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En Twitter, argentinos alterados

Lamentablemente, o no, la mejor forma que he encontrado de ser argentino es lejos de la Argentina. Es una consecuencia no deseada pero inevitable de la libertad de la palabra, que encuentra su contrapeso en la autorregulación de la comunidad virtual. Meses atrás, Twitter y Facebook habían sido escenario de las campañas #EPNvsInternet y #yamecanse, contra el gobierno del priísta Peña Nieto. Lo curioso es que, en su brutal transparencia, Twitter puede ser un espejo descarnado y hasta desafiante.

CIUDAD DE MÉXICO.- No creo ser muy original si confieso que en la Argentina de estos últimos años he perdido amistades a causa de las diferencias políticas. La culpa, si la hay, es tan mía como de aquellos con los que me distancié; y quizá no haya que buscar culpables, sino animarse a ver en qué nos hemos convertido.

Durante mucho tiempo, día tras día sentí en Buenos Aires que el clima social de desconfianza mutua, intolerancia cotidiana e ideologización extrema se convertía en un ambiente estéril y agresivo, y cuando consideré que las cosas habían traspasado un límite tomé la decisión, hace poco más de un año, de irme del país e instalarme en la Ciudad de México. Lamentablemente, o no, la mejor forma que he encontrado de ser argentino es lejos de la Argentina. Aunque, a veces, la omnipresencia de las redes sociales me hace dudar de eso.

 Foto: LA NACION  

La distancia tiene ventajas, desventajas y algo indescifrable y sorpresivo que aparece cada vez que entro en Facebook y Twitter mientras desayuno tranquilo en mi casa del Distrito Federal. Ese algo suele activarse con la intervención virtual de un argentino desde algún lugar del mundo y, en general, no depende tanto del contenido del post o del tuit como del tono empleado por quien está detrás de esa opinión. A mi manera de ver, es tan reconocible como un tic, un acento o una cicatriz.

Se trata de un aire, un talante cuyo estilo da por supuesta una claridad de pensamiento elevada y tiende a la burla o la condescendencia, como si los demás estuvieran condenados a ir por la vida uno o varios pasos por detrás de esa lucidez altisonante. Alardea de un saber siempre exclusivo, no conoce la autocrítica, confía más en el agravio que en el diálogo y, cuando se digna a prestarle atención al otro, corrige con ínfulas de maestro al borde del hartazgo a quien tiene su propia manera de pensar. Es una voz enamorada de sí misma, que se multiplica en opiniones categóricas y contundentes, más sobradora que indignada, amiga de la sanción irónica y orgullosa de un presunto abolengo canchero-barrial con el que cree distinguirse. Muy a mi pesar, yo la reconozco sin problemas porque crecí a su lado. Vista a lo lejos, podría ser la marca más enfática de la identidad nacional tuitera. Pero como digo que la reconozco, prefiero quitarle el disfraz y llamarla como lo que creo que es: el autoritarismo rampante de quien por alguna misteriosa e injustificable razón se cree un ser superior, el dueño de la verdad, el único con derecho a revelar los errores, las contradicciones y las hipocresías del resto de la comunidad.

Una y otra vez se ha dicho que la polarización salvaje de la sociedad argentina desembocó en un abismo insalvable, donde la defensa a ultranza de las posturas políticas ha enterrado los valores de la convivencia, como la reivindicación del consenso, la idea de que la opinión ajena puede enriquecer la propia y, sobre todo, la capacidad de aceptar la diferencia (por cierto, todos cimientos que construyen la idea de cultura). En las redes sociales, paraíso de la palabra democratizada y la diversidad de expresiones, la ansiedad por desacreditar la voz del otro deja más claro que nunca que los dos contendientes en el ring político argentino se nutren del mismo sustrato autoritario. Ejercer la burla para ubicarse en un peldaño moral inalcanzable, agredir al que tiene valores diferentes o tuitear alegremente que Néstor hace pis sobre los manifestantes a una marcha no es de izquierda ni de derecha, sino canchero, sobrador y pedante. La violencia y la petulancia no tienen ideología. O tal vez sí: la del autoritarismo de quien se ve a sí mismo ungido por una infalibilidad que le permite denigrar y acosar a los que cometieron el pecado de pensar en una dirección opuesta a la de uno.

El clictivismo diseminado en Facebook y Twitter transformó a cada usuario contemporáneo de Internet en un opinólogo en potencia, y a estas alturas del siglo XXI parece evidente que la lógica de las redes sociales estimula la sobreexposición indigesta de la cháchara global. Es una consecuencia no deseada pero inevitable de la libertad de la palabra, que encuentra su contrapeso en la autorregulación de la comunidad virtual. Hoy a nadie se le escapa que la cultura online se yergue sobre el estatus igualitario de todas las opiniones y el apoteósico clímax de la cantidad (de likes, de comentarios, de retuits). La diferencia no la hacen el pensamiento libre o la duda que dispara otras ideas, sino tener más likes que nadie. Y como todo da más o menos lo mismo, cualquiera puede irrumpir en una conversación con agravios o insultos y esperar el reconocimiento y la aceptación de los demás. Hasta el troll más nefasto tiene derecho a expresarse, y los especialistas ya han explicado que una buena estrategia para contener su ira consiste en ignorar la rabia y, al mismo tiempo, mantener el diálogo constructivo con quienes enriquecen tal o cual conversación. No sería el caso, digamos, de quienes crearon el hashtag #alexfreyrepelotudo para contrarrestar la escandalosa bajeza de un funcionario intolerante. Que al creador de #alexfreyrepelotudo le haya importado más que el hashtag alcanzara la cima global del trending topic que diferenciarse del orgullo autoritario dice mucho de los valores en juego en la conversación tuitera nacional.

En una época en que la tuitosfera se ha convertido en el último refugio del humor políticamente incorrecto (@drapignata, @malcomgomez, @coronelgonorrea, entre muchísimos otros), el caso argentino resulta más que llamativo porque los usuarios trenzados en la lucha ideológica se expresan con el mismo tono sabihondo, altivo e insultante que otros utilizan para hacer reír. En Twitter, el impacto de la denuncia del fiscal Nisman y la reciente desestimación de su causa constituyen los ejemplos más recientes de esa jactancia, empleada desde uno y otro bando para cruzar acusaciones irreconciliables que unieron en un penoso in crescendo a funcionarios, militantes y usuarios sobrepasados por la indignación.

Curiosamente, el pulso de las redes sociales va en sentido contrario. La democratización de la palabra privilegia el derecho a opinar por sobre la pertinencia de lo que se afirma, pero aún bajo la amenaza constante del palabrerío hueco no hay duda de que en Internet prevalecen la fuerza de la convivencia y el sentido de comunidad. Un ejemplo: el reciente despido de la periodista mexicana Carmen Aristegui por parte de la cadena radial MVS desató en Facebook y Twitter un auténtico vendaval de opiniones que van desde las acusaciones de censura contra el gobierno de Enrique Peña Nieto hasta los ataques personales a la periodista. Sin embargo, a pesar de que en este asunto la izquierda y la derecha política se disputan la propiedad de una verdad innegociable, en las redes sociales no impera el descrédito de la palabra del adversario. Lo mismo ocurrió en México tras la polémica por la cancelación del Hay Festival en la ciudad de Jalapa, en el estado de Veracruz. Algunos intelectuales firmaron una carta para protestar por la puesta en marcha del Hay Festival en una de las ciudades más violentas del país; otros se pronunciaron en sentido contrario, convencidos de que una buena manera de combatir el poder del crimen organizado es mantener la oferta cultural. El debate se dio de manera abierta en las redes sociales y los principales medios nacionales, sin que en ningún caso explotara con infamias y descalificaciones. Meses atrás, Twitter y Facebook habían sido escenario de las campañas #EPNvsInternet y #yamecanse, contra el gobierno del priísta Peña Nieto. Los hackers y activistas las desarrollaron para expresar un punto de vista y unir a la sociedad en torno de una reivindicación, y ninguna de las dos desembocó en una cadena de insultos. En todos los casos, lo que dominó fue la convivencia de las opiniones, algunas más lúcidas que otras, pero todas respetuosas del derecho del otro a expresar lo suyo.

Tal vez no resulte descabellado pensar a Twitter como una autobiografía dinámica y en tiempo real, escrita sobre la base de tuits y retuits. Los sueños, los intereses y las ilusiones personales laten en lo que se comparte en 140 caracteres, como si todo aquello que se tuitea fueran piezas del involuntario rompecabezas íntimo que exhibe a cada uno tal cual es. El aprendizaje de la vida en comunidad es complejo y apremiante dentro y fuera de las redes sociales, y difícilmente alguien que utiliza la Red para mostrarse superior a los otros sea tolerante y respetuoso de la pluralidad en su versión unplugged. Lo curioso es que, en su brutal transparencia, Twitter puede ser un espejo descarnado y hasta desafiante. Porque cuesta no advertir que para desacreditar a los demás no se necesita coraje, pero para ver en qué nos hemos convertido, sí..

La Nación
08/04
1 Puntos
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Sports El uno por uno de Boca: Meli se llevó todos los elogios y Osvaldo dividió opiniones

En cuanto a Daniel Osvaldo, quien se lució con un exquisita asistencia en el primer tanto, las opiniones fueron divididas: 5, 6 y 7.Pese a la lógica que marcaron los partidos xeneizes en la temporada, Nicolás Lodeiro, que regresó al equipo luego de su paso por la selección de Uruguay, fue el jugador con rendimiento más bajo del equipo. Además, también destacan la labor del Cata Díaz, pieza fundamental para sostener al equipo en los momentos difíciles.

"Jugamos un buen primer tiempo y después bajamos el rendimiento". Así analizó Rodolfo Arruabarrena, entrenador de Boca, el rendimiento de su equipo. Más allá de esta percepción, y pese al evidente bajón futbolístico del complemento, los jugadores xeneizes tuvieron un buen rendimiento en el triunfo ante Huracán por 2-0, en un encuetro válido por la fecha ocho del torneo de Primera División.

Según los puntajes de LA NACIÓN, Clarín y Olé, César Meli, autor de los dos goles de Boca, fue la gran figura del partido. Además, también destacan la labor del Cata Díaz, pieza fundamental para sostener al equipo en los momentos difíciles. En cuanto a Daniel Osvaldo, quien se lució con un exquisita asistencia en el primer tanto, las opiniones fueron divididas: 5, 6 y 7.

Pese a la lógica que marcaron los partidos xeneizes en la temporada, Nicolás Lodeiro, que regresó al equipo luego de su paso por la selección de Uruguay, fue el jugador con rendimiento más bajo del equipo. Los tres medios lo calificaron con un cuatro.

La Nación
06/04
8 Puntos
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