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Arts ?No me interesa degradar el idioma en jerga?

Por esta deriva es que vemos fracasar muchas de las formas tradicionales de la autoridad. En este sentido, considero que sería vano hablar de una crisis de la autoridad en nuestro tiempo. Desde hace algún tiempo mi principal interés, en la enseñanza del psicoanálisis, radica en el intento de transmitir los conceptos más arduos sin apelar a tecnicismos.  T : Es un aspecto del libro la claridad expositiva con que se encuentra escrito, ¿cuál es el propósito de escribir un libro de divulgación.

El libro, publicado por la editorial Letra Viva, aborda esos problemas por fuera de cierta jerga, en la tradición que el autor reivindica como una herencia de Francois Dolto y Donald Winnicot.

 

Lutereau es doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA) y Magister en Psicoanálisis por la misma universidad, donde se desempeña como docente e investigador. Entre sus libros, Los usos del juego y ¿Quién le teme a lo infantil?

 

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

T : Desde el título, el libro remite al ensayo de Borges, El idioma de los argentinos, y en el campo específico del psicoanálisis lacaniano, al de Jorge Baños Orellana, El idioma de los lacanianos. ¿Cuál es el sentido de esta doble referencia cruzada?

L : Agradezco la explicitación de esas referencias. En efecto, el título del libro indica esa doble mención. Y por cierto, tanto en una vía como por la otra, se apunta a lo mismo: lo infantil es un modo de hablar; a partir de la relación que el niño mantiene con el lenguaje pueden reconocerse esos modos de vivir y de ser que llamamos infancia. Asimismo, los ensayos breves reunidos en el libro tienen una procedencia específica. La mayoría de ellos fueron publicados como notas periodísticas en diferentes medios gráficos, con el formato de artículos de divulgación que debían responder a cuestiones concretas y cotidianas. Desde hace algún tiempo mi principal interés, en la enseñanza del psicoanálisis, radica en el intento de transmitir los conceptos más arduos sin apelar a tecnicismos. No me interesa degradar el idioma en jerga. Hoy día, considero más importante el retorno a la experiencia analítica antes que el esclarecimiento de obras particulares. Por eso, al redactar y revisar El idioma de los niños siempre tuve en mente los esfuerzos de Francois Dolto y Donald Winnicott por llegar al público amplio, sin concesiones. La rigurosidad no puede estar en los términos utilizados, sino en la encrucijadas clínicas que se delimitan.

 

T : Uno de los hallazgos del libro radica en el modo en que intentás precisar la posición infantil de nuestro tiempo, ¿qué ocurre hoy en día, cuando encontramos que muchas veces los niños se muestran desinteresados frente a las formas habituales de la autoridad?

L : En efecto, suele tratarse de niños que exceden las demandas escolares: no sólo no estudian, sino que ni les interesa; no responden a las sanciones, y por lo tanto, para ellos las malas notas se vuelven ineficaces; en definitiva, niños que no se sitúan respecto del signo de amor del otro. Esta circunstancia contemporánea es un dato de partida que requiere algún tipo de esclarecimiento. En principio, considero que sin duda las nuevas tecnologías han tenido un papel en este asunto. Sería difícil determinar si se trata de un rol protagónico, ya que el psicoanálisis poco puede decir sobre las situaciones sociales que acontecen -no tanto como lo que podrían decir la sociología y la antropología-, pero cabría reconocer que existe una coordenada de relación novedosa a partir del momento en que los niños detentan un saber del que los adultos están en falta. Por ejemplo, ¿no es notorio que muchas veces somos los grandes quienes pedimos a un niño que actualice el antivirus de la computadora? ¿No suele ocurrir que veamos niñas de 4 o 5 años manejando una Tablet con absoluta destreza? Sin ir más lejos, mi hijo de apenas un año toma mi celular y desliza el dedo por la pantalla en busca de producir efectos? De acuerdo con estos términos, ¿qué podría decir un adulto a un niño, cuyo saber se encuentra expuesto y ya no supuesto? Por esta deriva es que vemos fracasar muchas de las formas tradicionales de la autoridad. Desesperados llegan al consultorio esos padres que ya no pueden decir con satisfacción Te lo digo yo, porque soy tu padre. En nuestros días, los niños pueden responder fácilmente a esta coyuntura, que antes quedaba a salvo de la interrogación. ¿Y quién sos vos para decir eso?, argumentan los niños. A la sumisión de otra época, los niños de nuestro tiempo ofertan un modo de poner en cuestión los semblantes que difícilmente podríamos confundir con la rebeldía. En este sentido, considero que sería vano hablar de una crisis de la autoridad en nuestro tiempo. En todo caso, considero que la autoridad ha variado su modo de ejercicio. Hoy en día, los niños ya no aceptan que se les digan las cosas porque sí (o porque no), sino que apuntan ?más que nunca? al deseo en que se sostiene la palabra del adulto. Ya no alcanzan las funciones anónimas de la autoridad (padre, madre, profesor, etcétera.) sino que es preciso su fundamentación en una palabra auténtica. Sin duda esto hace vacilar cualquier pesimismo.

 

T : A propósito de lo que mencionás respecto del fracaso de lo infantil (otro de los temas del libro), subrayás modos de presentación del padecimiento que no se reconducen al síntoma, como el aburrimiento o la tristeza, ¿podrías ampliar esta idea?

L : Vivimos una época de niños entretenidos, ¿qué es un niño triste? La tristeza en los niños es muy distinta a la de los adultos. Para estos, la tristeza está vinculada principalmente con las frustraciones que la realidad imprime a sus proyectos. Un adulto entristece cuando siente que no puede expandir su deseo en alguna dirección ?incluso a costa de realizar ese deseo, ya que la mayoría de las personas sólo necesita imaginar lo que va a hacer, en lugar de hacerlo. Los niños no tienen esta relación con la capacidad de desear. Sus expectativas nunca suponen un largo plazo; en todo caso, ellos viven el futuro como una extensión actual del presente. El horizonte temporal, con su fugacidad irrecuperable, que hace del pasado un tiempo que ya no existe, es algo propio del mundo de los adultos. Por eso es tan corriente que la mejor representación del niño eterno (ese que llamamos Peter Pan) sea la de alguien que no quiere crecer. Por lo tanto, no es a través del golpe que el tiempo imprime al deseo la causa de la tristeza en los niños. Tampoco a partir de las más diversas privaciones. Estas últimas suelen producir enojo. A decir verdad, si bien ésta indica un afecto más o menos constante en la infancia, lo cierto es que también implica una especie de límite, ese punto en el que un niño puede aparecer bajo otro ángulo: como forzado a una madurez precipitada. La tristeza en los niños no se da cuando las cosas no salen como se esperaba ?eso que en los adultos empuja a la realización de un duelo?, sino que se produce cuando el niño deja de contar con algo con lo que contaba. En ambos casos se trata una pérdida, pero son pérdidas diferentes. Es corriente ver que los niños salgan indemnes ante la noticia de la muerte de un abuelo (u otro familiar), incluso respecto de la separación de los padres, mientras que por ejemplo, el extravío de una mascota puede sumirlos en el más profundo pesar. No se trata da la pérdida de un objeto cotidiano, también podría tratarse de una modificación del lugar de vacaciones. La tristeza de un niño se produce cuando se altera esa circunstancia en la cual apoyaba su capacidad para jugar. Ya no se trata de que aparezcan síntomas ruidosos o grandes quejas, porque incluso hasta el niño aburrido tiene recursos como para denunciarlo a viva voz, sino que el niño triste queda sumido en un ensimismamiento que, como tal, es ajeno a la infancia. Lo primero que pierde un niño triste es la curiosidad.

 

T : Y ¿de qué modo vinculás estas coordenadas de aparición de lo infantil con las demandas propias de la escuela (que suelen enviar a los niños rápidamente al psicólogo)?

L : Hace tiempo vengo reflexionando sobre estos temas, en particular sobre la escuela, antes que asumir una actitud defensiva frente a los maestros y educadores. En efecto, en un libro reciente (Posiciones perversas en la infancia, escrito junto con Lujan Iuale y Santiago Thompson) pude notar que la demanda creciente de las escuelas tiene un fundamento. Hoy en día los niños no suelen llegar a una consulta por los viejos motivos de inhibición del saber o fracaso escolar (en el sentido cognitivo), sino por vías más complejas: trastornos de la conducta, desbordes emocionales, desafíos a la autoridad. Sin ir más lejos, por algo la nueva versión del DSM incluye también en su espectro la rebeldía como una forma de patología. Sin embargo, el DSM-V también incluye el duelo como una situación patológica? En este punto, ¿no deberíamos preguntarnos si esta proliferación de diagnósticos prêt-à-porter no responde más al imperativo de salud de una época (que restringe cada vez más la posibilidad de salirse un poquito del sistema) que a un interés por la subjetividad? Hasta hace unos años, una publicidad de analgésicos promocionaba la efectividad para erradicar el dolor de cabeza, hoy en día otra publicidad de un producto semejante nos invita a no parar ni un minuto, a vivir una vida de producción constante, en la que cualquier detención es patológica porque implica perder el tiempo. ¿No perdemos más tiempo cuando no queremos perder nada (de tiempo)? Por esta vía, entonces, la presencia de salud se vuelve ausencia crónica de malestar, la realización personal es una producción constante y exponencial. En definitiva, se nos ha quitado la posibilidad de crecer a través del conflicto. ¿Quién habla hoy por hoy de las crisis vitales a través de las cuales se torna necesario descubrir ciertos límites personales, volver a preguntarse por los intereses propios y los objetivos de nuestras elecciones más significativas?

 

T : Es un aspecto del libro la claridad expositiva con que se encuentra escrito, ¿cuál es el propósito de escribir un libro de divulgación?

L : No veo un signo negativo en la divulgación. Como decía al comienzo, aprecio mucho los esfuerzos de Dolto y Winnicott. Además, en lo personal consideré esta circunstancia como una prueba de fuego para exponer las intuiciones compiladas en este libro: pueden llevar el tono de la divulgación sin implicar vulgaridad. Eso espero. Y, si me permitís, agrego que muchas veces esta última se encuentra más en los escritos que aparentan academicismo, o se esconden detrás de un vocabulario especializado, que en los libros que transmiten una experiencia. En nuestros días se escriben más libros sobre libros (que explican autores, historia de conceptos) que libros de psicoanálisis propiamente dicho. Muchos más libros que dicen lo que el psicoanálisis debe ser, con un cierto dejo normativo y prescriptivo, que libros que comenten el modo en que se lo práctica en las circunstancias actuales. Por eso valoro mucho la obra de Pablo Peusner, a quien está dedicado El idioma de los niños (y con quien escribimos ¿Quién teme a lo infantil?), ya que su enseñanza, su modo de delimitar problemas clínicos, refleja no sólo el modo en que para mí comenzó el interés por el psicoanálisis con niños, sino también una cierta ética para comunicar resultados de trabajo.

 

 

 

 

Télam
17/08
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UNA TEORÍA DEL ESCAPE

Justamente, no se trata de un lugar sino de romper con las ilusiones, las palabrerías, las falsas visiones, la masa, el individualismo, el psicoanálisis, las drogas, la religión, la pedagogía y las supercherías ideológicas. En la promesa nietzscheana, Sloterdijk lee un artefacto, una cosmología, una visión del mundo. Sloterdijk despliega una teoría de la condición humana y una teoría del escape (de la condición humana).

Para armar una teoría del escape no es necesario que lo real sea insoportable o que la muerte espere al final del camino; la muerte llega puntual, a la hora que corresponde, no pregunta si uno se ha perfeccionado, o si ha intentado traspasar mediante ejercicios espirituales o gimnásticos el sustrato biológico que guarda ?esconde? un excedente para el que se supone habría que prepararse porque lo querramos o no, el imperativo categórico que permite hacerle frente al último de los desfiladeros es automático, anónimo: Has de cambiar tu vida, como repite el filósofo alemán Peter Sloterdijk en su último gran libro. O como lo dijo Aristóteles a través de Platón: el hombre es superior a sí mismo.

Sloterdijk es un hombre de ideas fuertes, que juega fuerte, aprovecha perfectamente su dominio de la oratoria y la escritura, está en la televisión, sabe provocar: las discusiones con Jürgen Habermas y con Axel Honneth, dos pensadores, tributarios de la Escuela de Frankfurt, hicieron mucho más que sus libros por forjar un prestigio que nadie discute, entre otras cosas, porque sus ideas parecen salir de la galera de un mago, aunque nadie niega que su tutor es un Friedrich Nietzsche muy al borde del extrañamiento. En Has de cambiar tu vida, también aparecen Rainer Maria Rilke, Franz Kafka, Michel Foucault. Es un libro de casi seiscientas páginas. Es una apuesta alta. Sloterdijk despliega una teoría de la condición humana y una teoría del escape (de la condición humana). ¿Eso es posible? ¿Para ir a qué lugar, si se trata de un lugar? Justamente, no se trata de un lugar sino de romper con las ilusiones, las palabrerías, las falsas visiones, la masa, el individualismo, el psicoanálisis, las drogas, la religión, la pedagogía y las supercherías ideológicas. Y entonces, ver. La serie permite detectar ciertas preferencias del alemán: si las ilusiones, las palabrerías, las falsas visiones, la masa, el individualismo, el psicoanálisis, las drogas, la religión, la pedagogía y las supercherías ideológicas compusieron, a su tiempo, un sistema psicoinmunológico, un excedente simbólico que habilitó una manera de sobrevivir, pues en el mundo actual ?podría decirse desde principios del siglo XX, cuando Sigmund Freud puso a punto el descubrimiento del inconsciente y se decretó la muerte de Dios: sistemas, para Sloterdijk, también perimidos? la humanidad ha quedado huérfana, tiranizada por la política de los expertos, por los políticos profesionales, por un medio ambiente cada vez más agresivo, y sin un dispositivo inmunitario de reemplazo. Haciendo esta salvedad: que desde el principio de los tiempos hubo excepciones a la regla. Supone bien: Nietzsche es una de esas excepciones, Sloterdijk otra. Lo que tendrían en común esos casos es que en todos el lenguaje se entiende como un órgano de la hipersensibilidad o de la compensación, el lenguaje y el habla aparecen siempre como síntoma y problema. Apenas se comprenden como portadores de afirmaciones y promesas, salvo para afirmar el carácter inauténtico y deficitario de las modalidades revestidas de una tonalidad festiva y prometedora de futuro, escribe Sloterdijk. Y sigue: quien habla, contrae deudas; quien continúa hablando, habla para saldarlas. El oído se educa a tal efecto para no dar crédito e interpretar su avaricia como conciencia crítica. Es un Nietzsche mutante contra la inercia lacaniana. En la promesa nietzscheana, Sloterdijk lee a uno de los últimos avatares contra el desencantamiento del mundo que el psicoanálisis cerró a cal y canto, heredero de una aristocracia neurasténica que, con todo, tuvo la virtud de alertar contra el ateísmo de barricada (y tiene) la virtud de hacerlo, ahora mismo, contra la vulgaridad consumista y una pulsión de muerte desatada. En la promesa nietzscheana, Sloterdijk lee un artefacto, una cosmología, una visión del mundo. Algo para lo cual has de cambiar tu vida.

Así las cosas, es posible decir que la globalización, por ejemplo, no sólo es consecuencia de una economía criminal sino también un sistema, desde que puede hablarse de mundo, que incluye una visión del mundo y una tecnología específica para operarla. Para Sloterdijk eso nació con los griegos, sus cosmólogos, geómetras, matemáticos, filósofos, navegantes. El mundo contemporáneo, casualidad o no, inspira al pensador alemán una cita de Theodor W. Adorno, que tal vez debería entenderse como un peligro, pero no un peligro susceptible de salvación (si el peligro no está infectado por un deseo de salvación). Dice Adorno que el propio vacío psicológico es sólo el resultado de la falsa absorción social. El tedio del que los hombres huyen simplemente refleja ese proceso de fuga al que desde hace tiempo están sujetos. Sólo así se mantiene vivo, hinchándose cada vez más, el monstruoso aparato de la distracción sin que haya uno solo que la encuentre. Contra esto, según Sloterdijk, sólo es posible una antropología de la obstinación. Si en un primer momento la encontró en el parque humano y sus normas (sus rebaños dirigidos por pastores, sin aclarar nunca quiénes debían ser los pastores y quiénes eran el rebaño), en este libro el hombre ataca tout court a la religión, argumentando que la religión tuvo consistencia temporal, pero que el tan mentado retorno de la religión no es más que una operación de marketing a escala global porque lo que sí existe, aislados, ahora y desde hace 2500 años, es la vida como ejercicio; es decir, ejércitos aislados de gimnastas que trabajan por la apertura de un horizonte ontológico inédito, forjando, bajo la tutela de la piedra que inspiró a Rilke el verso que da título a este libro, una inmunidad nueva, que permita al hombre exponerse a situaciones de riesgo extremo, obligados a disponer de procedimientos simbólicos igual de nuevos, capaces de curar ese extrañamiento de base, esa indigencia que adviene al lenguaje antes de caminar, esa división subjetiva de la que habla Lacan y que Sloterdijk entiende que el atletismo espiritual es capaz de curar. Desde los ascetas de los páramos del Medio Oriente hasta los astronautas, el último Foucault y quienes lo siguen, los ciclistas, los baldados y los insuficientes que se obstinan en barrer el cansancio y la depresión que acechan al Occidente post-apocalíptico, hasta los artistas del hambre, los poetas, los brahmanes y los indignados por la imposibilidad de la autotransformación, en esa suerte de comunidad sin estatuto de masa está el dios en la máquina de este prodigio textual que mal que le pese al psicoanálisis lacaniano, por no tocar lo real que afecta al sujeto del siglo XXI, justamente lo que no tiene cura, es una extraordinaria máquina de parir historias, emociones, ilusiones: de cara a la muerte que no parece un vacío.

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Sports ?No creo que exista un sistema literario profesionalizado porque no existe un mercado?

Luis Gusmán nunca dejó de estar en ese cruce con el psicoanálisis. Como diría Lacan, se trata de uno por uno: la rapport psicoanálisis literatura tampoco existe. G: Otium Ediciones se inició hace algunos años en Tucumán con la colección de psicoanálisis llamada Intervenciones. GG: No creo que exista un sistema literario profesionalizado porque no existe un mercado. GG: Nanina le debe su actualidad a la decisión de Piglia de crear la Serie Recienvenidos y a la Editorial FCE.

Cancha Rayada es reeditada por las ediciones Otium, que nació para dar lugar a ciertos textos de psicoanálisis y se extendió ahora a la literatura -la otra autora es Graciela Avram, y sus posibilidades de continuación permanecen abiertas.

García nació en 1944 en Junín. Su primera novela, Nanina, se publicó en 1968 y en 1970, Cancha Rayada, las dos en la editorial Jorge Alvarez. En 1973, junto a Osvaldo Lamborghini y Luis Gusmán, funda la revista Literal. En 1974 acompaña a Oscar Masotta en la fundación de la Escuela Freudiana de la Argentina. En 1979 vive en Barcelona. En 1985, vuelve a la Argentina. Es miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

Publicó, entre otros libros, La entrada del psicoanálisis en la Argentina; Macedonio Fernández, la escritura en objeto; Gombrowicz, el estilo y la heráldica; El psicoanálisis y los debates culturales; En torno a las identificaciones; y las novelas La vía regia, Perdido, Parte de la fuga y La fortuna.

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

T: ¿Cuál fue la razón por la que decidiste volver a publicar Cancha Rayada?

GG: Creo que Juan José Becerra, en su comentario publicado en Perfil, explica muy bien la función de inversión de Nanina que tuvo Cancha Rayada. Nada de testimonial, nada de literatura comprometida. Nicolás Hochman, por su parte, capta la presencia de Gombrowicz, la comicidad como una estrategia que no se parece al humor convencional. En fin, es un aparato que me sacó de un discurso previo y creó para mí otro horizonte. La importancia de Nanina es social, la de Cancha Rayada es personal.

T: La iniciativa, que además está acompañada de un texto nuevo de Graciela Avram, ¿pensás seguir sosteniéndola? Si fuera el caso, ¿qué seguirá en el listado? ¿Será sólo ficción?

G: Otium Ediciones se inició hace algunos años en Tucumán con la colección de psicoanálisis llamada Intervenciones. Otium Narrativa, que ahora comienza, es para marcar la presencia de ciertos libros. Cancha Rayada era de mi interés y Gloria, de Graciela Avram, tiene la particularidad de ser la última de un cuarteto que empieza con El destino de las almas y sigue con Extravíos, Nada que hacer y por último Gloria, que concluye. Otium seguirá con su colección de narrativa,  según como vengan las cosas.

T: ¿Cómo pensás puede caer Cancha... en el actual sistema literario argentino, mucho más profesionalizado que cuando la publicaste por primera vez?

GG: No creo que exista un sistema literario profesionalizado porque no existe un mercado. Las teorías salvajes, un libro excelente de Pola Oloixarac, encontró un camino propio sin compartir lo que se supone que son los clichés obligados de la época. Lo mismo se puede decir de Los topos de Bruzzone... y muchos otros que surgen de diferentes editoriales que convierten en mercado la ausencia de mercado. Cuando se publicó Cancha Rayada la Editorial Jorge Álvarez tuvo que cerrar por esos días,  el libro quedó a la deriva... ahora llegó a lo que será su lento futuro.

T: ¿Y qué decir sobre el espíritu revulsivo de esa novela en la actualidad? Sospecho que sabés que existen narradores hoy que le deben mucho más al grupo (si es que lo eran) que componían entonces los Lamborghini, Gusmán, Libertella, Briante, etcétera, que toda la cosa del boom?

GG: El boom fue dejado de lado en Literal. Allí propuse lo que llamé una literatura de la dispersión (diáspora) que incluía autores como José Agustín de México, Eugenio Trías de Barcelona, Alberto Cardín también de España. Y aquí, entre nosotros, no había notables. Éramos cualquiera. Eso llegó hasta la actualidad por el empujón de Fogwill, la importancia de César Aira. Además, Susana Constante fue rescatada por la colección de Ricardo Piglia. María Moreno, también de Literal, hizo lo suyo. Briante recuperado por Ricardo Piglia no estuvo relacionado con los demás nombres que proponés. Y en cuanto a Lamborghini y Gusmán cada uno siguió un camino diferente (no hablo de los Lamborghini, porque eso fue un invento posterior. Osvaldo iba por un lado y Leónidas por otro).

T: Sé que la reedición de Nanina anduvo muy bien. ¿Algo de eso influyó para darle vida a este proyecto?

GG: Nanina le debe su actualidad a la decisión de Piglia de crear la Serie Recienvenidos y a la Editorial FCE. Mi proyecto editorial es un juguete que tiene su valor táctico. Escribí otra novela, Miserere, que trataré de publicar en alguna editorial.

T: Finalmente, ¿sabés que algunos de tus amigos o ex analizantes tienen (tenemos) una relación muy fuerte con la literatura y también (muchos) con el psicoanálisis? ¿Qué pensás al respecto? ¿A cuáles elegirías, sin concurso de exhaustividad?

GG: Fui sorprendido por un libro de Pablo Chacón, cuyo tono de manera retrospectiva se relacionó con el libro de Mauro Libertella sobre su padre. Una manera similar de presentar el dolor y la soledad en ciertos momentos límites. Luis Gusmán nunca dejó de estar en ese cruce con el psicoanálisis. Liliana Heer, Isabel Steinberg y Silvia López son tres voces para tener en cuenta. Como diría Lacan, se trata de uno por uno: la rapport psicoanálisis literatura tampoco existe.

Télam
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Arts Bauman y el psicoanálisis

Sobre psicoanálisis y el futuro del mundo líquido, de Zygmunt Bauman y Gustavo Dessal, es una de las novedades literarias de la editorial Fondo de Cultura Económica. Producto del encuentro entre Bauman, uno de los más importantes pensadores contemporáneos, y Dessal, reconocido psicoanalista, el libro propone un diálogo entre las disciplinas de la sociología y el psicoanálisis, tomando como punto de partida la figura de Sigmund Freud.

El retorno del péndulo. Sobre psicoanálisis y el futuro del mundo líquido, de Zygmunt Bauman y Gustavo Dessal, es una de las novedades literarias de la editorial Fondo de Cultura Económica. Producto del encuentro entre Bauman, uno de los más importantes pensadores contemporáneos, y Dessal, reconocido psicoanalista, el libro propone un diálogo entre las disciplinas de la sociología y el psicoanálisis, tomando como punto de partida la figura de Sigmund Freud. A su vez, el debate actúa como disparador para invitar a reflexionar de manera incesante sobre la sociedad en la que vivimos.

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Arts People Tech Sports ?En su última enseñanza, Lacan se separa cada vez más del modelo simbólico para entender por qué el hombre no es una máquina"

Freud se propuso hacer del psicoanálisis una ciencia natural. Lo cual considero que nos obliga a repensar el estatuto científico del psicoanálisis.  S: Creo que los dos acercamientos se basan en la necesidad de repensar el objeto del psicoanálisis. Para Lacan el psicoanálisis debía ser una ciencia, pero una ciencia humana, no una ciencia natural. La preocupación básica de Lacan es defender en lo posible el estatuto científico del psicoanálisis.

 El libro, publicado por la editorial Letra Viva en su colección Teoría Psicoanalítica, lleva un prólogo del también psicoanalista, escritor y editor Luciano Lutereau.

 

Stchigel es doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA) y magister en Psicoanálisis por la Universidad Argentina John F. Kennedy. Publicó, entre otros libros, Elogio de la seriedad, Pseudociencia, La simulación de lo real y Dinámica de las partículas humanas.

 

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

 

T : ¿Cuál era la relación que tenía Lacan con la cibernética, con Norbert Wiener y Alan Turing en particular?

 

S : Lacan era un lector voraz. Dicen que mientras iba a sus clases de medicina leía El Capital de Marx. Sus intereses intelectuales superaban con mucho al psicoanálisis, y siempre estaba atento a las novedades en materia científica y filosófica. Cuando empezó a dictar sus seminarios, la cibernética estaba de moda. Aparecieron los primeros escritos de divulgación científica dedicados a ese tema. Todo lo que Lacan leía terminaba sirviendo como material para sus seminarios. De todos modos, él era consciente de que su objetivo era la formación de los psicoanalistas. Por eso utilizaba todos esos conocimientos al servicio de la lectura de los textos freudianos. Freud también era un lector voraz, de una gran cultura, y era consciente de que, para inventar una nueva ciencia, debía recurrir a otros discursos científicos, y pensar su tema por analogía. Las fuentes de Freud, para hacerlo, eran la medicina, la psicología, los clásicos de la literatura, y ciencias naturales como la física y la biología. Freud se propuso hacer del psicoanálisis una ciencia natural. La situación en la época de Lacan era distinta. El positivismo estaba en retroceso por entonces, y algunas teorías biológicas y psicológicas en las que Freud se había apoyado estaban en desuso. Lacan sostenía en los primeros seminarios la necesidad de una vuelta a Freud. Pero esa vuelta implicaba también un aggionamiento del discurso psicoanalítico. Lacan entendía que la corriente psicoanalítica llamada Psicología del Yo había perdido de vista el dato fundamental del psicoanálisis, que era el del funcionamiento del inconsciente, mientras que el kleinismo se había excedido en sus fantasías sobre el pensamiento arcaico que creía ver tras el comportamiento de los niños. Lacan quería ser fiel a Freud, y a la vez dotar al psicoanálisis de una seriedad científica acorde con la época. Por otra parte, entendía que al ocuparse del hombre de un modo no reduccionista, ya no bastaba con utilizar la termodinámica, que era la única rama de la ciencia que en la época de Freud tenía cierta flexibilidad transdisciplinaria. En los años 50 del siglo veinte se desarrolló la primera transdisciplina, la cibernética de Norbert Wiener, que había demostrado tener incluso una eficacia tecnológica. Además, se definía como una ciencia que se ocupaba del comportamiento en animales y máquinas. Proponía realizar máquinas que fueran capaces de comportarse como animales. Pero además entendía que podía aportar también al conocimiento de la conducta humana, de un modo no conductista, que tuviera en cuenta la complejidad de las conexiones neuronales, la capacidad de aprendizaje, e incluso podía ofrecer modelos de la conducta obsesiva. Este último punto debió llamar especialmente la atención de Lacan, pues en ese momento estaba ocupado de la relectura del Proyecto de psicología para neurólogos  de Freud, que se basaba en un modelo de redes neuronales bastante clarividente. Y no es posible dejar de lado el hecho de que el automatismo de repetición del neurótico permite pensar en un inconsciente maquinal, que funciona como una máquina de calcular cuando se le plantea un problema al que le falta algún dato, lo cual hace que la máquina empiece a dar vueltas en círculo. Que Lacan leyó a Wiener es indudable, pues lo cita explícitamente en el Seminario 2. Y si bien no hace mención de Turing, sí se refiere a las máquinas de calcular de ese momento, que eran las primeras computadoras, y que funcionaban a partir del modelo de Turing para la elaboración de una máquina universal, es decir, capaz de realizar cualquier operación conforme a un programa con un código que determine la salida para cada entrada de información.

 

T : Esta relación (no sé si llamarla así), ¿es una consecuencia de su cercanía al estructuralismo, o a Lévi-Strauss más específicamente?

 

S: Creo que los dos acercamientos se basan en la necesidad de repensar el objeto del psicoanálisis. Para Lacan el psicoanálisis debía ser una ciencia, pero una ciencia humana, no una ciencia natural. Las transdisciplinas le ofrecían una posibilidad de introducir exactitud en el campo del psicoanálisis, que se había vuelto materia de doxa más que de episteme. Es decir, el psicoanálisis se parecía más a una materia opinable que a una disciplina racionalmente fundamentada. Para darle exactitud, en vez de ir hacia el origen, hacia lo arcaico, como lo hacen los mitos, había que buscar el fundamento, es decir, algo permanente, de carácter estructural, simbólico. El estructuralismo, como teoría general de los signos, una teoría que eliminaba los elementos místicos y fantasiosos en la lectura de las producciones simbólicas humanas, apuntaba en este sentido. Daba un marco de seriedad a las ciencias humanas, promoviendo un programa de investigación compartido, alejado de las explicaciones ad hoc inventadas por individuos geniales. Notarás que en el fondo de las investigaciones de Lacan lo que interesan son las cuestiones epistemológicas. La preocupación básica de Lacan es defender en lo posible el estatuto científico del psicoanálisis. Incluso al hacer del sujeto su objeto propio, señala que ese sujeto es el de la ciencia moderna. Con ello quiere señalar que si el psicoanálisis no es aceptado como una ciencia, al menos debe pensarse en relación con ella, como una sombra que la sigue y le da sentido, que la completa, cuestionándola, pero sin traicionarla. La cibernética es independiente del estructuralismo, pero también se ocupa de lo simbólico. Sólo que tiene la ventaja de establecer el diseño de un sistema procesador de símbolos en acto, y considera su posibilidad de fallo. Es decir, es mucho menos abstracta que el estructuralismo. Diría que plantea hasta qué punto un sistema simbólico puede encarnar en un cuerpo, y en si esa encarnación pude generar traspiés en su funcionamiento. Pensemos que cuando Lacan desarrolla el grafo del deseo, para él la pulsión es el modo en que el cuerpo es fragmentado por el sistema simbólico que encarna en ese cuerpo. Es lo que llama por entones el aparejo del cuerpo. Y en el seminario de los cuatro conceptos fundamentales, al hacer referencia al estructuralismo, y al señalar que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, señala que es el traspié, aquello que falla, lo que permite un acceso al inconsciente. Es decir, el inconsciente estructural era demasiado cerrado y completo para que permitiera compender el funcionamiento del inconsciente. Además, el sujeto va de significante en significante, pero siempre escapa a la posibilidad de ser apresado por lo simbólico. No es posible definir el significado de un nombre propio.

 

T : ¿Cuáles fueron las consecuencias?

 

 

S : Mi hipótesis es que la consecuencia de este encuentro inicial con la cibernética es la formulación del grafo del deseo, que constituye el modelo más completo que haya elaborado Lacan para poner en relación todos los conceptos del psicoanálisis para darnos un modelo del funcionamiento del sujeto, entendido como un cuerpo viviente en el que encarna un sistema simbólico. Claro que a la vez que da un cierre a su período simbólico de pensamiento, abre interrogantes que lo van alejando cada vez más de la cibernética, en la medida en que ella no nos permite comprender la diferencia entre un cuerpo mecánico y un cuerpo viviente, entendido este último como un cuerpo que goza.

 

 

T : ¿Y su relación con la clínica?

 

S : Cuando un sujeto actúa mecánicamente, no puede adaptarse al medio social. Pero esa actuación mecánica surge de la imposibilidad de lograr que la sociedad acepte la singularidad de su deseo, y sus modalidades de goce. Es decir, es porque el sujeto no puede reducirse a un mecanismo con una adaptación perfecta al medio, que desarrolla su propio modo, aunque mecánico, de satisfacer su deseo. Para Lacan, la clínica se plantea como una manera de desarticular ese mecanismo, o al menos de hacer algo creativo con el síntoma. Pero para eso la solución no está en someterse al sistema simbólico impuesto por la sociedad, que es justamente lo que hace que el deseo sólo pueda realizarse a través de esa transacción en la que el sujeto se manifiesta como una máquina fallida, y no como un cuerpo viviente. Con lo cual se trata de identificarse con el propio deseo, un deseo que es siempre subversivo.

 

T : ¿Cómo pensás puede pensarse, desde estos supuestos, una crítica al cognitivismo?

 

S : El cognitivismo lo que propone es desactivar los comportamientos mecánicos, compulsivos, aumentando la adaptación a la realidad, que es siempre la realidad del sistema simbólico. Eso se hace a través del saber, de la identificación con el terapeuta entendido como persona racional y perfectamente adaptada. Es decir, se trata de ir por la vía contraria al deseo, para convertirse en una maquinaria al servicio del sistema productivo.

 

 

T : Finalmente, ¿cómo impactan estos descubrimientos de Lacan en la última época de su enseñanza?

 

S : En la época de su última enseñanza Lacan se separa cada vez más de su modelo simbólico del sujeto, precisamente para comprender en qué sentido el hombre no es una máquina. ¿Qué es esa necesidad que entra al grafo y sale realizada como identificación? ¿En qué se diferencia un cuerpo viviente de un sistema mecánico? ¿Qué papel juega el sinthome para la constitución de la singularidad del sujeto? El tema del goce se perfila para Lacan como un intento por volver a pensar al sujeto en aquello que lo hace irreductible a una máquina. Lo cual considero que nos obliga a repensar el estatuto científico del psicoanálisis.

Télam
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Arts Tech People Sports Las voces de la psicosis

No son solo los familiares, que en muchos casos no entienden qué le pasa al psicótico, quienes sufren las consecuencias. Lo que creo el propio Lacan intenta corregir es la idea de que al psicótico le faltaría la neurosis, y que por lo tanto el déficit es evaluable en esos términos. Muchas veces es el psicótico mismo quien lo padece y pide ayuda, y eso nos habilita a escucharlo y eventualmente a ofrecerle la posibilidad del psicoanálisis.

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El libro, publicado por la editorial Letra Viva en los próximos días, representa uno de los intereses fundamentales de su autor, quien incluso ha publicado un libro sobre la relación de Charly García a su voz.

 

Mazzuca también es docente en la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA) y publicó Una voz que se hace letra, La histérica y su síntoma y Ecos del pase, entre otros registros.

 

Esta es la conversación que sostuvo con Télam.

 

T : Este nuevo libro pareciera completar una serie con otros dos libros suyos, Una voz que se hace letra y La histérica y su síntoma, en torno al objeto voz en psicoanálisis, ¿cuál es la dirección que toma este nuevo trabajo al hacer de la alucinación auditiva el paradigma del síntoma psicótico.

 

M : Es cierto que los tres libros tienen como denominador común la temática de la voz en psicoanálisis, aunque el tema de las voces de las psicosis no completa la serie sino que la inicia. Porque si bien como libro es el último, el trabajo en torno a este tema fue más bien el punto de partida de una reflexión personal sobre el asunto. Está en los inicios de mi interés por el psicoanálisis. Incluso, el núcleo de lo que desarrollo en el libro ya estaba presente en un curso sobre el tema del diagnóstico y el tratamiento de las psicosis que dicté hace ya bastante tiempo. Por eso, diría que para mí la alucinación auditiva no es solamente, como afirma Lacan, el paradigma del síntoma psicótico; es, además, el caso que permite apreciar más nítidamente la dimensión de objeto que puede adquirir la voz en la experiencia psicoanalítica, tanto en las neurosis como en las psicosis. En este sentido, creo que es un punto de partida más que un punto de llegada. Seguro hay una cuestión de experiencia personal. De hecho, desde mis primeras lecturas de los primeros textos de Freud me llamó la atención que el rasgo que permitía distinguir el síntoma obsesivo del síntoma paranoico, es que las voces interiores se sonorizaran. De allí en más se abren unos cuántos problemas clínicos que creo se esclarecen solo a partir de que Lacan introduce la voz en la lista de sus denominados objetos a. Los temas de psicopatología fueron para mí una puerta de entrada. Luego me interesé en la incidencia de la voz en la clínica de la histérica, y por último en los vínculos entre las artes y la práctica analítica, en particular la música y la poesía. En ese sentido, mi trabajo de investigación sobre Charly García es ya un punto de llegada, y mí único interés tenía que ver con la pregunta acerca del vínculo entre la voz y la letra.

 

T : La cuestión de la voz pareciera resonar en el libro sobre su propia experiencia en el dispositivo analítico, Ecos del pase. Si bien este último libro toma de forma privilegiada los sueños, ¿en qué punto también la voz participó de este análisis?

 

M : Es cierto que se puede reconocer el mismo rasgo en Ecos..., y no creo que sea una casualidad. De hecho, no solo elegimos esa expresión para el título del libro sino que además decidimos que fuera el primer número de una colección publicada por el Foro Analítico del Río de la Plata cuyo título es Voces del Foro. Pero en ese caso lo importante es entender que se trata de la dimensión de la voz que interviene en el procedimiento del pase, que es un dispositivo propio de una Escuela de Psicoanálisis tal como la pensó Lacan, en este caso de la Escuela de Psicoanálisis del Campo Lacaniano. Y que los foros, que giran alrededor de una Escuela que es internacional, son como una suerte de caja de resonancia de lo que se puede elaborar a nivel de la Escuela y sus dispositivos, el cartel y el pase. Por eso, en tanto libro, no es una publicación mía; cuenta en la serie y a la vez no cuenta. De hecho, ni el título del libro ni el de la colección fue elegido por mí, aunque, por supuesto, no fue sin mi consentimiento. Lo que pude elaborar y transmitir de mi experiencia en los dispositivos del análisis y del pase no fue escrito en forma de libro, no tiene el mismo estatuto que los otros tres. Fueron ponencias presentadas en actividades de Escuela realizadas en foros de distintas ciudades. Allí, y en ningún otro lugar, hay que ubicar la incidencia de la voz. Es en ese nivel que interviene; luego vienen los ecos y las voces del foro, pero eso ya es otra cosa. En cuanto a mi experiencia como analizante y como pasante, si bien es cierto que los sueños fueron aquello que funcionó como huella y camino, por así decir, de la elaboración propiamente analítica, sin ninguna duda la subjetivación de la mirada y la voz (sobre todo esta última), fue lo que estuvo en juego a la hora de resolver el análisis y tomar partido por el ejercicio de la profesión. Como sostengo en mis testimonios, ciertos sueños pueden cumplir en un análisis la función de indicar la relación del sujeto a la causa de su deseo, ya sea esta causa de carácter escópico o invocante. En cualquier caso, la voz o las voces siempre intervienen.

 

T : De regreso al libro, una hipótesis de su ensayo es ubicar la particular posición subjetiva del psicótico, a expensas de cualquier teoría del déficit (por ejemplo, al pensar que al psicótico le faltaría la neurosis), ¿cuál es el alcance de esa apuesta?

 

M : Es un tema controvertido y, a mi gusto, no siempre bien encarado. Que el sujeto psicótico en muchos casos padece por las consecuencias de un déficit en el nivel de la simbolización, es un hecho clínico verificable, y no me parece que tenga mucho sentido desconocerlo. No son solo los familiares, que en muchos casos no entienden qué le pasa al psicótico, quienes sufren las consecuencias. Muchas veces es el psicótico mismo quien lo padece y pide ayuda, y eso nos habilita a escucharlo y eventualmente a ofrecerle la posibilidad del psicoanálisis. Y creo que tanto esa escucha como esa oferta tienen que tener en cuenta ese déficit en la simbolización provocado por lo que Lacan denominó forclusión de la función significante del padre, por esa falta de simbolización del deseo paterno en su carácter legislativo respecto del deseo de la madre. Por mi parte, nada que objetar a esa primera tesis de Lacan. Lo que creo el propio Lacan intenta corregir es la idea de que al psicótico le faltaría la neurosis, y que por lo tanto el déficit es evaluable en esos términos. Así pudo entenderse inicialmente, pero eso tiene que ver con el hecho de que el dispositivo analítico fue inventado para tratar la neurosis, no la psicosis. Para el neurótico también hay una dificultad en la simbolización, y por esa razón Lacan amplió su perspectiva con el correr de su enseñanza, intentando siempre situar el modo en que cada quien, psicótico o neurótico, responde con su deseo y su síntoma al padecimiento de una dimensión de un real imposible de soportar. Más que déficit es suplencia del lapsus y la no relación entre el cuerpo, el viviente y la lengua.

 

T : Desde el mismo punto de vista, está clara su intención de no reducir la psicosis a un mecanismo, punto en el cual recurre a los primeros textos freudianos para demostrar cómo ubica un conflicto en el desencadenamiento psicótico. Ergo, una elección, ¿qué riesgos encuentra en la reducción del sujeto a una estructura anónima?

 

M : Ese es un punto verdaderamente importante. Ni Freud, ni Lacan, a pesar de haber dedicado mucho esfuerzo para precisar los mecanismos en juego en la formación de los síntomas, redujeron la psicosis o la neurosis a una cuestión mecánica. Más aún, para ellos ni siquiera el mecanismo es lo decisivo. Volviendo a la referencia princeps de Lacan, el significante nombre-del-padre no es, estrictamente hablando, un significante que pueda escucharse en la mecánica asociativa del relato neurótico, como tampoco puede localizarse en su discurso la sustitución de significantes que Lacan llama metáfora paterna. Se trata más bien de una manera de nombrar un elemento mítico y una operación que también lo es. En síntesis, la forclusión del nombre-del-padre no es la fórmula de un mecanismo, sino de la consecuencia de una toma de posición frente al deseo encarnado por un padre. Es un decirle que no a la posibilidad de que dicho deseo, por así decir, legisle las condiciones de lo deseante. Y así como suponemos una toma de posición del hablante, es decir del deseante, en el tiempo primero de la constitución subjetiva, también podemos reconocer una toma de posición semejante frente a los conflictos que afectan la vida del psicótico. Incluso haber rechazado el acto de nominación proveniente del padre, hace que algunos psicóticos encuentren una mayor libertad a la hora de procurarse o inventarse un nombre propio. No se trata, entonces, de abordar la psicosis como una estructura anónima.

 

T : De su libro podría desprenderse una tesis fuerte: no sólo hay un riesgo en la psiquiatrización del psicoanálisis, sino también en el psicoanálisis mismo cuando olvida su inspiración en el sujeto, ¿hasta qué punto existe una psicopatología psicoanalítica?

 

M : Depende qué se entienda por psicopatología psicoanalítica. Como dije anteriormente, mis primeras reflexiones sobre el tema del objeto voz en las psicosis, y parte de mi formación inicial en psicoanálisis, se la debo a mi participación en una cátedra universitaria que pretende enseñar una psicopatología psicoanalítica. Trabajo y enseño allí hace ya más de quince años, y puedo asegurar que más allá de los riesgos que existen en la transmisión del psicoanálisis en esa materia en particular y en la universidad en general (entre los cuales está el de borrar la dimensión del sujeto de la experiencia analítica y el de deslizar la enseñanza hacia la compresión de una semiología psiquiátrica con terminología psicoanalítica), la enseñanza se produce. En definitiva, la categoría psicopatología psicoanalítica quizá no sea más que una puerta de entrada para que el discurso analítico pase. Que el discurso universitario produce al sujeto, lo sabemos gracias a Lacan. Creo que todo depende de bromear con él y lograr trasladarlo hacia otros discursos. Y pienso que allí las voces son parte interesada en el asunto. Sería un buen tema de investigación.

 

Télam
22/07
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