblemente uno de los tratados más lúcidos sobre el tema del antisemitismo, y al mismo tiempo una anatomía de la relación consustancial entre el progreso científico-técnico y la barbarie. Allí no encontramos aún el concepto de lo líquido. Me dirijo ahora a tu pregunta concreta. Bauman utiliza conceptos y categorías sociológicas y filosóficas, y abreva en las fuentes freudianas. De modo explícito se considera tributario de Emanuel Levinas, y no tiene ningún empacho en reconocer que la obra de Lacan le supone una oscuridad en la que no ha tenido la oportunidad de internarse. Por lo tanto, creo que vincular la declinación de la imago paterna al concepto de liquidez ha sido una hipótesis a la que me he atrevido de forma personal, para ver hasta qué punto era posible encontrar una congruencia entre ambas cosas. La liquidez de Bauman es un modo de tratar la disolución de las grandes estructuras ideológicas que durante siglos dieron forma y solidez al orden social. La invención lacaniana del Nombre del Padre es algo verdaderamente extraordinario, posiblemente uno de los conceptos más lúcidos desde que Marx revelase la función de la plusvalía y Freud descubriera el inconsciente. Los intelectuales están aún muy lejos de haber percibido su significado. Crear un concepto que arroja una inmensa luz tanto sobre la clínica del ser hablante, como en el campo social e histórico -¡todo eso con un solo significante!- y explicar al mismo tiempo uno de los resortes fundamentales del discurso del amo durante siglos, es a mi entender una auténtica proeza intelectual.

T : Tus intervenciones parecen acomodar o poner en orden los conceptos de principio de realidad y principio de placer, introduciendo la cuestión de la pulsión de muerte y el goce. El libro, entonces, se vuelve, digamos, pesimista. ¿Cómo piensan Bauman y vos este asunto de cara al siglo XXI?

 

D: No querría que los lectores sacaran una conclusión pesimista de este libro, pero sin duda uno no puede evitar todos los posibles deslizamientos y evocaciones que una obra despierta en quien la recibe. Más aún: creo que un autor debe asumir la responsabilidad de todo aquello que suscita en los lectores, aunque ellos le devuelvan un sentido que no había tenido la intención de transmitir. Aquí vale el principio lacaniano de que uno siempre recibe su propio mensaje en forma invertida, por lo tanto no vale el argumento No es eso lo que quería decir. No obstante, me gustaría que el pesimismo de Bauman y el del psicoanálisis de Freud y Lacan no se leyesen como una actitud de derrota frente a la fatalidad de la historia o de la condición humana. Más bien debería interpretarse como un arma de resistencia frente a la perversidad de un optimismo que ha hecho del progreso una profesión de fe. Después de Auschwitz, la confianza ciega en el progreso es una posición obscena, inmoral, a todas luces inaceptable. En ese sentido, prefiero alinearme con el pesimismo, siempre y cuando -insisto- se considere una palanca para seguir avanzando en la lucha por la vida, por la dignidad humana, por los valores que contribuyen a resistir los embates de un sistema que degrada nuestra existencia.

T: André Green piensa que vivir infectado por la pulsión de muerte es complicado. ¿Cuál es tu idea al respecto, en un momento que en vastos sectores del planeta retorna el ama a tu prójimo como a ti mismo?

D: No conozco ese pensamiento de André Green, por lo tanto no me atrevo a opinar sobre eso. Si se refiere a que no es lo único que debemos tomar en cuenta tanto en el aspecto del sujeto individual como colectivo, estoy perfectamente de acuerdo. Freud nos legó su dualismo eros-thanatos, lo cual implica que no podemos ni debemos descuidar el hecho de que la pulsión de muerte no posee una autonomía absoluta. Por supuesto, existen fenómenos clínicos y acontecimientos sociales en los que reconocemos su primacía, su inquietante protagonismo. Pero es un error (y no sé si es eso a lo que André Green tal vez se refiere) que los psicoanalistas nos convirtamos en propagadores del terror intelectual. La pulsión de muerte, en tanto concepto, debe estar al servicio de arrancarnos de la ingenuidad de confiar que el bien es soberano, y que el placer comanda todos nuestros actos. Pero no hay razón para transformarla en un tema morboso. Nadie puede negar la lucidez de Paul Virilio, para tomar un ejemplo, pero sus reflexiones destilan un goce muy particular... ¿Ama a tu prójimo como a tí mismo? Quizás estoy equivocado, pero creo que el imperativo actual es mucho más sencillo de enunciar: Ámate.

T: Creo que es una preocupación común a ambos. Las redes sociales, imposible desconocer sus beneficios. De lo que no se habla demasiado es de sus zonas oscuras: encierro, paranoia, aislamiento, ausencia del cara a cara. En ese sentido, ¿el péndulo tiene retorno, y cuál sería, si lo hubiera porque creo es imposible ignorar a ese nuevo actor?

D: En una conferencia que dictó en Madrid, le escuché decir a Bauman cosas muy afinadas -y por eso divertidas- sobre las redes sociales. Recuerdo que hizo reír a un público de más de trescientas personas cuando dijo que no podía comprender cómo había gente que en Facebook tenía centenares de amigos ( incluso miles), y él en sus 89 años apenas había conseguido juntar unos pocos... Pero su observación más interesante -cada vez más evidente en la clínica actual- es el hecho de que hay mucha gente puede vivir casi solo en el mundo on-line. Esas personas suelen hallar muchas dificultades para moverse en la vida off-line ¡Y eso es absolutamente cierto! No es necesario ponernos en el ejemplo extremo de aquellos sujetos psicóticos que encuentran en el ciberespacio la única posibilidad de alojar algo de su ser (lo cual es una de los tantos beneficios de internet). Cada vez es más habitual, por ejemplo, que las parejas se formen, se seduzcan, se exciten, se peleen y se rompan a través del chat o del mensaje de texto, o el Whatsapp. Comenzamos a darnos cuenta de que las redes sociales y la comunicación virtual (más allá de sus ventajas, que están fuera de cualquier discusión) permiten que la presencia se ausente, si me permites expresarlo de ese modo. Todos los días los analistas recibimos a hombres que ya no se atreven a decir ciertas cosas a las mujeres en vivo y en directo, y se refugian en la protección del chat, la video conferencia, o sistemas semejantes.

T: Al paradigma disciplinario, del control, del espectáculo, se le suma ahora el del   cansancio. El cansancio físico como parte de un cansancio ontológico. ¿Cuál es tu posición al respecto, se trata de un nuevo estado de excepción, de un síntoma o de un estado de la época, o de eso todo junto?

D: Es muy interesante tu pregunta, porque me remite a algo misterioso, surgido en los últimos tiempos, y que la medicina ha diagnosticado como síndrome de fatiga crónica. Eso no existía antes, o al menos los casos no eran lo suficientemente numerosos como para justificar una categoría especial. Para el psicoanálisis, un cuadro semejante no es más que algo a interrogar, es decir, que no sabemos a priori lo que vamos a encontrarnos cuando escuchamos a un sujeto que nos habla de eso. Tal vez una psicosis encubierta, o estabilizada en ese fenómeno, tal vez una forma más sofisticada de la histeria clásica. Pero en cualquier caso, no deja de ser muy sugerente que esto se presente con una frecuencia cada vez mayor. Tal vez el cansancio ontológico al que te refieres, sea el efecto secundario de esa liquidez que ha contaminado a la sociedad. La precariedad existencial a la que estamos cada vez más sometidos (pese a las brumas de la felicidad con las que el marketing nos envuelve todos los días), hace la vida muy agotadora de llevar. 

Télam
16/07
14 Puntos
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Sports Arts Tech People ?El psicoanálisis se resistió a reconocer que la patologización de la locura era una maniobra de poder"

Foucault menciona en esos cursos una o dos veces al psicoanálisis, y muy al pasar. En Foucault la presencia del psicoanálisis es siempre mucho más furtiva, hay que buscarla. No puede faltar, por supuesto, el interrogante sobre si el psicoanálisis escapa a esa medicalización. No digo que esa veta de su obra sea el único instante en que queda abierta la puerta para una labor en común con el psicoanálisis.  V : Los psicoanalistas han intentado responder a esa pregunta de varias maneras.

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Investigador y docente de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), es autor Los miércoles por la noche, alrededor de Freud, Incidencias en el psicoanálisis de la obra de Michel Foucault y La seducción freudiana, publicados por la editorial Letra Viva.

 

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

 

T : A treinta años de la muerte de Michel Foucault, ¿qué puede decirse de su obra desde la perspectiva psicoanalítica?

 

V : Los psicoanalistas han intentado responder a esa pregunta de varias maneras. Creo que ninguna me convence. No me parece que haya que colocar al pensamiento de Foucault en la secuencia de objetos acerca de los cuales el psicoanálisis podría tener algo para decir: el cine, la literatura, la violencia, la caída de los ideales o lo que sea. Estoy en desacuerdo con esas aproximaciones, no tanto porque ellas suponen un uso instrumental del psicoanálisis, sino sobre todo porque dan la espalda a interjuegos más fructíferos. Foucault hizo de la locura un problema político, incluso un verdadero problema filosófico. No digo que esa veta de su obra sea el único instante en que queda abierta la puerta para una labor en común con el psicoanálisis. Pero convengamos que es el instante privilegiado para una cosa así. Y creo que el psicoanálisis nunca estuvo a la altura del convite. Sobre todo porque siempre se resistió a reconocer que la patologización de la locura era una maniobra de poder que debía ser desmontada. Podríamos decir que Foucault abordó la locura en dos momentos: en un comienzo, señalando que la transformación de la experiencia de la sinrazón en enfermedad mental era consustancial a la irrupción de la modernidad, caracterizada como la época en que el hombre se transformó en un objeto positivo de saber. Luego, en los 70, volvió a ese asunto, para enfatizar más bien que el loco, en el Occidente moderno, había sido antes que nada un cuerpo sometido a distintos mecanismos de poder. La patologización y el poder; ante esos dos puntos de una agenda política, Foucault encontró compañeros de ruta en la antipsiquiatría y no en el psicoanálisis. Y creo que el problema político de la locura que Foucault diagnosticó en los 60 y los 70 no solamente no ha perdido vigencia, sino que se ha agudizado. Escribió muchas de esas cosas en un período en que la psiquiatría no era aún lo que es hoy en día: una feliz distribución de medicamentos. Era ya lo que nunca dejó de ser: una disciplina que hace lo imposible por parecerse a la ciencia médica. Ahora bien, para sentirse invitado a esa mesa no alcanza con un distanciamiento cortés respecto del accionar psiquiátrico. Criticar a los psiquiatras es tan fácil como inconducente. Muchos psicólogos o psicoanalistas pueden enorgullecerse de no invitar a los psiquiatras a sus fiestas. El verdadero desafío, al menos el desafío que yo pienso que Foucault plantea a los intervinientes en el campo de la salud mental, es preguntar hasta qué punto la categoría de enfermedad es la que más se adecúa a una experiencia como la de la locura. Me corrijo. No se trata de averiguar si se adecúa mejor o peor a su presunta realidad. Se trata, por el contrario, de analizar para qué sirve esa medicalización, qué mecanismos de poder utiliza, permite, retroalimenta. No puede faltar, por supuesto, el interrogante sobre si el psicoanálisis escapa a esa medicalización. Para concluir, yo creo que todo diálogo posible entre Foucault y el psicoanálisis no puede pasar por alto esos interrogantes políticos. Y si el psicoanálisis no está dispuesto a volver a discutir esas cosas, Foucault seguirá siendo meramente una referencia erudita. No es seguro que el loco haya ganado algo con la instalación de los asilos del siglo XIX. La sociedad, a su turno, sí ganó varias cosas. Yo creo que siempre, a cada instante, hay que plantearle a la psiquiatría una sola y la misma pregunta -que es como recordarle que jamás, ni por asomo, ha logrado demostrar que su saber o su práctica pertenecen a la medicina-: ¿qué ha ganado la locura con la proliferación de fármacos? Quizá con la sencilla demostración de cuán falsa o fallida es la medicalización que la psiquiatría se quiere arrogar respecto de la locura sea posible poner aún más a descubierto la naturaleza política del problema de la locura -y tal vez de la neurosis.

 

T : Foucault hace varios giros en su itinerario. El último, esa suerte de retorno sobre sí que nada debe al individualismo, ¿lo acerca, lo aleja del psicoanálisis, o lo mantiene incólume en esa serie donde pone a la práctica analítica en serie con cierto confesionalismo de raíz cristiana?

 

V : La tesis de armar una suerte de genealogía que parte de la instauración de la confesión cristiana como práctica obligatoria y llega al psicoanálisis, es una conjetura que Foucault nunca desarrolló del todo. La dejó enunciada en uno de sus libros, dió sobre ella algunas pistas en el curso Los anormales, pero lo cierto es que fue el esbozo de un proyecto que nunca pudo concluir. Algunos estudiosos de Foucault y otros tantos historiadores consideran que se trató de una idea que no podía llevar a buen puerto. Quizá nunca lo sepamos. Lo que sí podemos establecer con certeza es que un razonamiento muy claro sobre los efectos de las relaciones de poder es lo que sostiene aquella hipótesis. Foucault vio en la confesión algo muy distinto al preludio de un dispositivo de control masivo y paranoico de las conductas o los pensamientos; por el contrario, tomó a eso que comenzó como el ingrediente de la liturgia católica como el ejemplo ideal de su enunciado sobre el poder productivo. El poder no acalla realidades, no se limita a reprimir y negar. Tal vez lo hace, pero en su funcionamiento crea otras cosas, produce nuevas formas de corporalidad, inventa saberes, multiplica relaciones. Para decirlo de modo bastante esquemático, la confesión entendida como dispositivo de poder, fue responsable de la emergencia, de un lado, de un nuevo cuerpo, habitado por impulsos escondidos e irresistibles, y de otro, de una novedosa modalidad de subjetividad, caracterizada por la compulsión y la obligación de habar de esas cosas que llevaba dentro suyo. No es difícil entender, por lo tanto, por qué razón cuando Foucault dijo que somos seres confesionales, colocaba al mismo tiempo al psicoanálisis como una instancia que seguía ese juego iniciado hacía mucho. Tu pregunta me da pie, además, a establecer un diagnóstico que no deja de ser malicioso. Desde que aparecieron los cursos de Foucault sobre las cuestiones del cuidado de sí, de la ética, los psicoanalistas se lanzaron sobre esas páginas como si por fin hubiesen encontrado algo que buscaban desde hacía mucho. Por fin les era posible leer a Foucault sin sentirse atacados. Foucault menciona en esos cursos una o dos veces al psicoanálisis, y muy al pasar. Pero para ellos eso no importaba. Lo que tenía valor era que habían encontrado por fin al Foucault más sereno y maduro, que había dejado de molestarlos con sus preguntas sobre el poder, el cuerpo, las prácticas concretas. Y esos mismos psicoanalistas que habían mostrado un rotundo desinterés por cursos como Los anormales o El poder psiquiátrico, ahora andaban con los nuevos cursos bajo el brazo. Me parece que hicieron como una partición totalmente falaz: un Foucault joven, militante, ansioso, que hablaba del poder y que se juntaba con los antipsiquiatras. A ese Foucault se lo podrían saltear, justamente porque tenían acceso al último Foucault, más reflexivo y paciente, que se había olvidado de las correrías juveniles y que les hablaba en un lenguaje en el que podían reconocerse. Esa partición es ridícula, además de errónea. Hasta tanto no se comprendan los interrogantes sobre el poder, hasta tanto no se tomen en serio las intervenciones concretas y políticas del Foucault de inicios de los 70, se tendrá una lectura completamente equivocada de las cosas que pudo decir sobre los griegos, los estoicos o Edipo.

 

T : ¿Puede hablarse de un Foucault con Lacan o al revés? Si eso pudiera decirse, ¿a qué práctica autorizaría, o qué episteme compondría?

 

V : Foucault no podría haber hecho lo que hizo sin un espacio que compartió con Lacan. Ese espacio incluía, obviamente, la lectura de Freud, pero sobre todo la de varios otros, como Blanchot, Bataille, el surrealismo. Por otro lado, Foucault fue bastante claro al señalar por qué motivos el pensamiento de Lacan lo seducía. Halló en el psicoanalista francés una forma de comprender el psicoanálisis que no caía tan torpemente en el afán de una normalización. Para ser sincero, empero, no creo que tenga sentido preguntar por la posibilidad de un psicoanálisis foucaultiano o algo parecido. No veo qué podría fundar ese con que haría las veces de conector entre sus nombres. Veo muchas zonas en que sus pensamientos van en sintonía. Lo que ambos compartieron con el estructuralismo -aun no siendo estructuralista ninguno de los dos- hermana sus obras de un modo radical. Sus interrogantes sobre el lenguaje, sobre el saber, sobre la ciencia, obligan a que sus obras establezcan un diálogo acallado que duró muchos años. Pero para atisbar ese con, precisaríamos reconstruir un horizonte común a sus labores, una meta compartida, y eso es lo que nos falta. Llevando las cosas a cierto límite, podemos decir que todo el pensamiento de Foucault es inseparable de una intención política. Y de la obra de Lacan, por el contrario, no podemos decir una cosa así.

 

T : ¿Por qué el sentido común rechaza un acercamiento de Foucault con Lacan pero auspicia la juntura con Gilles Deleuze? ¿Cuál sería ahí el argumento decisivo, si es que lo hay?

 

V : Que Deleuze haya escrito, junto con Guattari -quien además había sido psicoanalista-, un libro llamado El Anti-Edipo, no es un factor menor. En Foucault la presencia del psicoanálisis es siempre mucho más furtiva, hay que buscarla. Deleuze, por el contrario, decidió hablarles frontalmente a los psicoanalistas, o mejor dicho, decidió hacer del psicoanálisis un objeto de reflexión directa. Las obras que han dejado Foucault y Deleuze son, a ese respecto, muy diferentes. Pero yo prefiero plantear otro interrogante, que quizá deba ser antepuesto a una elección por uno u otro. Habría que preguntar más bien por qué razón los psicoanalistas tendrían la necesidad de ir a buscar algo en la filosofía. ¿Qué esperan de la filosofía? O más bien, ¿qué están dispuestos a hacer con las cosas que la filosofía puede ofrecerles?

Télam
10/07
4 Puntos
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