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Arts Las cartas de Freud

Correspondencia 1904-1938, un libro que deja al descubierto la manera en que el psicoanálisis moldeó el vínculo entre ambos, a la vez que recrea la vida de una familia en la Viena de principios del siglo XX. Encabezadas por las misivas tituladas Mi querida Anna o Querido papá, las 300 cartas reunidas en el volumen que acaba de publicar Paidós en la Argentina indagan en el universo emocional del creador del psicoanálisis.

La estrecha relación que el austríaco Sigmund Freud estableció con la más pequeña de sus hijas puede rastrearse en Sigmund y Anna Freud. Correspondencia 1904-1938, un libro que deja al descubierto la manera en que el psicoanálisis moldeó el vínculo entre ambos, a la vez que recrea la vida de una familia en la Viena de principios del siglo XX. Encabezadas por las misivas tituladas Mi querida Anna o Querido papá, las 300 cartas reunidas en el volumen que acaba de publicar Paidós en la Argentina indagan en el universo emocional del creador del psicoanálisis.

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Sports People ?La obligación de ser feliz es agotadora, como la de ser un triunfador?

Pero a la vez, y es mi posición personal, el psicoanálisis no debe adscribirse a una corriente política determinada y oficial. Sin el reconocimiento del factor subjetivo en la acción política, en la vida social, en la relación del hombre con la economía, la praxis política queda reducida a una burocracia ineficiente, reaccionaria y envenenada por la corrupción. Por supuesto, la sociedad terapéutica lo es en ciertas regiones del planeta. ¡Pasen, pasen, que podemos hacer muy buenos negocios.

El ensayista -que acaba de publicar un libro junto al sociólogo polaco Zygmunt Bauman- vive en España desde 1982. Es analista de la ELP (Escuela Lacaniana de Psicoanálisis) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

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Este es el diálogo que sostuvo con Télam desde Madrid, donde reside.

 

T : ¿Cómo piensa un psicoanalista el auge de la sociedad terapéutica, ese modelo de asistencialismo evangélico, digno heredero de Teresa de Calcuta, saturado de intensivistas y otros profesionales del laicismo policial?

D : Me gusta mucho esa expresión: sociedad terapéutica. No era esa la idea que Freud tenía de la sociedad. Pensaba que una de las fuentes fundamentales del sufrimiento humano reside precisamente en la relación con los otros. Pero el amo moderno (que por supuesto no se encarna en ningún ente real, sino que es un modo de nombrar la complejidad actual de los poderes) ha decidido que el orden actual debe ser terapéutico. No es una idea totalmente nueva, puesto que el higienismo que surge a finales del siglo XIX ya iba en esa dirección. Pero aquella ideología estaba avalada por un modelo de tutelaje patriarcal, que en la actualidad ya no funciona de la misma manera. Ahora es el paradigma científico el que asume la responsabilidad de medicalizar y terapeutizar todo.

 

Es apasionante, si uno toma una mínima distancia sentimental, advertir las innumerables formas en las que puede ejercerse un totalitarismo sutil, blando, astutamente disfrazado de buenas intenciones. Consiste fundamentalmente en elevar los criterios de prevención hasta el extremo de creer (y hacer creer) que, conforme se incremente el progreso tecnológico, la contingencia se irá eliminando cada vez más. Tenemos muestras elocuentes: detección precoz en la temprana infancia de signos de futuro comportamiento delictivo; protocolos para prolongar la vida que se aproximan al límite del sadismo sublimado; baremos para que las aseguradoras calculen sus primas mediante algoritmos que calculan el riesgo que asumen cuando emiten una póliza. Por supuesto, la sociedad terapéutica lo es en ciertas regiones del planeta. En otras, se siguen empleando métodos de coerción no muy alejados del sistema feudal. No son realidades aisladas. Desde luego, están perfectamente conectadas.

 

El bienestar terapéutico y médico de una parte del mundo se basa en el vampirismo: se extrae la sangre de una parte del mundo, para inyectarla en otro. Es mucho más que una metáfora, desgraciadamente. No es novedad que algunos ciudadanos de la Comunidad Europea, por ejemplo, viven gracias a un órgano que ha sido vendido por alguien de Bangladesh. Pero tu pregunta tiene muchas más facetas y aristas. La sociedad terapéutica está diseñada siguiendo un protocolo que tiene que definir previamente en qué consiste lo terapéutico. Eso a su vez implica una definición de salud, de bienestar, de felicidad, en suma, de todos esos espejismos que hemos perseguido desde la era de las cavernas. Por supuesto, nos hemos sofisticado un poco. El discurso capitalista actual es más refinado. Ahora se muerde la lengua (a veces) y aprende a hablar un nuevo lenguaje, eso que se califica como políticamente correcto. Si algo debemos reconocerle a ese discurso, es su extraordinaria plasticidad. Es camaleónico. Puede asumir todos los semblantes según las circunstancias. El nazismo o la socialdemocracia. Su baúl de disfraces es inagotable.

 

En la actualidad hay muchos ideólogos y políticos que se dan cuenta de los réditos que supone el liberalismo de algunas ideas. Lo terapéutico ya no es necesariamente ser straight, como dicen los norteamericanos, o sea recto, en alusión a la heterosexualidad. La nueva sociedad terapéutica tiene manga ancha, y está dispuesta a incorporar toda clase de modalidades de vida y de sexualidad. Podemos permitirlo casi todo, a condición de que tenga la licencia correspondiente. ¿Usted quiere ser transexual? ¡Ningún problema! Incluso pagamos la intervención. Lo único que nos importa es que siga sirviendo a las leyes del mercado. Vamos abriendo la mano de a poco, para que no vengan en estampida, y para ir avanzando en los sistemas de control que vamos a aplicar para que la supuesta libertad de elección esté debidamente vigilada. ¡Pasen, pasen, que podemos hacer muy buenos negocios!

Gustavo Dessal - ¿Qué sentido tiene hoy la felicidad? 

T : ¿Qué dice el psicoanálisis lacaniano de síntomas como la fatiga crónica, la falta de atención, el cansancio del que habla el filósofo coreano-alemán Byung Chul Han?

D : Creo haber dicho en una ocasión que ese nuevo síndrome de fatiga crónica es el correlato del imperativo moderno a vivir sin límites, a extraer de la vida lo máximo (lo cual suele ser casualmente lo más caro). La obligación de ser feliz es agotadora, como la de ser un consumidor modélico, o un triunfador. En los Estados Unidos, los padres de clase adinerada preparan con psicólogos y pedagogos a sus niños para que puedan pasar las severas pruebas que les imponen en las guarderías de elite. La carrera hacia el éxito debe asegurarse desde el principio. Aunque se trate de una aberración, tiene sentido. Para garantizar el éxito hay que empezar por elegir el terreno apropiado donde sembrar la semilla. ¿Es delirante? Por supuesto que lo es. Tan delirante como el concepto de triunfo social. Se habla mucho de los niños hiperactivos. Pero muy poco de los padres hiperactivistas, que imponen a los hijos una agenda diaria extra escolar más ocupada que la de un ejecutivo de Wall Street: clases de música, idiomas, artes marciales, squash, tenis. No es una crítica a los padres, pobres diablos prisioneros del imperativo del éxito. Vivimos una crisis del saber. Lacan descubrió una cosa muy interesante: que no existe el deseo de saber. Es una idea extrañísima, puesto que el sentido común parece indicar lo contrario, que el ser humano es una criatura ávida de saber. Sin embargo, Lacan es muy astuto. Que no exista el deseo de saber, no implica que no se quiera saber. Uno no busca el saber por deseo, lo hace por la satisfacción que puede aportar. El saber no es objeto de un deseo, sino algo de lo que puede obtenerse un goce. No todo el mundo lo obtiene. El síndrome de desatención en los niños es el síntoma de un mundo en el cual el saber ya no produce gran cosa en materia de goce. Freud lo comprendió muy rápidamente. Se dio cuenta de que el aprendizaje está articulado a la libido, y que sin libido no se puede aprender nada. Eros es imprescindible para que alguien pueda saber algo. Pero la sociedad terapéutica no promueve el Eros, sino que administra la pulsión de muerte de forma liminar.

 

T : Marcelo Barros habla de una articulación entre la psicosis y la sociedad de control, en tanto la segunda opera mejor -según entiendo- sobre la forclusión del Nombre del Padre. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

D : No he leído aún el libro de Marcelo, pero en la entrevista que le hiciste, aprecio de entrada algo que para mí es fundamental. Y lo voy a decir con un rodeo. Lacan comentó un caso clínico muy famoso, que había sido analizado por dos célebres analistas. Se trataba de un hombre que tenía la obsesión de ser un plagiario. Voy directamente a la conclusión que saca Lacan en su lectura de esta historia clínica: al ser humano le resulta verdaderamente difícil soportar el hecho de tener una idea propia, de pensar por sí mismo. Por fortuna, no le sucede a todos. A lo que iba: Marcelo Barros parece no tenerle miedo a eso, y apagó la Máquina de Citar. Cuando uno se aparta del pensamiento canónico, es posible que tenga una idea interesante. En El retorno del péndulo, el libro que escribí junto con Zygmunt Bauman, se plantea la idea de que el paradigma contemporáneo invierte lo que Freud afirmaba en El malestar en la cultura. En esa época, los hombres estaban dispuestos a renunciar a la seguridad en pos de un aumento de libertad. En la actualidad los valores se han invertido, y la sociedad de control ajusta con mayor fuerza sus instrumentos de restricción de las libertades, con la coartada de mejorar la seguridad. El control se expande en todos los ámbitos, y ya no solo la felicidad es una cuestión de estado, sino que la vida individual ha dejado de pertenecernos. En El marketing existencial, el ensayista Miguel Roig ha formulado con extraordinaria claridad lo que este título anticipa: que la existencia misma, en todas sus dimensiones, ha entrado en un proceso de cálculo y protocolización. La vida y la muerte, la enfermedad y la salud, se administran como otras tantas mercancías, siguiendo una lógica de costo/beneficio idéntica a la que se emplea para cualquier proceso de explotación y comercialización de bienes de consumo. No sé de qué modo Marcelo Barros articula este tema a la idea de la psicosis, en un sentido transclínico, supongo, pero imagino que debe referirse a que el estado actual del poder y sus efectos sociales no pueden entenderse si no se introduce el problema de la descomposición del orden simbólico tradicional, es decir, lo que ocurre cuando no hay mapa con el que orientarse, salvo el de Google, o el Ton Ton, cuyo solo nombre lo dice todo...

 

T : ¿Qué cosa es la práctica política en el siglo XXI bajo la mirada del psicoanálisis? Ayer leí una columna donde un tipo dice que las sociedades que cultivan arroz tienden a formar lazos comunitarios, mucho más que las que cultivan trigo, soja, etcétera, paradigmas individualistas.

D : Tu pregunta es más adecuada para mi colega Jorge Alemán, que ha dedicado muchos años a pensar este tema de la relación entre psicoanálisis y política, y lo hace con gran rigor. No obstante, me limito a señalar que el psicoanálisis puede aportar a la política precisamente aquello que contribuya a salvarla del desprestigio y la degradación absoluta. Sin el reconocimiento del factor subjetivo en la acción política, en la vida social, en la relación del hombre con la economía, la praxis política queda reducida a una burocracia ineficiente, reaccionaria y envenenada por la corrupción. Pero a la vez, y es mi posición personal, el psicoanálisis no debe adscribirse a una corriente política determinada y oficial. En ese sentido, creo que Freud y Lacan lograron construir algo diferente, un discurso que no se deja inscribir en una definición política al uso. Lacan admiraba a Sócrates por su atopía, porque sus ideas no admitían una etiqueta. Creo que, en ese punto, Lacan se identificaba a Sócrates. Lacan era inclasificable, incluso políticamente.

Gustavo Dessal - Algunas maneras discretas de estar loco

Télam
28/08
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Arts ?No me interesa degradar el idioma en jerga?

Por esta deriva es que vemos fracasar muchas de las formas tradicionales de la autoridad. En este sentido, considero que sería vano hablar de una crisis de la autoridad en nuestro tiempo. Desde hace algún tiempo mi principal interés, en la enseñanza del psicoanálisis, radica en el intento de transmitir los conceptos más arduos sin apelar a tecnicismos.  T : Es un aspecto del libro la claridad expositiva con que se encuentra escrito, ¿cuál es el propósito de escribir un libro de divulgación.

El libro, publicado por la editorial Letra Viva, aborda esos problemas por fuera de cierta jerga, en la tradición que el autor reivindica como una herencia de Francois Dolto y Donald Winnicot.

 

Lutereau es doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA) y Magister en Psicoanálisis por la misma universidad, donde se desempeña como docente e investigador. Entre sus libros, Los usos del juego y ¿Quién le teme a lo infantil?

 

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

T : Desde el título, el libro remite al ensayo de Borges, El idioma de los argentinos, y en el campo específico del psicoanálisis lacaniano, al de Jorge Baños Orellana, El idioma de los lacanianos. ¿Cuál es el sentido de esta doble referencia cruzada?

L : Agradezco la explicitación de esas referencias. En efecto, el título del libro indica esa doble mención. Y por cierto, tanto en una vía como por la otra, se apunta a lo mismo: lo infantil es un modo de hablar; a partir de la relación que el niño mantiene con el lenguaje pueden reconocerse esos modos de vivir y de ser que llamamos infancia. Asimismo, los ensayos breves reunidos en el libro tienen una procedencia específica. La mayoría de ellos fueron publicados como notas periodísticas en diferentes medios gráficos, con el formato de artículos de divulgación que debían responder a cuestiones concretas y cotidianas. Desde hace algún tiempo mi principal interés, en la enseñanza del psicoanálisis, radica en el intento de transmitir los conceptos más arduos sin apelar a tecnicismos. No me interesa degradar el idioma en jerga. Hoy día, considero más importante el retorno a la experiencia analítica antes que el esclarecimiento de obras particulares. Por eso, al redactar y revisar El idioma de los niños siempre tuve en mente los esfuerzos de Francois Dolto y Donald Winnicott por llegar al público amplio, sin concesiones. La rigurosidad no puede estar en los términos utilizados, sino en la encrucijadas clínicas que se delimitan.

 

T : Uno de los hallazgos del libro radica en el modo en que intentás precisar la posición infantil de nuestro tiempo, ¿qué ocurre hoy en día, cuando encontramos que muchas veces los niños se muestran desinteresados frente a las formas habituales de la autoridad?

L : En efecto, suele tratarse de niños que exceden las demandas escolares: no sólo no estudian, sino que ni les interesa; no responden a las sanciones, y por lo tanto, para ellos las malas notas se vuelven ineficaces; en definitiva, niños que no se sitúan respecto del signo de amor del otro. Esta circunstancia contemporánea es un dato de partida que requiere algún tipo de esclarecimiento. En principio, considero que sin duda las nuevas tecnologías han tenido un papel en este asunto. Sería difícil determinar si se trata de un rol protagónico, ya que el psicoanálisis poco puede decir sobre las situaciones sociales que acontecen -no tanto como lo que podrían decir la sociología y la antropología-, pero cabría reconocer que existe una coordenada de relación novedosa a partir del momento en que los niños detentan un saber del que los adultos están en falta. Por ejemplo, ¿no es notorio que muchas veces somos los grandes quienes pedimos a un niño que actualice el antivirus de la computadora? ¿No suele ocurrir que veamos niñas de 4 o 5 años manejando una Tablet con absoluta destreza? Sin ir más lejos, mi hijo de apenas un año toma mi celular y desliza el dedo por la pantalla en busca de producir efectos? De acuerdo con estos términos, ¿qué podría decir un adulto a un niño, cuyo saber se encuentra expuesto y ya no supuesto? Por esta deriva es que vemos fracasar muchas de las formas tradicionales de la autoridad. Desesperados llegan al consultorio esos padres que ya no pueden decir con satisfacción Te lo digo yo, porque soy tu padre. En nuestros días, los niños pueden responder fácilmente a esta coyuntura, que antes quedaba a salvo de la interrogación. ¿Y quién sos vos para decir eso?, argumentan los niños. A la sumisión de otra época, los niños de nuestro tiempo ofertan un modo de poner en cuestión los semblantes que difícilmente podríamos confundir con la rebeldía. En este sentido, considero que sería vano hablar de una crisis de la autoridad en nuestro tiempo. En todo caso, considero que la autoridad ha variado su modo de ejercicio. Hoy en día, los niños ya no aceptan que se les digan las cosas porque sí (o porque no), sino que apuntan ?más que nunca? al deseo en que se sostiene la palabra del adulto. Ya no alcanzan las funciones anónimas de la autoridad (padre, madre, profesor, etcétera.) sino que es preciso su fundamentación en una palabra auténtica. Sin duda esto hace vacilar cualquier pesimismo.

 

T : A propósito de lo que mencionás respecto del fracaso de lo infantil (otro de los temas del libro), subrayás modos de presentación del padecimiento que no se reconducen al síntoma, como el aburrimiento o la tristeza, ¿podrías ampliar esta idea?

L : Vivimos una época de niños entretenidos, ¿qué es un niño triste? La tristeza en los niños es muy distinta a la de los adultos. Para estos, la tristeza está vinculada principalmente con las frustraciones que la realidad imprime a sus proyectos. Un adulto entristece cuando siente que no puede expandir su deseo en alguna dirección ?incluso a costa de realizar ese deseo, ya que la mayoría de las personas sólo necesita imaginar lo que va a hacer, en lugar de hacerlo. Los niños no tienen esta relación con la capacidad de desear. Sus expectativas nunca suponen un largo plazo; en todo caso, ellos viven el futuro como una extensión actual del presente. El horizonte temporal, con su fugacidad irrecuperable, que hace del pasado un tiempo que ya no existe, es algo propio del mundo de los adultos. Por eso es tan corriente que la mejor representación del niño eterno (ese que llamamos Peter Pan) sea la de alguien que no quiere crecer. Por lo tanto, no es a través del golpe que el tiempo imprime al deseo la causa de la tristeza en los niños. Tampoco a partir de las más diversas privaciones. Estas últimas suelen producir enojo. A decir verdad, si bien ésta indica un afecto más o menos constante en la infancia, lo cierto es que también implica una especie de límite, ese punto en el que un niño puede aparecer bajo otro ángulo: como forzado a una madurez precipitada. La tristeza en los niños no se da cuando las cosas no salen como se esperaba ?eso que en los adultos empuja a la realización de un duelo?, sino que se produce cuando el niño deja de contar con algo con lo que contaba. En ambos casos se trata una pérdida, pero son pérdidas diferentes. Es corriente ver que los niños salgan indemnes ante la noticia de la muerte de un abuelo (u otro familiar), incluso respecto de la separación de los padres, mientras que por ejemplo, el extravío de una mascota puede sumirlos en el más profundo pesar. No se trata da la pérdida de un objeto cotidiano, también podría tratarse de una modificación del lugar de vacaciones. La tristeza de un niño se produce cuando se altera esa circunstancia en la cual apoyaba su capacidad para jugar. Ya no se trata de que aparezcan síntomas ruidosos o grandes quejas, porque incluso hasta el niño aburrido tiene recursos como para denunciarlo a viva voz, sino que el niño triste queda sumido en un ensimismamiento que, como tal, es ajeno a la infancia. Lo primero que pierde un niño triste es la curiosidad.

 

T : Y ¿de qué modo vinculás estas coordenadas de aparición de lo infantil con las demandas propias de la escuela (que suelen enviar a los niños rápidamente al psicólogo)?

L : Hace tiempo vengo reflexionando sobre estos temas, en particular sobre la escuela, antes que asumir una actitud defensiva frente a los maestros y educadores. En efecto, en un libro reciente (Posiciones perversas en la infancia, escrito junto con Lujan Iuale y Santiago Thompson) pude notar que la demanda creciente de las escuelas tiene un fundamento. Hoy en día los niños no suelen llegar a una consulta por los viejos motivos de inhibición del saber o fracaso escolar (en el sentido cognitivo), sino por vías más complejas: trastornos de la conducta, desbordes emocionales, desafíos a la autoridad. Sin ir más lejos, por algo la nueva versión del DSM incluye también en su espectro la rebeldía como una forma de patología. Sin embargo, el DSM-V también incluye el duelo como una situación patológica? En este punto, ¿no deberíamos preguntarnos si esta proliferación de diagnósticos prêt-à-porter no responde más al imperativo de salud de una época (que restringe cada vez más la posibilidad de salirse un poquito del sistema) que a un interés por la subjetividad? Hasta hace unos años, una publicidad de analgésicos promocionaba la efectividad para erradicar el dolor de cabeza, hoy en día otra publicidad de un producto semejante nos invita a no parar ni un minuto, a vivir una vida de producción constante, en la que cualquier detención es patológica porque implica perder el tiempo. ¿No perdemos más tiempo cuando no queremos perder nada (de tiempo)? Por esta vía, entonces, la presencia de salud se vuelve ausencia crónica de malestar, la realización personal es una producción constante y exponencial. En definitiva, se nos ha quitado la posibilidad de crecer a través del conflicto. ¿Quién habla hoy por hoy de las crisis vitales a través de las cuales se torna necesario descubrir ciertos límites personales, volver a preguntarse por los intereses propios y los objetivos de nuestras elecciones más significativas?

 

T : Es un aspecto del libro la claridad expositiva con que se encuentra escrito, ¿cuál es el propósito de escribir un libro de divulgación?

L : No veo un signo negativo en la divulgación. Como decía al comienzo, aprecio mucho los esfuerzos de Dolto y Winnicott. Además, en lo personal consideré esta circunstancia como una prueba de fuego para exponer las intuiciones compiladas en este libro: pueden llevar el tono de la divulgación sin implicar vulgaridad. Eso espero. Y, si me permitís, agrego que muchas veces esta última se encuentra más en los escritos que aparentan academicismo, o se esconden detrás de un vocabulario especializado, que en los libros que transmiten una experiencia. En nuestros días se escriben más libros sobre libros (que explican autores, historia de conceptos) que libros de psicoanálisis propiamente dicho. Muchos más libros que dicen lo que el psicoanálisis debe ser, con un cierto dejo normativo y prescriptivo, que libros que comenten el modo en que se lo práctica en las circunstancias actuales. Por eso valoro mucho la obra de Pablo Peusner, a quien está dedicado El idioma de los niños (y con quien escribimos ¿Quién teme a lo infantil?), ya que su enseñanza, su modo de delimitar problemas clínicos, refleja no sólo el modo en que para mí comenzó el interés por el psicoanálisis con niños, sino también una cierta ética para comunicar resultados de trabajo.

 

 

 

 

Télam
17/08
14 Puntos
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UNA TEORÍA DEL ESCAPE

Justamente, no se trata de un lugar sino de romper con las ilusiones, las palabrerías, las falsas visiones, la masa, el individualismo, el psicoanálisis, las drogas, la religión, la pedagogía y las supercherías ideológicas. En la promesa nietzscheana, Sloterdijk lee un artefacto, una cosmología, una visión del mundo. Sloterdijk despliega una teoría de la condición humana y una teoría del escape (de la condición humana).

Para armar una teoría del escape no es necesario que lo real sea insoportable o que la muerte espere al final del camino; la muerte llega puntual, a la hora que corresponde, no pregunta si uno se ha perfeccionado, o si ha intentado traspasar mediante ejercicios espirituales o gimnásticos el sustrato biológico que guarda ?esconde? un excedente para el que se supone habría que prepararse porque lo querramos o no, el imperativo categórico que permite hacerle frente al último de los desfiladeros es automático, anónimo: Has de cambiar tu vida, como repite el filósofo alemán Peter Sloterdijk en su último gran libro. O como lo dijo Aristóteles a través de Platón: el hombre es superior a sí mismo.

Sloterdijk es un hombre de ideas fuertes, que juega fuerte, aprovecha perfectamente su dominio de la oratoria y la escritura, está en la televisión, sabe provocar: las discusiones con Jürgen Habermas y con Axel Honneth, dos pensadores, tributarios de la Escuela de Frankfurt, hicieron mucho más que sus libros por forjar un prestigio que nadie discute, entre otras cosas, porque sus ideas parecen salir de la galera de un mago, aunque nadie niega que su tutor es un Friedrich Nietzsche muy al borde del extrañamiento. En Has de cambiar tu vida, también aparecen Rainer Maria Rilke, Franz Kafka, Michel Foucault. Es un libro de casi seiscientas páginas. Es una apuesta alta. Sloterdijk despliega una teoría de la condición humana y una teoría del escape (de la condición humana). ¿Eso es posible? ¿Para ir a qué lugar, si se trata de un lugar? Justamente, no se trata de un lugar sino de romper con las ilusiones, las palabrerías, las falsas visiones, la masa, el individualismo, el psicoanálisis, las drogas, la religión, la pedagogía y las supercherías ideológicas. Y entonces, ver. La serie permite detectar ciertas preferencias del alemán: si las ilusiones, las palabrerías, las falsas visiones, la masa, el individualismo, el psicoanálisis, las drogas, la religión, la pedagogía y las supercherías ideológicas compusieron, a su tiempo, un sistema psicoinmunológico, un excedente simbólico que habilitó una manera de sobrevivir, pues en el mundo actual ?podría decirse desde principios del siglo XX, cuando Sigmund Freud puso a punto el descubrimiento del inconsciente y se decretó la muerte de Dios: sistemas, para Sloterdijk, también perimidos? la humanidad ha quedado huérfana, tiranizada por la política de los expertos, por los políticos profesionales, por un medio ambiente cada vez más agresivo, y sin un dispositivo inmunitario de reemplazo. Haciendo esta salvedad: que desde el principio de los tiempos hubo excepciones a la regla. Supone bien: Nietzsche es una de esas excepciones, Sloterdijk otra. Lo que tendrían en común esos casos es que en todos el lenguaje se entiende como un órgano de la hipersensibilidad o de la compensación, el lenguaje y el habla aparecen siempre como síntoma y problema. Apenas se comprenden como portadores de afirmaciones y promesas, salvo para afirmar el carácter inauténtico y deficitario de las modalidades revestidas de una tonalidad festiva y prometedora de futuro, escribe Sloterdijk. Y sigue: quien habla, contrae deudas; quien continúa hablando, habla para saldarlas. El oído se educa a tal efecto para no dar crédito e interpretar su avaricia como conciencia crítica. Es un Nietzsche mutante contra la inercia lacaniana. En la promesa nietzscheana, Sloterdijk lee a uno de los últimos avatares contra el desencantamiento del mundo que el psicoanálisis cerró a cal y canto, heredero de una aristocracia neurasténica que, con todo, tuvo la virtud de alertar contra el ateísmo de barricada (y tiene) la virtud de hacerlo, ahora mismo, contra la vulgaridad consumista y una pulsión de muerte desatada. En la promesa nietzscheana, Sloterdijk lee un artefacto, una cosmología, una visión del mundo. Algo para lo cual has de cambiar tu vida.

Así las cosas, es posible decir que la globalización, por ejemplo, no sólo es consecuencia de una economía criminal sino también un sistema, desde que puede hablarse de mundo, que incluye una visión del mundo y una tecnología específica para operarla. Para Sloterdijk eso nació con los griegos, sus cosmólogos, geómetras, matemáticos, filósofos, navegantes. El mundo contemporáneo, casualidad o no, inspira al pensador alemán una cita de Theodor W. Adorno, que tal vez debería entenderse como un peligro, pero no un peligro susceptible de salvación (si el peligro no está infectado por un deseo de salvación). Dice Adorno que el propio vacío psicológico es sólo el resultado de la falsa absorción social. El tedio del que los hombres huyen simplemente refleja ese proceso de fuga al que desde hace tiempo están sujetos. Sólo así se mantiene vivo, hinchándose cada vez más, el monstruoso aparato de la distracción sin que haya uno solo que la encuentre. Contra esto, según Sloterdijk, sólo es posible una antropología de la obstinación. Si en un primer momento la encontró en el parque humano y sus normas (sus rebaños dirigidos por pastores, sin aclarar nunca quiénes debían ser los pastores y quiénes eran el rebaño), en este libro el hombre ataca tout court a la religión, argumentando que la religión tuvo consistencia temporal, pero que el tan mentado retorno de la religión no es más que una operación de marketing a escala global porque lo que sí existe, aislados, ahora y desde hace 2500 años, es la vida como ejercicio; es decir, ejércitos aislados de gimnastas que trabajan por la apertura de un horizonte ontológico inédito, forjando, bajo la tutela de la piedra que inspiró a Rilke el verso que da título a este libro, una inmunidad nueva, que permita al hombre exponerse a situaciones de riesgo extremo, obligados a disponer de procedimientos simbólicos igual de nuevos, capaces de curar ese extrañamiento de base, esa indigencia que adviene al lenguaje antes de caminar, esa división subjetiva de la que habla Lacan y que Sloterdijk entiende que el atletismo espiritual es capaz de curar. Desde los ascetas de los páramos del Medio Oriente hasta los astronautas, el último Foucault y quienes lo siguen, los ciclistas, los baldados y los insuficientes que se obstinan en barrer el cansancio y la depresión que acechan al Occidente post-apocalíptico, hasta los artistas del hambre, los poetas, los brahmanes y los indignados por la imposibilidad de la autotransformación, en esa suerte de comunidad sin estatuto de masa está el dios en la máquina de este prodigio textual que mal que le pese al psicoanálisis lacaniano, por no tocar lo real que afecta al sujeto del siglo XXI, justamente lo que no tiene cura, es una extraordinaria máquina de parir historias, emociones, ilusiones: de cara a la muerte que no parece un vacío.

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